Carol detuvo la camioneta en el arcén sin que nadie se lo pidiera. Key ya había abierto la puerta antes de que terminara de frenar, y todos los demás lo siguieron porque eso era lo que hacían: cuando uno se movía, los otros también, que era algo que había ocurrido de manera tan gradual que ninguno sabía exactamente cuándo había empezado.
Key estaba de pie en la orilla del camino. Las lágrimas le habían llegado antes que las palabras, que era la manera en que llegan cuando son de verdad.
—Steven está muerto —dijo.
Carol salió del vehículo despacio.
—¿Cómo lo sabes?
—Puedo sentir a las personas. —Key miró hacia la dirección de donde venían, hacia la columna de luz que todavía se veía en el cielo—. Y él ya no está.
El silencio que siguió era de los que no mejoran con el tiempo. Carolina fue la primera en romperlo, porque Carolina siempre rompía los silencios que los demás estaban dispuestos a dejar durar indefinidamente.
—Ya está muerto —dijo, sin crueldad, con esa manera suya de decir las cosas difíciles directamente porque rodearlas no las hace más pequeñas—. Si queremos que su muerte tenga algún significado, debemos ser fuertes y vencerla. Eso es todo lo que podemos hacer por él ahora.
Carol se limpió la cara con el dorso de la mano, rápido, sin llamar la atención sobre ello.
—Bien —dijo, con la voz de quien ha tomado una decisión—. Yo seré su protectora desde este momento. Pueden contar conmigo en todo lo que sea. En todo.
Subieron de nuevo. Carol arrancó. Nadie habló durante el tiempo que tardaron en llegar al aeropuerto, que era suficiente tiempo para que cada uno estuviera con lo suyo.
Entre las cenizas
La central de seguridad seguía ardiendo cuando Rosedal volvió en sí.
Estaba en el suelo, con Verenize arrodillada a su lado sosteniendo su peso sin decir nada. El brazo izquierdo le dolía de una manera que no había sentido desde hacía siglos: un dolor limpio y real, del tipo que no se puede ignorar ni redirigir. Parte del rostro también. La pierna sangraba. Se sentó con el esfuerzo visible de quien no está acostumbrada al esfuerzo y lo detesta por eso.
Miró alrededor. El fuego seguía en algunas secciones. El olor era de las cosas que no deben quemarse pero lo hicieron de todas formas.
—¿Estás bien, mi señora? —dijo Pinchó. Solo tenía rasguños. Lo dijo con el alivio culpable de quien salió mejor que los demás y no sabe cómo sentirse al respecto.
—¿Me ves bien? —dijo Rosedal. Luego, antes de que él pudiera responder—: El valor de ese humano era único. Lo felicito. Caí en su trampa, y eso no lo olvido fácilmente. —Miró hacia donde había estado Anky—. ¿Cómo está?
Pinchó tardó un momento.
—Está muerta —dijo—. Anky está muerta.
Y algo en su voz se quebró, no completamente sino en la manera en que se quiebran las cosas que uno lleva mucho tiempo sosteniendo con cuidado y de repente el cuidado ya no alcanza. Se limpió la cara con el brazo y no dijo nada más.
Rosedal lo miró. Miró los restos de Anky. Luego volvió a mirar a Pinchó con algo en la expresión que no era exactamente pena.
—Ven aquí —dijo.
Pinchó se colocó de rodillas ante ella, que era lo que siempre hacía. Rosedal le pasó los dedos por el cabello con esa delicadeza suya que siempre llegaba en el peor momento posible. Pinchó no tuvo tiempo de entender lo que venía.
Las raíces salieron de sus dedos y entraron antes de que pudiera moverse. Fue rápido, que era lo único que Rosedal le concedió. Cuando lo soltó, su cuerpo quedó en el suelo, y el de ella estaba como nuevo: el brazo recuperado, la piel sin marcas, la pierna sin sangre. Se levantó. Se revisó con la atención de quien verifica un inventario.
Verenize estaba pegada en una esquina del corredor, con esa quietud específica de quien acaba de ver algo y está calculando muy rápido las implicaciones de lo que ha visto.
—Tranquila —dijo Rosedal, sin mirarla—. Ya estoy bien. Debemos apurarnos.
—Sí, mi señora —dijo Verenize, con la voz plana de quien ha decidido que la única respuesta correcta es esa—. ¿A dónde vamos?
Rosedal se giró hacia el exterior destruido de la central. El cielo seguía siendo de noche, pero en algún lugar bajo ese cielo, cuatro personas se estaban alejando.
—Ellos querían verme en malas condiciones —dijo—. Y lo lograron. Ahora quiero verlos a ellos sufrir. —Una pausa—. Quiero conocer todo el poder que tienen. Quiero verlos usarlo. Quiero que lo usen de verdad antes de apagarlos. —Miró a Verenize—. Acompáñame. Y si dudas o me contradices en lo más mínimo, te devoraré como a este puercoespín.
Verenize no dudó.
Salieron.
El vuelo
La avioneta era pequeña y ruidosa y Carol la manejaba con la concentración compacta de quien sabe hacer muchas cosas y no necesita comentarlo. Los cuatro iban detrás en silencio, cada uno con su ventana, cada uno en su propio lugar.
—Solo quiero ver a mi padre —dijo Sabrina en voz baja, sin dirigírselo a nadie en particular—. Llevo un año sin verlo.