Las Cronicas de Key

Nuevos en el planeta

La nave iba a una velocidad que habría convertido cualquier ventana en una mancha de luz, pero Rosedal no miraba por la ventana. Se miraba en el espejo que flotaba a la altura de su cara, sostenido por nada visible, moviéndose exactamente cuando ella se movía como si hubiera aprendido sus hábitos. Se acomodó una rama del cabello que no necesitaba acomodarse y estudió su propio reflejo con la atención de alguien que se prepara para algo importante.

Sus tres guerreros estaban detrás de ella en silencio. Sabían cuándo hablar.

—Al llegar a ese planeta —dijo Rosedal sin volverse— debemos ponernos serios. Recuerden que el que no obedezca mis órdenes sufrirá mi ira. —Una pausa—. Y es mejor que no me provoquen. Animales asquerosos.

Lo dijo con la misma ternura con que habría dicho cualquier otra cosa. Eso era lo de Rosedal: el tono nunca cambiaba, lo que hacía que las palabras pesaran diferente.

El primero en moverse fue Pinchó. Se levantó con la fluidez larga y delgada de quien tiene demasiadas extremidades para el espacio que ocupa, el cabello rizado cayéndole a ambos lados de un rostro que no correspondía con el resto: demasiado suave, demasiado limpio, casi angelical en la manera que tienen los rostros que no muestran lo que hay detrás de ellos.

—Señora, ya falta poco. Terminaré los preparativos.

—Bien. —Rosedal siguió mirándose en el espejo—. Anky, ayúdalo en todo.

Anky era la segunda: complexión generosa, cicatrices en la cara que no habían sido accidentales sino acumuladas con el tiempo con la paciencia de quien va coleccionando algo, marcas oscuras en los brazos y el cuello que cambiaban de forma ligeramente según la luz. Llevaba el cabello recogido con la practicidad de quien no tiene tiempo para el cabello. Asintió sin comentarios y siguió a Pinchó.

Quedó Verenize, que era la que siempre quedaba última porque era la que menos necesitaba moverse para que se notara su presencia. Alta, de cabello corto de un verde que no existía en ninguna planta de este planeta, con ojos tan negros que no tenían borde visible. No tenía poder elemental. No lo necesitaba: su fuerza podía crecer hasta un punto que hacía irrelevante cualquier elemento, y sus garras —que llevaba siempre visibles, sin disimulo— eran del tipo de arma que no necesita práctica porque ya es perfecta.

—Pienso, mi señora —dijo Verenize—, que la batalla será dura. —Una pausa—. Todavía no entiendo por qué el rey quiere que ese chico esté muerto. Si tiene sangre de la realeza, ¿no valdría más capturarlo?

Rosedal dejó el espejo flotar a un lado y se volvió por primera vez desde que habían despegado. Miró a Verenize con esa expresión suya de quien está a punto de explicar algo que considera demasiado obvio para requerir explicación.

—Yo no solo voy por el chico —dijo—. El chico es el pretexto. Quiero ese planeta. —Sus ojos recorrieron la pequeña ventana lateral donde el espacio pasaba a velocidad que lo volvía negro sólido—. Ya hay otras especies viviendo en él además de los humanos. Las venceré a todas. Y después el planeta será mío.

Verenize asintió una vez, sin más preguntas. Había aprendido que Rosedal siempre tenía un plan dentro del plan, y que preguntar por el segundo generalmente era peor que descubrirlo solo.

La sabana

La nave entró a la atmósfera terrestre con la velocidad de algo que no tiene intención de pasar inadvertido: el rastro de calor que dejó fue visible desde tres países distintos, y los sistemas de radar de cuatro naciones lo registraron antes de que tuvieran tiempo de reaccionar. Aterrizó en la sabana del este de África, en una zona donde la tierra roja y la hierba alta alternaban bajo un cielo que a esa hora era de ese naranja profundo que parece pintado.

Los cuatro salieron.

El aire los golpeó distinto: más denso, más caliente, cargado de olores que no existían en el planeta Azul. El horizonte era infinito en todas las direcciones y el único sonido era el viento en la hierba y, muy lejos, algo que podría ser un pájaro o podría ser otra cosa. Pinchó giró despacio sobre sus talones mirando todo. Anky levantó la cara al cielo y lo evaluó. Verenize puso una mano en el suelo y lo sintió con la palma abierta.

—Zona salvaje —dijo Rosedal. Y por primera vez en el viaje algo en su voz sonó casi a satisfacción genuina—. Perfecto. Coloquen el dispositivo.

Pinchó sacó el aparato de la nave y lo activó. La transformación tardó menos de dos minutos: la nave se contrajo y se reconfiguró en una estructura oval que a la distancia podría confundirse con algo orgánico, con una entrada que se abría hacia el interior donde los muebles ya estaban, grandes y oscuros, con esa solidez de las cosas que llevan mucho tiempo en un lugar aunque acabaran de llegar.

Rosedal entró, recorrió el interior con la mirada, se acostó en la superficie más amplia con la naturalidad de quien llega a casa.

—Si alguien se acerca a mi dominio —dijo—, mátenlos a todos. —Cerró los ojos—. Salgan.

Los tres salieron.

La sabana de noche tiene su propio idioma. Los sonidos cambian de registro, los animales que duermen de día despiertan, y la oscuridad no es total sino llena de formas que se mueven entre la hierba sin hacer ruido suficiente para localizarlas. Anky bostezó mirando el cielo y contó las estrellas durante un rato sin encontrar ninguna que reconociera.




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