Las Cronicas Del Evren Libro Ii - No estamos solos

CAPITULO XII LITERATURA O MUERTE

No miré hacia arriba.

No porque no quisiera, sino porque tenía un problema mucho más inmediato frente a mí: un enorme descenso de piedra, ninguna escalera visible y mis zapatos abandonados varios metros atrás, pegados al suelo como si hubieran decidido que aquel campo era un excelente lugar para comenzar una nueva vida.

Moví los dedos de los pies.

La piedra estaba fría.

—sigo pensando que deberíamos intentar recuperarlos —murmuré.

Lena, a mi lado, apoyó la rama que había recogido antes contra el suelo.

—llevas cinco minutos mirando tus zapatos.

—eran buenos zapatos.

—siguen siendo buenos.

—están pegados al piso.

—nadie es perfecto.

La miré.

—no estás ayudando.

—estoy intentando que superes tu pérdida.

—necesito tiempo.

—haz tu duelo caminando.

Eso era fácil de decir para alguien que también había perdido los zapatos, pero aparentemente tenía menos apego emocional hacia sus pertenencias.

Volví la mirada hacia el borde.

Desde allí, la estructura parecía todavía más extraña. El terreno descendía formando aquella especie de cono invertido que habíamos visto al acercarnos, pero ahora resultaba difícil distinguir dónde terminaba la piedra y dónde comenzaba la oscuridad. No era completamente vertical. Había zonas irregulares, pequeños desniveles y salientes que quizá podrían servirnos para bajar.

Quizá.

No era una palabra especialmente tranquilizadora cuando debajo había un vacío cuyo fondo no conseguíamos ver.

—¿sientes algo? —pregunté.

Lena tardó en responder.

Cerró los ojos.

Yo esperé.

Después del laberinto había aprendido que verla concentrarse no significaba que fuera a entregarme mágicamente una respuesta. A veces sentía cosas que no entendía. Otras veces no sentía nada. Y, últimamente, descubrir que lena tampoco sabía algo me tranquilizaba más de lo que debería.

Finalmente abrió los ojos.

—demasiado.

—eso no suena bien.

—no dije que fuera malo.

—¿entonces?

Frunció el ceño.

—es como... Muchas cosas mezcladas.

—¿personas?

—no sé.

—¿emociones?

—caz.

—bien. Perdón.

Volví a mirar hacia abajo.

No sabíamos qué había allí.

Tampoco sabíamos si debíamos bajar.

Y aunque hacía unos minutos habíamos decidido acercarnos, acercarse a un precipicio y meterse voluntariamente dentro eran dos decisiones completamente distintas.

Podíamos regresar al campo.

Al menos, en teoría.

Giré la cabeza.

Nuestros zapatos seguían allí.

Más allá se extendía la misma inmensidad por la que habíamos caminado.

Nada nos impedía volver.

Eso me incomodó todavía más.

—li.

—¿mmm?

—todavía podemos irnos.

Ella también miró hacia atrás.

—sí.

Ninguna se movió.

Excelente.

Dos personas completamente libres tomando voluntariamente una pésima decisión.

Papá estaría orgulloso.

O nos castigaría durante aproximadamente cuarenta años.

Probablemente ambas.

Fue entonces cuando apareció la niebla.

No descendió del cielo ni subió desde el fondo. Simplemente comenzó a acumularse alrededor del borde, espesa y silenciosa, extendiéndose sobre la piedra como si aquel lugar acabara de notar nuestra presencia.

No era fría.

Era pesada.

Se adhería a la piel y volvía cada respiración un poco más consciente.

Lena sujetó la rama con ambas manos.

—eso definitivamente no estaba antes.

—no.

La piedra vibró.

Retrocedimos al mismo tiempo.

Una línea apareció frente a nuestros pies.

Después otra.

Y otra.

Pensé que eran grietas hasta que comprendí que formaban letras.

—caz...

Me agaché.

La inscripción seguía la curva del borde y estaba colocada de una forma bastante poco considerada con cualquier persona que quisiera leerla sin acercar la cara al posible abismo.

—¿eso estaba ahí antes? —preguntó lena.



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En el texto hay: amistad, busqueda camino, religioso

Editado: 05.10.2026

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