Las Cronicas de Key

Líderes

La sala había sido construida en dos días, que era un récord para cualquier tipo de infraestructura diplomática pero no para la clase de urgencia que la había motivado. Estaba en un punto de África que los organizadores habían elegido por su distancia de cualquier centro urbano grande, y por su cercanía al lugar donde Rosedal había aterrizado, lo cual nadie mencionó en voz alta pero todos entendían. Las banderas de cada nación colgaban en el perímetro con esa solemnidad que los emblemas tienen cuando se colocan rápido y sin ceremonia.

Rusia, China, Japón, Inglaterra, España, Francia, América Unida, las naciones árabes unidas, países pequeños, países latinoamericanos incluida la Nueva Gran Colombia, y docenas más. Cada delegación tenía su puesto con su nombre en una placa, como si fuera una cumbre normal, como si hubieran convocado a discutir aranceles o tratados climáticos y no la primera visita documentada de un ser de otro sistema solar con intención declarada de exterminio.

Esperaron varias horas. Nadie habló demasiado. Los guardias revisaban el perímetro con la frecuencia de quien sabe que el protocolo no va a servir de nada pero necesita creer que sirve.

Luego llegó Rosedal.

Entró caminando despacio, que seguía siendo su única velocidad para las cosas que quería que fueran recordadas. El vestido ese día era de pétalos de flores oscuras entrelazados que se movían levemente aunque no hubiera viento, y el cabello lo llevaba más amplio que de costumbre, con ramas que llegaban más lejos. La guiaron hasta el podio. Ella lo ocupó con la naturalidad de quien llega a un lugar que ya le pertenece.

Miró la sala. Todos los presidentes, primeros ministros, reyes y representantes de la especie humana reunidos en un mismo espacio, mirándola.

—Cómo están —dijo—, pequeños monos sin pelo.

Las condiciones

El presidente de Rusia fue el primero en hablar, con esa voz de quien lleva décadas siendo la persona más seria en cualquier habitación.

—Llegaste a nuestro planeta lanzando amenazas. Todos aquí queremos saber si esto es una declaración de guerra.

Rosedal lo miró con la paciencia de quien escucha algo que no le preocupa.

—¿Guerra? —dijo—. No me hagan reír. Si les declaro la guerra, todos estarían muertos en minutos. —Hizo una pausa para que eso tuviera el espacio que merecía—. Pongámoslo de manera sencilla: ustedes no han logrado todavía salir de este planeta con regularidad. ¿Cómo creen que pueden vencerme?

La sala explotó en voz al mismo tiempo. Varios presidentes hablaban a la vez en idiomas distintos que los traductores intentaban seguir sin éxito completo. El presidente de Francia esperó a que hubiera suficiente silencio para hacerse oír.

—¿Qué podemos hacer para evitar esta disputa?

Rosedal asintió levemente, como si esa fuera la primera pregunta inteligente de la reunión.

—Bien —dijo—. Así deben hablarme. Deben ofrecerme cosas. Convencerme de no matarlos. —Recorrió la sala con la mirada—. Tengo dos peticiones. Son para todos por igual, sin excepciones. Y aunque no me parece lógico que tengan el planeta dividido en pedazos tan pequeños, cada uno pagará su cuota.

El presidente de Uruguay se levantó.

—¿Y qué pasará si nos negamos?

Rosedal lo miró.

—Qué pasará —repitió, como si estuviera considerando la pregunta desde distintos ángulos—. Veamos. Tu zona del planeta se llama Uruguay. —Levantó una mano. De entre las ramas de su muñeca emergió algo pequeño: una raíz delgada, casi imperceptible, que cruzó el espacio de la sala en una fracción de segundo y entró por la nariz del presidente antes de que nadie pudiera procesar lo que estaba viendo—. La destruiré —dijo—. Y mataré a todos en esa asquerosa ubicación.

El presidente de Uruguay cayó al suelo.

Todos se levantaron a la vez. Los guardias salieron de sus posiciones con las armas en las manos apuntando a Rosedal, que no se movió. Ni siquiera cambió la postura. Los miró con la expresión de quien observa a animales domésticos que hacen lo que han sido entrenados para hacer, sin comprender que el entrenamiento no aplica aquí.

—Para qué lo habría dejado con vida —dijo—, si ya maté a todos los que vivían en esa zona.

Segundos después llegó la confirmación. El presidente de la Nueva Gran Colombia, con el teléfono en la mano y la cara de quien lee algo que no puede ser verdad, dijo en voz alta lo que le acababan de enviar:

—Uruguay fue destruida. El ataque afectó también a los países del entorno. Es un infierno en esa zona.

La sala quedó en un silencio de otro tipo. No el silencio de la sorpresa sino el de la comprensión, que es más quieto y más pesado.

—Ya ven —dijo Rosedal—. Cuando quiera puedo destruir todo. Cuántos humanos habrán muerto esta vez. Un par de millones, quizás, solo para que entiendan la gravedad de este asunto. —Señaló las sillas—. Ahora siéntense y escuchen.

Los guardias bajaron las armas. Los presidentes se sentaron. Todo el mundo tomó asiento con la lentitud de quien lo hace porque no tiene otra opción, que es la manera más difícil de sentarse.

—Mi primera petición —dijo Rosedal— es la más importante. Cada nación presente en esta sala proporcionará mil niños y mil niñas, menores de diez años. Serán llevados a mi planeta. Serán totalmente nuestros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.