Las Cronicas Del Evren Libro Ii - No estamos solos

CAPITULO XIV ¿QUÉ ES ESTO QUE SIENTO?

La respuesta llegó antes de que pudiéramos formular la pregunta.

El suelo desapareció bajo nuestros pies y lo único que alcancé a escuchar fue a lena gritando mi nombre al mismo tiempo que yo gritaba el suyo. No caímos demasiado, al menos no lo suficiente como para que pudiera pensar durante la caída en todas las malas decisiones que me habían llevado hasta allí, pero sí lo necesario para que, cuando mis pies volvieron a encontrar una superficie sólida, perdiera el equilibrio y terminara apoyando ambas manos contra la piedra.

—auch... —murmuré mientras intentaba incorporarme—. ¿li?

—aquí.

Su voz llegó desde mi derecha y giré inmediatamente hacia ella. Lena estaba a pocos metros, de pie sobre una zona amarillenta que desde donde yo me encontraba parecía arena. Por un segundo pensé que había tenido más suerte que yo al caer, hasta que intentó levantar una pierna y no pudo.

—no te muevas —le dije.

—créeme, no pensaba hacerlo.

Di un paso en su dirección, pero el suelo vibró antes de que pudiera acercarme. Una pared transparente comenzó a elevarse entre nosotras y corrí hacia lena por puro reflejo, aunque ya era demasiado tarde. La estructura surgió desde la piedra hasta perderse por encima de nuestras cabezas y, cuando golpeé el cristal, ella hizo exactamente lo mismo desde el otro lado.

—¡lena!

—¡estoy bien!

—¡tu pie!

—sigue aquí.

La miré.

—excelente observación.

—¡quise decir que no se está hundiendo más!

Eso era bastante mejor.

Me agaché para intentar observar la sustancia en la que había quedado atrapada. No parecía completamente sólida, pero tampoco se movía como arena normal. Cada vez que lena tiraba de la pierna, el material parecía sujetarla con más fuerza.

—parece arena movediza.

—gracias, caz. Eso ayuda muchísimo.

—estoy intentando entender qué es.

—pues entiende más rápido.

Levanté la cabeza. Lena tenía el ceño fruncido y, por alguna razón, su respuesta me molestó más de lo que debería. Había estado intentando ayudarla, no fastidiarla. Sin embargo, tampoco era el momento para discutir por su tono de voz.

—apóyate en la rama —le indiqué.

—ya lo estoy haciendo.

Otra respuesta innecesaria.

Apreté los labios y decidí ignorarla.

Lena clavó la rama en una zona que parecía más firme y tiró de su pierna. Lo intentó una vez sin éxito y luego una segunda, apoyando casi todo su peso sobre la madera. Fue entonces cuando la cosa que todavía insistíamos en llamar rama volvió a comportarse de una manera imposible: se alargó apenas unos centímetros y se fijó contra la piedra como si supiera exactamente para qué la necesitaba. Lena no pareció notarlo de inmediato. Tiró una vez más y su pie finalmente salió con un sonido desagradable.

—¡ya!

Solté el aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo.

—¿estás bien?

—sí.

—¿segura?

—cazi, sí.

Otra vez.

No había dicho nada malo. Lo sabía. Ella probablemente también lo sabía y, aun así, sentí una pequeña punzada de irritación que permaneció conmigo mientras observábamos lo que había ocurrido alrededor.

El suelo se había dividido en dos caminos. El de lena estaba formado por piedras verdes separadas por un líquido espeso del mismo color. El mío, en cambio, tenía pequeñas superficies marrones y redondeadas que sobresalían de la piedra y parecían extrañamente blandas. Ninguno de los dos caminos me inspiraba demasiada confianza, pero el muro transparente hacía imposible que cambiáramos de lado.

—¿ves alguna puerta? —pregunté.

Lena miró hacia delante.

—no.

—yo tampoco. Espera antes de caminar. No sabemos qué hay en el suelo.

Soltó aire con impaciencia.

—caz, tampoco sabemos qué hay detrás, arriba, abajo ni prácticamente en ningún sitio desde que empezamos este viaje. Si esperamos a entender cada cosa antes de movernos, vamos a quedarnos aquí para siempre.

—eso no significa que debamos pisar cualquier cosa.

—entonces quédate ahí.

La miré.

—¿qué te pasa?

—nada.

—estás respondiéndome feo.

—no te respondí feo.

—sí lo hiciste.

—cazi...

—¿qué?

—nada.

Giró la cabeza.

La irritación aumentó un poco.

Perfecto. Estábamos separadas por una pared desconocida, descalzas, atrapadas en el quinto de nueve descensos y ahora, aparentemente, lena había decidido ponerse de mal humor conmigo.

Antes de que pudiera reclamarle otra vez, una voz recorrió el lugar.

—quinto descenso.



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En el texto hay: amistad, busqueda camino, religioso

Editado: 05.10.2026

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