El helicóptero militar no estaba diseñado para el confort sino para meter mucha gente en un espacio que no la merece, y lo cumplía con eficiencia. Key iba con la espalda contra la pared metálica y los ojos en el suelo, sin dormir pero tampoco del todo despierto, en ese estado intermedio que uno aprende a habitar cuando viaja a misiones. Sabrina tenía los auriculares puestos. Ho dormía con esa capacidad suya de perder la consciencia en cualquier superficie. Carolina miraba por la ventana angosta con la expresión de quien no necesita entretenimiento porque siempre tiene algo en qué pensar.
El soldado que se acercó a ellos lo hizo con la energía de alguien que no ha aprendido todavía a leer el ambiente de una cabina antes de hablar.
—Hola, ¿cómo están? Soy Steven. —Sonrió con esa amplitud de quien tiene demasiados dientes visibles a la vez—. Seré su encargado, su protector, su guardia espalda. Seré básicamente todo lo que necesiten ser. Soy uno de los mejores agentes.
Era alto y delgado con el cabello rizado apretado cerca del cráneo, gafas con montura fina, piel oscura. La sonrisa no desaparecía entre frases sino que simplemente se pausaba brevemente y volvía.
—Soy Key —dijo Key.
—Lo sé. Eres el gran Key. —Señaló en orden—. La pelirroja es Sabrina. La otra chica es Carolina. El asiático es Ho. Leí todos los informes. Los conozco mejor de lo que se conocen entre ustedes, probablemente.
Ho abrió un ojo.
—Eso es imposible —dijo, y volvió a cerrarlo.
La sabana
La base estaba a medio terminar, con esa energía caótica de los lugares que se construyeron más rápido de lo que deberían porque las circunstancias no esperaron. Soldados de varios países convivían con la incomodidad educada de quien comparte espacio con desconocidos que tienen el mismo objetivo pero distintas maneras de alcanzarlo. El capitán Olson los reunió en dos minutos.
—Van a ir con Steven a donde se encuentra Rosedal —dijo—. Averigüen qué quiere. Cómo habla. Qué está pidiendo y qué está descartando. No inicien ningún enfrentamiento.
Miró a Carolina cuando dijo lo último. Carolina lo miró de vuelta sin cambiar de expresión.
Salieron a pie con un guía local que conocía el terreno. La sabana a esa hora tenía ese calor de mediodía que no viene solo del sol sino del suelo también, que lo devuelve todo lo que absorbió durante la mañana. La hierba alta se movía en rachas de viento caliente. Muy lejos, algo levantaba polvo en el horizonte.
—Que calor —dijo Sabrina, limpiándose la frente con el dorso de la muñeca—. Si Antonieta Berman me viera así, toda sudada, se burlaría de mí el resto de mi vida.
—Eres una estúpida —dijo Ho, también sudando, también sin energía para más que eso.
—Debemos seguir —dijo Key—. Ya debe faltar poco.
—Llegamos —dijo Steven, y su tono cambió: la sonrisa no desapareció del todo pero se redujo a algo más funcional.
Tenía razón. Y el camino que quedaba hasta allí lo confirmaba.
Los cadáveres empezaron a aparecer gradualmente, primero uno, luego dos, luego en grupos, todos de la zona. Lanzas caídas. Algunas armas de fuego que no habían llegado a usarse o habían sido inútiles. La hierba alrededor de algunos aplastada en círculos que no correspondían a ninguna pisada humana. Caminaron entre todo eso sin detenerse porque detenerse no habría cambiado nada.
La estructura oval estaba al frente, con los tres guerreros distribuidos a su alrededor como puntos cardinales vivientes. Pinchó a la izquierda, quieto, con esa calma de quien no necesita moverse para ser una amenaza. Anky a la derecha, sentada, mirando a los recién llegados con la atención de quien clasifica. Verenize al centro, de pie, con las garras visibles.
Key se paró a una distancia que era respeto, no miedo, y habló en voz alta.
—Sal, Rosedal. Soy Key. Creo que me estás buscando.
Salió despacio, que era la única manera en que Rosedal hacía las cosas que quería que fueran recordadas. El vestido de ese día era de hojas entrelazadas en distintos tonos de verde y negro, ajustado, con las ramas y flores en el cabello que eran siempre distintas pero siempre las mismas. Caminó hasta colocarse a unos metros del grupo y los miró en orden, con esa evaluación tranquila suya que nunca se apresuraba.
—Cómo están, chicos —dijo—. Y príncipe. —Sus ojos se detuvieron en Key un momento más que en los otros—. Es la primera vez que los veo en persona. Se ven fuertes. —Una pausa—. Pero no creo que lo sean. Son monos con habilidades. Eso es lo que veo.
Steven dio un paso al frente, colocándose entre Rosedal y los cuatro.
—Vengo en representación de las naciones de la Tierra —dijo, con esa voz de agente entrenado que sabe sonar más grande de lo que ocupa—. ¿Qué buscas? ¿Qué exiges?
Rosedal lo miró con la expresión que tiene la gente cuando alguien dice algo que no modifica en nada sus planes.
—Qué cosa tan tierna —dijo—. Un representante. —Miró detrás de él hacia los cuatro—. Mis exigencias son simples. —Señaló a sus guerreros—. Ya conocen el historial de los que mandé antes. Estos son distintos. Pinchó, Anky y Verenize. Mi fuerza de exterminio a distancia. Los matarán si intentan algo.