Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO XII ¿QUÉ NOS FALTA?

La puerta seguía cerrada.

Después de dormir en el suelo, perseguir luces, reconstruir un cerrojo roto, escuchar una frase en aimara, recorrer media biblioteca buscando diccionarios, traducir tres lenguas antiguas y descubrir que mi padre había conservado anotaciones en arameo dentro del libro familiar, esperaba al menos un poco de cooperación.

Nada.

La puerta permanecía frente a nosotras con la tranquilidad ofensiva de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo.

Lena llevaba varios segundos mirándola.

Demasiados.

—Por la pu... —se detuvo—. ¡Puerta del cochino! ¿Por qué no abre?

Giré la cabeza.

—¿Puerta del cochino?

—Me contuve.

—Estoy orgullosa.

—¡No te burles! ¡Hicimos todo!

Le dio un pequeño golpe al aire porque, después de verme salir disparada la última vez, había aprendido que golpear directamente la puerta podía ser una mala estrategia.

Yo ya no tenía energía ni para quejarme.

Me dejé caer de rodillas frente al árbol.

—Me rindo.

—No.

—Sí.

—No.

—Lena, no se puede.

—Claro que se puede.

—Entonces ábrela.

Silencio.

—Estoy pensando.

—Piensa más fuerte.

Se sentó a mi lado.

Durante unos segundos ninguna habló.

Sobre nosotras, una de las flores había recuperado el rojo, aunque ninguna de las dos parecía haberse dado cuenta todavía. El resto continuaba apagado, casi gris. Frente a nosotras, el cerrojo dorado emitía aquel pulso lento que habíamos visto antes.

Una vez.

Pausa.

Otra.

Parecía estar vivo.

O burlándose.

Las dos opciones me molestaban.

—Tenemos la frase —dije, contando con los dedos—. Tenemos el cerrojo. Tradujimos las inscripciones. Encontramos el idioma que faltaba. Hicimos todo lo que nos pidió. ¿Qué más quiere?

—Tal vez pronunciamos algo mal.

—Lo hicimos cinco veces.

—Seis.

—Peor.

Apoyé la cabeza contra el tronco.

El cansancio ya no era solamente físico. Me dolía la espalda de dormir entre libros, tenía hambre otra vez a pesar de haber comido y sentía los ojos pesados. Pero había algo peor que todo eso: esa sensación horrible de haber hecho cuanto sabes hacer y descubrir que no basta.

Quizá eso era lo que más me molestaba.

Yo sabía estudiar.

Sabía buscar.

Sabía aprender idiomas.

Sabía leer.

Cuando no entendía algo, buscaba información. Si una palabra era desconocida, la traducía. Si aparecía una pregunta, intentaba encontrar la respuesta.

Aquella puerta parecía no estar interesada en ninguna de esas cosas.

Un aire frío rozó mi rostro.

Abrí los ojos.

—¿Sentiste eso?

Lena seguía mirando el cerrojo.

—¿Qué?

El viento regresó.

Esta vez trajo algo.

No exactamente una voz. Era más parecido a sonidos mezclados con el aire, demasiado débiles para saber si realmente los estaba escuchando o si mi cabeza intentaba convertir el viento en palabras.

Cerré los ojos.

Otra vez.

—Gen... veintidós... uno... nueve...

Me incorporé.

—¿Qué?

Lena me miró.

—¿Qué qué?

—¿No lo escuchaste?

Frunció el ceño.

—No.

El aire pasó otra vez.

Esta vez lo escuché mejor.

Gen. 22. 1–9.

Después llegaron otros sonidos que no conseguí distinguir.

—Gen veintidós, uno al nueve —repetí.

—Caz...

—El aire está hablando.

—Perfecto.

La miré.

—¿Perfecto?

Lena se encogió de hombros.

—Después de una puerta flotante, el aire parlante me parece bastante razonable.

Buen punto.

—¿Qué significa?

—No sé.

—¿“Gen”?




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