Mientras tanto, en la atmósfera de la Tierra, el cielo nocturno se encendió en llamas. La nave de asalto de Makaria descendió a una velocidad hiperbólica, perdiendo el control intencionalmente para evitar los radares humanos. El vehículo espacial se estrelló directamente en el corazón del denso bosque de la montaña, impactando contra el suelo como un meteorito masivo. La colisión provocó un cráter gigantesco, levantando columnas de tierra, fuego y árboles calcinados.
De entre el humo denso de la cabina destrozada, Makaria emergió ileso. En su mano derecha empuñaba su arma definitiva: un hacha de combate de dos metros de largo, forjada en metal negro y pesado, diseñada para ser blandida con una o dos manos según la carnicería que requiriera el combate.
Makaria se colocó su casco de guerra. Las pantallas internas se encendieron de inmediato, activando una visión térmica especial que rastreaba las corrientes de energía. En el horizonte, una estela dorada e intensa marcaba la ubicación exacta del flujo del anillo Arklom.
—Allí estás... —gruñó Makaria.
Antes de que pudiera avanzar, el sonido de botas marchando a gran velocidad lo alertó. De entre los árboles aparecieron varios soldados fuertemente armados, atraídos por el estruendo del meteorito. Makaria apretó el mango de su hacha con ambas manos, haciendo que el filo de la hoja comenzara a canalizar una energía inmensa que detonó en violentos rayos de color naranja brillante.
—¡Un intruso! —alcanzó a gritar uno de los soldados, intentando alzar su arma para dar la alarma a los demás.
Makaria se movió como un relámpago. Con un solo hachazo ascendente, la onda de choque mandó a volar al primer soldado por los aires, sacándolo por completo de la zona. Sin detenerse, el gigante se lanzó en medio del pelotón de fusileros. Levantó el hacha por encima de su cabeza y la estrelló con toda su fuerza contra el suelo. El poder místico estalló en un domo expansivo de energía naranja que barrió el terreno, haciendo que varios soldados salieran volando en diferentes direcciones, sus cuerpos impactando contra los árboles.
Uno de los guerreros sobrevivientes logró ponerse en pie y comenzó a disparar ráfagas consecutivas. Makaria flexionó las piernas y dio un salto colosal hacia el cielo estrellado, esquivando las balas. Los soldados en tierra apuntaron sus armas hacia arriba, disparando a ciegas contra la silueta oscura que tapaba la luna, hasta que uno de los proyectiles de Makaria cayó desde el aire y explotó en medio de ellos, limpiando el claro del bosque.
Makaria aterrizó pesadamente, levantando una nube de polvo. Al observar con detenimiento los uniformes y los blindajes de los caídos, una mueca de desprecio se dibujó en su rostro. Se dio cuenta de que aquellos soldados no eran humanos ordinarios; eran los guardianes remanentes de la orden.
Caminando entre los restos, divisó a uno de ellos que aún respiraba, arrastrándose desesperadamente por el suelo cubierto de hojas secas. Con una frialdad absoluta, Makaria arrojó su enorme hacha. El arma voló girando y cayó pesadamente justo encima del soldado, atrapándolo contra la tierra. Makaria se acercó, lo levantó del cuello de su armadura destrozada para ver su rostro ensangrentado y soltó una risa burlona y llena de insultos:
—¿Ustedes son los famosos perros que le hacen caso a Edward? Qué lástima dan.
El soldado, con la mandíbula apretada y la voz completamente quebrada por el dolor, reunió las últimas fuerzas de su orgullo y le escupió en el casco:
—Él... Él es mi rey... Y yo lo defenderé hasta el final.
Makaria soltó una carcajada seca y lo lanzó sin piedad contra una roca gigante, dejando al guerrero inconsciente.
El gigante alzó la cabeza hacia el horizonte. Los sensores de su casco parpadearon en rojo, confirmando que la energía del anillo Arklom estaba sumamente cerca, justo en las inmediaciones del vertedero que colindaba con el bosque. Agarró su hacha de dos metros con firmeza y comenzó a avanzar en línea recta, destrozando y talando los árboles milenarios con brutales hachazos para abrirse paso a la fuerza.
A un kilómetro de allí, en un claro apartado del vertedero, Tony continuaba entrenando junto a Mike bajo el amparo de la noche, intentando asimilar el abrumador flujo que el anillo le otorgaba. De repente, el sonido metálico de ramas rompiéndose y pisadas pesadas rompió la calma. Tony se detuvo en seco, apagando el brillo de sus puños.
De entre las sombras de los contenedores de chatarra emergieron varias figuras armadas. No eran monstruos. Llevaban armaduras y capas desgastadas por el viaje. Al frente del grupo caminaba un hombre de mirada imponente, un veterano de mil batallas cuyos ojos reflejaban el peso de un imperio caído. El líder entró al claro y observó a Tony con una mezcla de seriedad y arrogancia.
—¿Entonces eres tú? ¿El chico que ahora posee el anillo Arklom? —preguntó el hombre, cruzándose de brazos.
Tony dio un paso atrás de manera instintiva, cubriendo la joya con su otra mano. Miró al extraño con voz temerosa.
—Sí... ¿Por qué? ¿Acaso eres amigo de ese monstruo que me atacó en el bosque?
El caballero asintió lentamente, relajando ligeramente su postura pero manteniendo una seriedad inquebrantable en su voz.
—No. Todo lo contrario. Soy Edward. Y todos los caballeros que ves aquí somos amigos... hermanos. Nos cuidamos los unos a los otros. Aquellos hombres que viste en el bosque fueron a proteger el anillo que llevas en tu dedo. Para cuando yo logré llegar al templo, todo estaba destruido. Vi una gran explosión a lo lejos y cuando encontré a mi mejor guardián... estaba tirado, completamente calcinado por el enemigo.
Tony abrió los ojos de par en par, sintiendo un nudo de culpa en la garganta. Sin embargo, antes de que pudiera disculparse o hacer otra pregunta, una extraña pulsación recorrió el anillo Arklom. Tony sintió una presión espantosa en el aire, una presencia cargada de intenciones asesinas que se aproximaba a una velocidad aterradora.