Las Cronicas de Key

Valor humano

La central estaba en silencio cuando los encontraron. Pinchó iba delante, con esa manera suya de moverse que no hacía ruido porque no necesitaba hacerlo, y los demás lo seguían por la abertura que él había producido en la pared exterior con la paciencia de quien sabe que las paredes siempre ceden antes que él.

—Solo detecto a uno, señora —dijo, sin volverse.

Rosedal no respondió de inmediato. Siguió caminando.

Recorrieron los pasillos apagados hasta la última sección, donde la única luz era la que entraba por una ventana alta y lateral, y donde Steven los esperaba de pie, con las gafas puestas y las manos a los lados, sin arma visible, sin posición de defensa.

Rosedal lo miró con algo que en otra persona habría sido curiosidad.

—Estás solo —dijo—. Sin soldados. Sin nada. Qué extraño.

—Era mejor así —dijo Steven—. Si te fijas, te tardaste en encontrarnos. Les di tiempo de alejarse.

—Ah. —Rosedal inclinó la cabeza levemente—. Entonces los demás ya están lejos. —Una pausa—. Dime a dónde fueron.

—No —dijo Steven.

Simple. Sin elaboración. La clase de negativa que no deja espacio para negociar porque no tiene ninguna puerta abierta.

Rosedal lo miró durante un momento.

—Ya veo —dijo—. Pinchó. Anky. Tómenlo.

Lo que aguantó

Lo que siguió, Steven lo aguantó.

No con heroísmo declarado, no con frases entre dientes, sino con el silencio denso de quien ha decidido que su boca no va a ser útil para lo que le están preguntando y por tanto no tiene razón de abrirse. Las raíces de Rosedal entraron y salieron de su piel como si el cuerpo fuera un terreno que explorar. Las espinas de Pinchó encontraron sus sitios. Verenize hizo lo que sabía hacer.

Steven no habló.

Pinchó fue el primero en apartarse. Se colocó de rodillas frente a Rosedal con algo en la cara que no era disidencia sino agotamiento moral, el tipo que se acumula en quien ve demasiado durante demasiado tiempo.

—Señora —dijo—. Por favor. Desde que llegamos a este planeta es muerte tras muerte. No lo haga. Se lo ruego.

Rosedal lo miró sin emoción visible.

—¿Piensas desafiarme? —dijo—. ¿Humillarme?

—Nunca, mi señora. Nunca podría. Solo que no aguanto más esto.

Rosedal no respondió a eso directamente. Se volvió hacia Anky.

—Acaba con él —dijo—. Ya me cansé de jugar.

Anky se acercó a Steven. Lo miró de cerca, con esa atención suya que no era crueldad sino algo más neutro y por eso más inquietante.

—Eres un chico lindo —dijo—. Lástima.

—¿Puedo decir algo? —dijo Steven.

Rosedal lo miró.

—Di lo que quieras —dijo—. Igual te mataré.

Steven respiró. Una vez, despacio, como quien se prepara para algo que ha estado guardando durante mucho tiempo y ahora tiene el lugar correcto donde ponerlo.

—No he tenido una vida fácil —dijo—. Pero desde niño quise dos cosas: ser dibujante y ser héroe. Me convertí en dibujante primero. Después en agente secreto, que era lo más cercano a héroe que encontré disponible. Y quería casarme. —Una pausa—. Como ven, logré casi todo. —Los miró en orden, a los tres, y finalmente a Rosedal—. No piensen que porque no tenga poderes, o porque no sea de una raza evolucionada, mi vida no vale. La vida de todos vale. Eso es lo que vine a decir.

Rosedal lo miró durante un momento largo.

—Los humanos —dijo— son monos con algo de consciencia. Eso es lo que son. Tienes algo de valor, te lo concedo. Pero eso no cambia nada.

Steven asintió una vez.

—Lo sé —dijo—. No lo dije para cambiarte. Lo dije porque era verdad y merecía decirse.

Anky levantó la mano.

Steven metió la mano derecha en el bolsillo del pantalón. Encontró la pieza pequeña que había guardado ahí desde antes de que llegaran. La apretó.

En voz muy baja, solo para él:

—Mamá, te extrañaré. Fabiano, nos casaremos en otra vida.

La explosión no fue silenciosa ni pequeña.

El fuego llenó la sección en menos de un segundo, del tipo de calor que no deja espacio entre él y uno, y la onda expansiva lanzó a Pinchó y Verenize contra las paredes del corredor con la fuerza de algo que no considera el peso de los cuerpos. Anky quedó atrapada en el centro del fuego. Rosedal, que había estado a un metro de Steven, recibió el impacto en el costado izquierdo: su brazo fue alcanzado de lleno, y por primera vez desde que había llegado a este planeta hizo algo que no había hecho: retrocedió.

No gritó. Rosedal no era de las que gritan.

Pero retrocedió, y eso era suficiente para saber que algo en ella había cambiado en ese segundo, aunque fuera solo la geometría de lo que creía que era posible en este planeta.

Fuera

A varios kilómetros de ahí, la camioneta de Carol G. iba por una carretera que no estaba en ningún mapa oficial cuando el cielo detrás de ellos se iluminó.




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