Las Cronicas Del Evren Libro Ii - No estamos solos

CAPITULO XIII EL PECADO NOS CONSUME

Después de dos descensos empecé a cometer un error bastante peligroso.

Creí que había entendido cómo funcionaba aquel lugar.

No me juzgues.

Hasta ese momento parecía bastante sencillo: bajábamos, encontrábamos una puerta, aparecía algo que se parecía sospechosamente a uno de los círculos que recordaba de la Divina comedia, descubríamos qué quería de nosotras, respondíamos y seguíamos avanzando.

No era precisamente una excursión agradable.

Pero tenía una lógica.

Y a los seres humanos nos encantan las cosas que tienen lógica.

Especialmente cuando estamos descalzos, descendiendo por una estructura imposible y una voz misteriosa ha insinuado que equivocarnos demasiadas veces podría matarnos.

—siete —dijo lena.

La miré.

—¿qué?

—faltan siete.

—¿por qué sigues haciendo eso?

—para mantenernos informadas.

—prefiero vivir en la ignorancia.

—muy tarde para eso.

Seguimos bajando.

La cosa que alguna vez había sido una rama golpeaba suavemente contra la piedra mientras lena caminaba. Desde que me había apartado de aquella roca, no había vuelto a cambiar de tamaño ni a hacer nada particularmente sobrenatural.

Lo cual, considerando nuestra situación, me parecía sospechoso.

—¿puedes dejar de mirarla? —preguntó lena.

—estoy investigando.

—la estás mirando.

—la observación es una etapa de la investigación.

—¿y qué descubriste?

—que sigue siendo sospechosa.

Lena levantó la rama frente a su rostro.

—¿escuchaste? Cazi no confía en ti.

—no hables con ella.

—tú le diste las gracias.

—eso fue diferente.

—¿por qué?

—me salvó la vida.

—entonces yo debería estar celosa.

—li.

Sonrió.

La sonrisa le duró poco.

El aire cambió.

Esta vez no hubo anuncio.

No apareció ninguna voz diciéndonos que habíamos llegado al tercer descenso. Tampoco surgió inmediatamente una puerta frente a nosotras.

El aire simplemente comenzó a pesar.

Respiré hondo.

Mala idea.

La humedad se pegó a mi garganta y una presión desagradable se instaló debajo del pecho. Cada paso empezó a costarme un poco más que el anterior, no porque mis piernas estuvieran cansadas —aunque lo estaban—, sino porque algo parecía acumularse alrededor de nosotras.

Demasiado aire.

Demasiado olor.

Demasiado ruido.

Demasiado de todo.

—¿te sientes rara? —preguntó lena.

Asentí.

—¿tú?

—sí.

Se llevó una mano al pecho.

—no duele.

—no.

—pero...

—pesa.

Lena me miró.

Exactamente.

Los escalones comenzaron a ensancharse hasta convertirse en un camino irregular. A ambos lados aparecieron objetos.

Primero pensé que eran piedras.

Después vi un plato.

Vacío.

Un poco más adelante había una copa rota. Después otra. Telas manchadas. Vasijas abiertas. Restos de algo que alguna vez debió de ser una celebración.

Nada parecía reciente.

Pero tampoco estaba completamente muerto.

Había algo profundamente desagradable en aquel lugar.

No por la suciedad.

Por la repetición.

Las paredes se movían.

No físicamente. Sobre ellas aparecían escenas que duraban apenas unos segundos antes de comenzar otra vez.

Una mano tomando algo.

Después otra cosa.

Y otra.

Una boca comiendo aunque el plato anterior todavía no estaba vacío.

Alguien llenando una copa hasta que el líquido se derramaba.

Dedos aferrándose a objetos que ni siquiera alcanzaban a sostener.

Una figura rodeada de cosas que continuaba buscando algo más.

Siempre más.

Lena disminuyó el paso.

—aquí alguien no supo cuándo parar.

No respondí.

La presión en mi pecho había aumentado.

Una de las imágenes volvió a empezar.

Manos.



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En el texto hay: amistad, busqueda camino, religioso

Editado: 05.10.2026

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