Las crónicas de Tony: Vol 1

Capitulo 1: Parte 3 El Comienzo dela era

Tony, un joven ordinario de la Tierra fascinado por las viejas historias, escuchó los relatos sobre la niebla densa y el templo perdido, y decidió emprender la búsqueda por su propia cuenta. Equipado con poco más que su determinación, se adentró en los senderos prohibidos de la montaña. No pasó mucho tiempo antes de que la profecía climática se cumpliera: una bruma blanca y pesada emergió de la nada, devorando la visibilidad. Tony, que ya esperaba este suceso debido al mito, continuó avanzando a ciegas entre los árboles milenarios.

De pronto, el silencio de la montaña se rompió en mil pedazos. Una tremenda explosión sacudió las rocas, seguida inmediatamente por el eco desgarrador de gritos humanos. Tony se quedó petrificado en su sitio, con el corazón latiéndole con violencia en el pecho. A lo lejos, el estruendo de más detonaciones continuaba resonando, acompañado de lamentos desesperados que suplicaban por ayuda.

Antes de que pudiera reaccionar o huir, una onda expansiva brotó directamente frente a él. El impacto de la energía lo levantó del suelo, lanzándolo por los aires hasta estrellarlo violentamente contra el tronco de un árbol grande.

Gimiendo de dolor y con la vista nublada, Tony se incorporó lentamente. Al levantar la mirada a través del humo, presenció una escena sacada de una pesadilla. Un guerrero con una armadura dorada resplandeciente, pero severamente dañada y manchada de sangre mística, se encontraba de pie protegiendo el camino. Frente a él, un oponente monstruoso de casi ocho pies de altura, con una máscara aterradora y una capa enorme, avanzaba destruyendo los árboles a su paso.

El guardián dorado, sabiendo que su flujo de energía estaba llegando a su fin, giró un segundo la cabeza y divisó a Tony escondido entre la maleza. Con un movimiento rápido y desesperado, el caballero se desprendió del anillo Arklom de su propio dedo y lo arrojó con precisión hacia el muchacho. El anillo cayó pesadamente sobre las hojas secas, justo frente a las manos temblorosas de Tony.

—¡Escúchame bien, chico de la Tierra! —rugió el guardián, con la voz entrecortada por el dolor pero llena de una autoridad imponente—. ¡Toma el Arca de Dominio y huye de aquí! ¡No dejes que caiga en sus manos! ¡CORRE, YO TE DARÉ TIEMPO PARA QUE ESCAPES!

Tony, paralizado por el pánico, tomó la joya del suelo. En ese mismo instante, Makaria lanzó un rugido y se abalanzó hacia ellos. Cumpliendo su última promesa, el caballero dorado reunió el último aliento de su alma. Concentró todo su poder en el puño derecho, materializando un orbe destructivo imbuido en ráfagas de rayos centelleantes: la técnica conocida como el Raigo.

Con un grito de guerra que hizo temblar la montaña entera, impactó el ataque directamente en el abdomen ya agrietado de Makaria. La brutal colisión obligó al monstruo a escupir una bocanada de sangre, desatando una violenta onda de viento y electricidad que barrió con todo a la redonda.

Aterrorizado por la magnitud de lo que acababa de presenciar, Tony corrió cuesta abajo con las fuerzas que le quedaban hasta alcanzar la carretera asfáltica en los límites de la montaña. A lo lejos, una nueva explosión iluminó la silueta de los picos montañosos. Sin saber qué hacer y consumido por el pánico, divisó los faros de un vehículo que se aproximaba en la oscuridad y comenzó a agitar los brazos solicitando auxilio.

El automóvil se detuvo frente al muchacho. El conductor, extrañado, bajó la ventanilla y lo observó detenidamente:

—Hey, chico, ¿qué haces a estas horas de la noche en un lugar como este? —preguntó con desconfianza.

Tony, temblando visiblemente y con la voz entrecortada, suplicó que lo sacara de allí y lo llevara de vuelta a la ciudad. El conductor, compadecido por el estado de shock del joven, le permitió subir al vehículo y arrancó de inmediato hacia la civilización.

Mientras el vehículo se alejaba en la noche, de vuelta en los claros devastados de la montaña, una figura imponente caminaba entre los restos del combate. Su nombre era Makaria. Al detenerse ante el cuerpo inerte del guardián caído, observó detenidamente los grabados de su coraza metálica, reconociendo el emblema sagrado de la orden.

—Entonces eras un caballero dorado... ¿O simplemente un esclavo de ellos? —pronunció Makaria con profunda amargura en sus palabras.

Con un movimiento frío, levantó el cadáver, arrancó el logo heráldico de la armadura y lo destruyó aplastándolo entre sus dedos con desprecio.

El viaje de regreso a la ciudad fue un borrón para Tony. En cuanto el automóvil lo dejó en su destino, corrió hacia su complejo de apartamentos. Entró a su hogar a trompicones, arrojó sus pertenencias sobre el sofá y, con las manos temblando de forma incontrolable, tomó su teléfono para marcar el número de su amigo más cercano.

—¡Mike, necesito tu ayuda, ven rápido por favor! —exclamó al borde del colapso antes de colgar.

Tratando de calmar su respiración, Tony extrajo del bolsillo el misterioso objeto que el caballero herido le había confiado antes de la catástrofe en el bosque. Era el anillo Arklom. Mientras lo observaba fijamente bajo la luz de la habitación, la joya comenzó a emitir un resplandor dorado tan intenso y punzante que el joven lo soltó de inmediato, aturdido por la descarga de estática. El anillo rebotó contra el suelo y, al hacer contacto con la superficie, liberó una monumental onda de energía invisible que se expandió como un pulso electromagnético a través de la atmósfera.




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