La última luz cayó.
No desapareció inmediatamente.
Durante unos segundos pude seguirla con la mirada mientras descendía hacia una oscuridad que parecía no tener fondo. Era blanca, mucho más intensa que las anteriores y, por un instante, tuve la absurda impresión de que no estaba cayendo.
Se estaba alejando de nosotras.
Después se apagó.
Me quedé mirando el lugar donde había desaparecido.
Esperé.
Nada.
Rojo.
Naranja.
Amarillo.
Verde.
Azul.
Violeta.
Blanco.
Siete.
Las conté otra vez en mi cabeza, por si acaso.
Siete.
Había visto aquellos colores antes.
No exactamente así. No en aquel lugar. Pero los reconocía. Eran los mismos que habían atravesado mi sueño, los mismos que aparecieron mientras alguien caía hacia un abismo de piedra y una balanza imposible parecía inclinarse bajo el peso de voces, nombres y recuerdos que no me pertenecían.
No todo lo que cae está perdido.
Sentí un escalofrío.
Aquella mañana había intentado convencerme de que solo había sido un sueño.
Después apareció el pájaro.
Después la pluma.
Y ahora aquello.
Me giré hacia lena.
—dime que viste eso.
Seguía mirando hacia adelante.
—lo vi.
—¿los siete?
—sí.
—¿cayendo?
—sí.
—¿todos?
Finalmente me miró.
—cazi, si vuelves a preguntarme te voy a responder que no solo para molestarte.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—bien.
Lena frunció el ceño.
—¿bien?
—no estoy loca.
—no utilizaría una visión compartida dentro de una biblioteca imposible como certificado de salud mental.
—déjame disfrutar esto.
—disfruta.
Miré otra vez hacia la oscuridad.
—los había visto antes.
Lena dejó de bromear.
—¿cuándo?
—en el sueño.
—¿los colores?
Asentí.
—no de esta manera. Pero estaban ahí. Rojo, azul, blanco... No podía distinguirlos todos. Ahora sí.
—¿y estaban cayendo?
—había alguien cayendo.
—¿quién?
—no sé.
—¿y las luces?
—no sé.
—¿qué más viste?
Pensé en la balanza.
En aquel lado cargado con cosas que no podía ver completamente pero que, de alguna manera, había reconocido como voces, nombres y recuerdos.
Y en el otro.
Vacío.
No.
Esperando.
—una balanza.
Lena me observó.
—¿la primordial?
—no la vi.
—entonces ¿cómo sabes que era una balanza?
Abrí la boca.
No encontré ninguna respuesta que tuviera sentido.
—la sentí.
Lena permaneció callada.
Y que lena permaneciera callada cuando podía hacer una pregunta era preocupante.
—¿qué?
—nada.
—li.
—estoy pensando.
—eso nunca termina bien.
—cállate.
Sonreí apenas.
Entonces algo cambió.
Al principio pensé que una de las luces había regresado, pero el resplandor no venía de delante.
Venía de todas partes.
La oscuridad comenzó a retirarse.
No ocurrió como cuando enciendes una lámpara y las sombras desaparecen de golpe. Fue más lento. Primero apareció el suelo bajo nuestros pies. Después una línea vertical a nuestra derecha. Otra a la izquierda. Las paredes empezaron a dibujarse poco a poco y finalmente pude distinguir un techo tan alto que tuve que echar la cabeza hacia atrás para intentar encontrar dónde terminaba.
Todo era dorado.
Me quedé inmóvil.
—oh.
Lena también levantó la cabeza.
—eso sí es nuevo.
No era dorado como el sol.