El traje le quedaba bien. Ese era el problema con los trajes bien hechos: que hacen que todo parezca más definitivo de lo que uno planeaba. La madre de Steven le acomodaba el nudo de la corbata con esa concentración de las madres que hacen algo por última vez sin saber que es la última vez, y él la dejaba, mirándose en el espejo de la habitación pequeña que le habían asignado para prepararse.
—Tienes tantas cosas por delante —dijo ella—. Debes decidirte. Recuerda que solo podrás tener una.
Steven la miró a través del reflejo.
—Sé que será duro —dijo—. Pero lo lograré. En mi vida solo tengo dos metas. Hoy cumplo una. Mañana empieza la otra. Pase lo que pase, continuaré.
Su madre no dijo nada más. Le dio un último tirón al nudo y asintió, satisfecha con la corbata o con el hijo o con las dos cosas juntas.
Cuando empezó la música —violín y piano, una melodía que alguien había elegido con cuidado y que sonaba exactamente como debía sonar— Steven salió al pasillo y caminó junto a su madre hacia el altar. Ella le dijo éxito en tu vida al llegar, con esa brevedad de quien ya dijo todo lo importante en otros momentos y no necesita repetirlo, y se retiró a su asiento.
Steven tomó la mano de su pareja.
El nerviosismo que había cargado durante toda la mañana, que era el tipo de nerviosismo que no tiene nada que ver con duda sino con el peso de las cosas que importan, se fue en el momento en que los dedos de la otra persona encontraron los suyos. Así de simple. Así de irreversible.
—¿Aceptas? —dijo quien presidía la ceremonia.
—Sí —dijo Steven, sin el medio segundo de pausa que la pregunta suele producir.
El beso fue breve y el mundo, por un instante, giró de la manera correcta.
Fue entonces cuando entraron los soldados.
La interrupción
Cuatro de ellos, por distintas entradas, con el paso coordinado de quien ha ensayado esto. Al frente una mujer joven, el cabello corto con ese tono azulado que no es tinte sino algo más propio, la expresión de quien está haciendo su trabajo y no tiene tiempo para disculparse por él.
—Al piso todos —dijo—. Mantengan la calma. Es un protocolo de seguridad.
Los invitados se agacharon. Algunos de los familiares de Steven empezaron a hablar. La mujer no los miró: se plantó frente a Steven con la formalidad de quien entrega una sentencia.
—¿Es usted Steven C.?
—Sí. —Steven miró alrededor de la sala, a su pareja, a su madre, a los amigos que habían venido de lejos—. ¿Qué está pasando? Esta es mi boda.
—Felicitaciones —dijo la mujer—. Fue aceptado en la Comisión de Seguridad de la Nación. Vendrá con nosotros inmediatamente.
—No. —La palabra salió sin cálculo—. Renuncio. No pueden venir aquí, apuntar a mi gente con armas, arruinar mi boda, y decirme que tengo que irme. Me dijeron que tenía que presentarme mañana. Me niego.
La mujer se acercó. Bajó la voz hasta que solo Steven podía escucharla.
—No era una pregunta —dijo—. Si no aceptas venir, tu familia y tu pareja peligran. Te recomiendo que te quedes callado y vengas conmigo.
Steven la miró durante un segundo que fue más largo de lo que pareció desde afuera. Luego miró a su pareja, que lo miraba sin entender del todo pero entendiendo lo suficiente, con esa manera de mirar que tienen las personas que te conocen bien.
Le tomó la mano.
—Perdóname —dijo—. Esto es un adiós.
Miró a su madre. Le sonrió. Ella no le devolvió la sonrisa porque estaba llorando, pero lo miró directamente, que era lo mismo.
Los soldados lo sacaron. La música había parado. Los invitados seguían en sus asientos sin saber si podían levantarse.
La celda duró dos días. No era particularmente incómoda ni particularmente cómoda: era el tipo de lugar que existe para que uno piense, que es lo peor que puede hacerle a alguien que tiene demasiado en qué pensar.
Al tercer día apareció la mujer del cabello azulado.
—Soy la teniente Carol G. —dijo, sentándose frente a él como si la celda fuera una sala de reuniones—. A partir de este momento serás mi compañero. Y en un futuro, tal vez, mi sucesor.
Steven se levantó despacio. La miró.
—Estudié durante años para esto —dijo—. Entrené. Me preparé. Quería entrar. —Una pausa—. Pero arruinaron una parte de mi vida que no me van a devolver. No te sorprendas si te supero. Maldita.
Carol G. lo miró durante un momento. Luego sonrió, y fue una sonrisa genuina, del tipo que aparece cuando uno encuentra exactamente lo que andaba buscando.
—Así es como se habla —dijo—. De todos los candidatos, eras el que yo quería. —Se levantó—. Tu familia está bien. La boda fue anulada. Y a partir de hoy trabajarás día y noche para mí. Bienvenido.
Steven terminó de contar esto mirando al techo de la central de seguridad donde los cuatro llevaban dos días instalados, con ese tono de quien relata algo que ya ha procesado suficientemente como para que no duela en la superficie, aunque uno sabe que debajo del procesamiento el daño sigue siendo el mismo tamaño.