Soñé con una balanza.
Sí.
Otra vez.
Te preguntarás si volví a soñar con ella o si fue otra de esas visiones que aparecen sin pedir permiso y después me dejan intentando decidir si estaba dormida, despierta o simplemente perdiendo la cabeza.
La respuesta es sí.
Y no.
O sea, no lo sé.
Pero espera, espera, espera. Vamos por partes.
Recuerdas mi secreto, ¿verdad?
Excelente.
Entonces sigo.
Ya te conté que había soñado con la ruptura, aunque no exactamente con la que mis padres me explicaron cuando era niña. Aquella era diferente. O al menos yo creía que lo era, porque había cosas que no recordaba haber visto antes y, a esas alturas, empezaba a comprender que “no recuerdo haberlo visto” y “nunca estuvo allí” no significaban necesariamente lo mismo.
El problema fue que, mientras lena y yo avanzábamos por aquel campo inmenso al que acabábamos de llegar, la imagen regresó.
Sin aviso.
Un instante estaba caminando junto a ella, sintiendo el viento contra el rostro y el peso de la mochila sobre los hombros.
Al siguiente, la balanza estaba otra vez frente a mí.
Inclinada.
Opaca.
Rota.
Me detuve apenas un segundo.
Por suerte, lena no pareció darse cuenta.
Y sí, ya sé lo que estás pensando.
¿por qué no se lo he contado?
Es más que obvio que quiero hacerlo. Confío plenamente en ella; no estaría atravesando lugares imposibles, viendo recuerdos que no me pertenecen y siguiendo objetos misteriosos hacia quién sabe dónde si no confiara en ella. Pero una parte de mí seguía esperando el momento adecuado.
No quería asustarla más de lo que ya estaba.
Sé que lena parece la valiente del dúo. Probablemente ella misma diría que lo es y yo discutiría solo por fastidiarla. Pero después de todo lo que habíamos vivido, sabía que también tenía miedo.
Aunque no siempre lo demostrara.
Así que guardé silencio.
Por ahora.
La balanza permaneció ante mí unos segundos más.
No era grande ni dorada como algunas de las que aparecían en los relatos antiguos que recordaba. Tampoco colgaba de un techo ni estaba sostenida por manos visibles. Flotaba en un espacio sin paredes, suspendida en un silencio tan absoluto que parecía haber borrado todo lo demás.
En uno de sus lados había algo que no conseguía distinguir del todo: un peso denso, oscuro, cambiante. En el otro apenas permanecía una presencia ligera, casi inexistente.
Y entonces ocurrió.
La balanza se movió.
No mucho.
Pero lo hizo.
Aquello fue lo que me inquietó.
Hasta entonces había pensado en su desequilibrio como algo ocurrido hacía cincuenta años, algo perteneciente a la ruptura y a las historias que otros me habían contado. Pero verla inclinarse despertó una posibilidad que no conseguí apartar.
¿y si no era algo inmóvil?
¿y si podía cambiar?
Peor aún:
¿y si alguien podía hacerla cambiar?
No tenía pruebas.
Ni siquiera sabía si lo que estaba viendo era real, un recuerdo, una advertencia o una imagen creada por mi propia cabeza después de demasiadas horas sin dormir como una persona normal.
Pero la pregunta quedó allí.
Y con ella llegó una sensación todavía más extraña.
Durante apenas un instante sentí que aquello me llamaba.
No escuché mi nombre. Nadie habló. No apareció una voz ancestral diciéndome carisse delain frieden armog, salva al mundo, gracias al evren, porque probablemente habría salido corriendo en la dirección contraria.
Fue solo una sensación.
La absurda impresión de que algo necesitaba ayuda.
Y de que, por alguna razón que todavía no comprendía, lena y yo caminábamos hacia ello.
Parpadeé.
La balanza desapareció.
El campo volvió.
Lena seguía a mi lado.
No había notado nada.
Frente a nosotras se extendía el mismo campo inmenso.
No era tan verde como había parecido desde lo alto de la escalera, pero tampoco era árido. No inspiraba esperanza ni me producía una amenaza inmediata. Era simplemente un terreno enorme, casi neutro, donde el cielo parecía demasiado alto y el suelo demasiado honesto.
No había senderos marcados.
Tampoco señales.
Solo espacio.
Así que caminamos.
Al principio en silencio. Después con pasos más lentos. Y finalmente con esa incomodidad que aparece cuando el cuerpo sigue avanzando, pero la cabeza no tiene la menor idea de hacia dónde.