Las Cronicas de Key

Dolor

La calle estaba vacía de esa manera específica que tienen los lugares después de que la gente huye: las puertas abiertas, los objetos caídos donde los dejó quien salió corriendo, el silencio que no es quietud sino ausencia. Varias casas ardían todavía. Al fondo de la calle, la última de todas, la casa de Sabrina seguía en pie, intacta, como si algo hubiera decidido dejarla para después.

Sabrina arrancó a correr antes de que nadie pudiera decir nada.

Fue entonces cuando Rosedal apareció entre ellos, sin sonido previo, sin aviso. El vestido ese día era de un rojo intenso con relieves verdes que subían como enredaderas desde el dobladillo, y el cabello más amplio que nunca, con ramas que llegaban más lejos en todas las direcciones. Sonrió cuando los vio, con esa sonrisa suya que nunca anunciaba nada bueno.

—Cómo están —dijo—. Los estuve buscando. Son algo difíciles de encontrar cuando quieren serlo.

Carol levantó el arma antes de que Rosedal terminara la frase.

—Mataste a Steven —dijo.

—¿Matar? —Rosedal negó levemente con la cabeza—. No me hagas reír. Ese chico fue un gran guerrero. Eliminó a una de mis mejores guerreras. Me causó más daño en el cuerpo que nadie en siglos. —Una pausa—. Casi me mata ese mono. Tuve que devorar a otro de mis propios guerreros solo para recuperarme. —Lo dijo sin vergüenza, con la naturalidad de quien reporta un hecho del clima—. Le tengo un respeto genuino.

Key se puso al frente de todos.

—¿Qué viniste a hacer aquí?

—Como veo que no piensan entregarse —dijo Rosedal—, decidí buscarlos. Y como casi muero, decidí acabar con todo lo que los representa. Todo lo que les importa. —Sus ojos recorrieron al grupo—. Empezando por aquí.

Las ramas salieron del suelo en un segundo, se enrollaron alrededor de ella como si la tierra la reclamara, y Rosedal se hundió hacia abajo sin prisa, sin ruido, hasta que desapareció. La tierra se cerró sobre el punto donde había estado como si nunca hubiera habido nada.

Todos corrieron hacia la casa.

El padre

Sabrina entró primero. Los demás la oyeron llamar a su padre desde el umbral, y en la manera en que lo llamó —dos veces, la segunda más alta— ya estaba todo lo que necesitaban saber antes de entrar.

Wilson Muller estaba en la sala, suspendido en el aire por ramas que le aprisionaban las muñecas y el cuello con la precisión de algo que fue diseñado para eso. En el suelo, debajo de él, había sangre suficiente para contar la historia de lo que había ocurrido antes de que llegaran. En su mano seguía el arma, que había disparado. Que no había servido de nada.

Sabrina no gritó. Usó el viento para bajarlo, despacio, con el cuidado que uno tiene con las cosas frágiles aunque ya no haya fragilidad que proteger. Lo recibió en los brazos. Lo sostuvo.

Los demás se quedaron en la entrada de la sala sin entrar, porque hay momentos en que el espacio más valioso que uno puede dar es ese: no entrar.

Key dio un paso al frente. Abrió la boca para decir algo.

Fue entonces cuando los ojos de Sabrina cambiaron.

El color se fue de ellos —el azul brillante que tenían cuando usaba su poder— y lo que quedó fue blanco, completamente blanco, como si hubiera mirado demasiado directo a algo que no tenía escala humana. Su cabello, en el espacio de tres segundos, fue también blanco. Y se elevó.

Sin impulso, sin intención visible. Simplemente hacia arriba, con el cuerpo de su padre todavía entre sus brazos, y el viento que la rodeaba no era el viento que conocían: era otra cosa, más grande, más vieja, el viento de cuando el dolor desborda el cuerpo que lo contiene y busca cualquier salida disponible.

La ventisca empezó a destruir todo a su alrededor.

Las ventanas salieron de los marcos. La estructura de la casa crujió. Los muebles se astillaron contra las paredes. Los cuatro fueron lanzados hacia afuera y aterrizaron en la calle con la fuerza de algo que no distingue entre obstáculos. Key rodó hasta detenerse contra el bordillo, se incorporó con dificultad, y miró hacia arriba.

Sabrina giraba en el centro del torbellino con el cuerpo de su padre en los brazos, a cinco metros del suelo, y las lágrimas que caían de su cara eran arrastradas por el viento antes de llegar a ningún lado.

—¿Qué hacemos? —dijo Ho, intentando levantarse.

—Ese poder —dijo Carolina, cubriéndose el rostro con el brazo—. Nunca la había visto así.

Key ya estaba moviéndose.

Usó el agua del ambiente para abrirse paso contra el viento, concentrando el flujo en una corriente que lo empujó hacia arriba en lugar de dejarse empujar hacia afuera. No fue rápido. No fue fácil. Pero llegó, y cuando llegó tomó a Sabrina por los hombros con los dos brazos y la sostuvo sin intentar bajarla, simplemente ahí, presente, un punto fijo en el centro de todo lo que giraba.

—Quédate con nosotros —dijo, con la voz cerca de su oído—. Quédate conmigo. Te necesito a mi lado. Eres mi fuerza. No te dejes llevar por esto: entiendo lo que sientes, sé lo que sientes, y seguirá doliendo, pero necesito que estés aquí.

—No puedo —dijo Sabrina. Las lágrimas seguían cayendo—. Mi padre murió por mi culpa. ¿Cómo continúo con eso?




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