La piscina de la villa era del tipo que existe para que uno la mire tanto como para usarla. Larga, de un azul que pretendía ser natural y casi lo lograba, rodeada de piedra blanca que a mediodía devolvía el calor como una ofrenda. Carolina estaba recostada en una de las tumbonas con la precisión de alguien que ha aprendido exactamente el ángulo en que el sol trabaja mejor, y su esposo Rodrigo León le aplicaba bronceador en la espalda con la concentración devota de quien hace algo que considera un privilegio.
Rodrigo era un hombre de mediana edad con una barba abundante y la complexión de quien come bien y no lo piensa demasiado. Tenía dinero de ese tipo que no hace ruido porque lleva suficiente tiempo ahí para haberse vuelto invisible, y lo gastaba en Carolina con la generosidad entusiasta de quien descubrió tarde que tenía algo que ofrecer y no quiere desaprovechar el tiempo. Llevaban ocho meses casados. Él estaba enamorado. Carolina llevaba ocho meses siendo exactamente lo que él necesitaba que fuera, que era un arte que había perfeccionado antes de conocerlo.
Ese mediodía en particular, Carolina tenía los ojos cerrados y una expresión de satisfacción tan genuina que casi lo era. El sol, el agua, el silencio. Hay cosas que funcionan sin importar quién las esté viviendo.
Fue entonces cuando oyó los pasos en el jardín.
Tres pares. Los conocía a los tres.
—Hola, chicos —dijo sin abrir los ojos ni cambiar de posición—. Me alegra verlos sanos y salvos.
Se dio vuelta despacio, buscando el lado opuesto para seguir tomando el sol. Como si hubieran quedado en verse allí. Como si no llevara cinco años desaparecida.
Ho fue directo al punto, que era lo que hacía Ho.
—¿Qué te traes entre manos? No te has dejado ver en años y ahora apareces así.
Carolina abrió un ojo.
—Siempre me ves como un ogro. Niño de mamá.
—No soy un—
Key puso una mano en el hombro de Ho antes de que terminara. Luego miró a Carolina con esa calma suya que cinco años habían vuelto más densa, más difícil de perforar.
—Eres muy astuta —dijo—. Habla de una vez. ¿Para qué nos has hecho venir?
—Siempre pensando mal de una mujer honesta —dijo Carolina, incorporándose por fin y alcanzando la toalla—. Qué poco fe.
—Carolina —dijo Sabrina, mirándola directamente con esa franqueza suya que no era agresión sino simplemente la negativa a fingir—. Somos tus amigos. Aunque tú digas que no lo somos. Y te conocemos. Así que habla.
Carolina las miró a las dos. Luego miró a Key. Luego miró el agua de la piscina como si el agua pudiera darle una opinión.
—Bien —dijo—. Desde hace unos días estoy sintiendo algo. Una presencia. En todos lados, sin importar dónde esté o qué esté haciendo. Como si algo o alguien se estuviera acercando y el aire lo supiera antes que yo.
Key no dijo nada por un momento.
—Pensé que era el único que lo sentía —dijo.
Sabrina los miró a los dos.
—¿Qué están sintiendo exactamente?
—No sé cómo describirlo —dijo Key—. Es como cuando el agua antes de una tormenta cambia de temperatura. Algo viene.
—Me lo dije a mí misma hace tres días —dijo Carolina, sin el tono habitual, con uno más directo—. No puedo seguir sola con esto. —Una pausa—. Además acabo de transferir una cantidad considerable de la cuenta de Rodrigo a un lugar más seguro y preferiría tener algo de protección por si acaso él lo nota antes de lo que espero.
Ho cerró los ojos brevemente.
—Claro —dijo—. Claro que sí.
—Toma lo que necesitas y vámonos —dijo Key—. En el centro quieren hablar contigo.
Carolina se levantó de la tumbona con la fluidez de quien no tiene prisa aunque la situación la requiera.
—No voy a buscar nada —dijo—. No quiero que Rodrigo se dé cuenta de que me voy. Ese hombre es más peligroso de lo que parece y prefiero no quedar viuda a mi edad. —Hizo una pausa—. Aunque técnicamente ya soy viuda. Cuatro veces. —Miró a Ho—. Solo bromeo.
—No creo que sea broma —dijo Ho.
Carolina sonrió y no confirmó ni negó, que era su respuesta favorita a las preguntas que prefería no contestar.
La vuelta
Se fueron rápido y sin explicaciones, que era la manera más sencilla de irse de los lugares que uno no debería haber estado. En el centro, Carolina tuvo tiempo de vestirse y acomodarse antes de que llegara la doctora Villán, lo cual fue probablemente intencional: Carolina nunca se dejaba ver en desventaja si podía evitarlo.
La doctora entró a la sala con esa expresión suya de quien lleva demasiado tiempo siendo la persona más inteligente en cualquier habitación y ya no le sorprende.
—No puedo creer lo que veo —dijo—. La mejor escapista de todos. Puedes huir de mí todo lo que quieras: donde sea que estés, te encontraré.
Carolina la miró desde el otro lado de la mesa con una expresión completamente tranquila.
—Qué ilusa, doctora. No me encontraron. Hice que me encontraran. Hay una diferencia importante y espero que la aprecie.