Las Cronicas Del Evren Libro Ii - No estamos solos

CAPITULO XVI EL QUE DEJO DE CAMINAR

—Ya no lo intento.

No sé cuánto tiempo permanecimos en silencio después de que arel dijo aquello. Probablemente fueron apenas unos segundos, pero la frase se quedó suspendida entre nosotros de una manera incómoda, como si hubiera ocupado todo el espacio disponible dentro de la cueva y cualquier cosa que dijéramos después tuviera que abrirse paso alrededor de ella.

Esperaba una explicación. Quizá porque estaba acostumbrada a que, después de una revelación importante, apareciera alguna inscripción misteriosa, una puerta, una voz o cualquier otra cosa dispuesta a complicarnos la existencia. Pero no ocurrió nada. Arel simplemente bajó la mirada hacia el libro que sostenía entre las manos y caminó de regreso hacia la piedra donde lo habíamos encontrado.

Se sentó.

Otra vez.

Eso me molestó más de lo que debería.

—¿eso es todo? —pregunté.

Arel abrió el libro.

—sí.

—¿“ya no lo intento” y ya?

—eso fue lo que dije.

—ya sé lo que dijiste.

—entonces no entiendo la pregunta.

Lo miré.

Él pasó una página.

—¿siempre eres así?

—¿así cómo?

—desesperante.

Arel levantó los ojos.

—no lo sé. Hace mucho que nadie me lo pregunta.

Lena soltó una pequeña risa a mi lado y yo giré hacia ella.

—no lo incentives.

—no estoy haciendo nada.

—te estás riendo.

—eso tampoco está prohibido.

—todavía.

Arel volvió al libro.

Perfecto.

Habíamos encontrado a la primera persona desde que iniciamos el viaje y resultaba ser una mezcla entre acertijo, anciano malhumorado y puerta parlante.

Aunque ni siquiera sabía si era anciano.

Volví a observarlo.

No parecía viejo. Tampoco joven. Cuanto más intentaba calcular su edad, menos segura estaba. Su rostro no tenía suficientes marcas para justificar el cansancio que llevaba encima y, sin embargo, había algo en sus ojos que hacía que cualquier número que imaginara pareciera demasiado pequeño.

Lena me tocó el brazo.

—caz.

—¿qué?

—vámonos.

La miré.

—¿en serio?

—sí.

—¿no quieres saber nada más?

—quiero saber muchas cosas. Pero él no quiere contarlas.

Eso me dejó sin respuesta.

Miré a arel.

Seguía leyendo.

Lena tenía razón.

Qué desagradable.

Recogimos nuestras mochilas sin demasiada ceremonia. Arel no volvió a mirarnos mientras revisábamos las pocas cosas que todavía llevábamos, guardábamos lo que habíamos sacado para comer y nos preparábamos para continuar. La cueva tenía dos direcciones posibles: el camino por el que habíamos entrado y otro que se extendía más allá de la piedra de arel, perdiéndose entre las grietas luminosas.

Naturalmente, elegimos el segundo.

—por ahí no —dijo arel.

Me detuve.

Lena también.

Giré lentamente.

Él continuaba leyendo.

—¿perdón?

—por ahí no.

—pensé que no ibas a ayudarnos.

—no las estoy ayudando.

—acabas de decirnos que por ahí no.

Arel pasó una página.

—eso es una observación.

Miré a lena.

Ella se encogió de hombros.

—bueno —dije—. Gracias por tu observación.

Dimos media vuelta.

—por ahí tampoco.

Me detuve otra vez.

Cerré los ojos.

Respiré.

Funcionó poco.

—arel.

—¿sí?

—hay dos caminos.

—lo sé.

—nos acabas de decir que ninguno sirve.

—no dije eso.

—dijiste “por ahí no” dos veces.

—porque ninguna estaba mirando dónde pisaba.

Bajé la vista.

Había una grieta justo delante de mis pies.

Una bastante grande.

Lena me sujetó del brazo antes de que pudiera acercarme para verla mejor.

—método científico no —advirtió.

—ni siquiera hice nada.

—te conozco.

Arel cerró el libro con un suspiro.

—eso parece ser un trabajo agotador.



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En el texto hay: amistad, busqueda camino, religioso

Editado: 05.10.2026

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