Durante los primeros minutos, arel caminó detrás de nosotras.
No a nuestro lado. No exactamente con nosotras. Detrás.
Lo suficientemente cerca para seguirnos y lo suficientemente lejos para mantener la ficción de que aquello no significaba nada.
Lena y yo no comentamos al respecto. Bueno, lena no comentó al respecto. Yo tuve que hacer un esfuerzo considerable para no girarme cada treinta segundos y comprobar que seguía allí, pero después de la cuarta vez en que nuestros ojos se encontraron y arel levantó una ceja sin decir nada, decidí conservar la poca dignidad que todavía me quedaba.
Duré aproximadamente dos minutos.
Miré otra vez.
Seguía allí.
—¿qué? —preguntó.
—nada.
—es la quinta vez.
—no sabía que estabas contando.
—necesito entretenerme con algo.
—puedes conversar.
—prefiero contar.
Lena soltó una risita delante de mí.
—¿de qué te ríes?
—de nada.
—ustedes dos están empezando a caerme mal.
—nos conocemos desde hace una hora —dijo arel.
—no sé cuánto tiempo ha pasado.
—entonces quizá llevamos años.
Me detuve.
Él también.
—no hagas eso.
Por primera vez desde que había abandonado la cueva, arel sonrió de verdad.
Fue una sonrisa breve, casi escondida, pero estaba allí.
—camina, cazi.
—no me des órdenes.
—entonces quédate.
Continuó.
Lo miré alejarse.
—me cae mal.
Lena pasó a mi lado.
—a mí me cae bien.
—eso dice mucho sobre ti.
—quince años contigo dicen más.
La seguí.
Arel ya nos llevaba algunos pasos de ventaja y, sin embargo, no parecía tener ninguna intención de acelerar. Esperó en la siguiente curva sin admitir que estaba esperando y volvió a caminar en cuanto estuvimos cerca.
No dije nada.
Esta vez sí duré más de dos minutos.
La abertura que habíamos visto desde el corredor no conducía directamente al siguiente descenso. Primero tuvimos que atravesar un pasaje estrecho donde las paredes parecían acercarse cada vez más hasta obligarnos a avanzar de lado. La rama que lena llevaba con nosotras desde el campo seguía emitiendo una luz pequeña, aunque ahora parpadeaba de vez en cuando como si tampoco estuviera demasiado convencida de querer continuar.
—tu rama está nerviosa —dije.
Lena la miró.
—¿las ramas se ponen nerviosas?
—esta hace muchas cosas que las ramas normales no hacen.
—buen punto.
Arel observó la luz.
—¿de dónde la sacaron?
Lena y yo nos miramos.
Era la primera pregunta que nos hacía sobre nuestro viaje.
—de un árbol —respondí.
Arel me miró.
—gracias.
—preguntaste de dónde la sacamos.
—ahora entiendo por qué haces tantas preguntas. Es venganza.
—la encontramos antes de entrar aquí —explicó lena—. Era una rama normal.
—creemos —añadí.
—creemos —corrigió ella.
Arel extendió la mano.
—¿puedo verla?
Lena retrocedió la rama contra su cuerpo.
El movimiento fue pequeño.
Arel lo notó.
Yo también.
—no —respondió ella.
Arel bajó la mano inmediatamente.
—bien.
No insistió.
Eso me gustó.
No lo suficiente para confiar en él, pero lo anoté mentalmente en la pequeña lista de cosas que arel hacía y que no me molestaban.
Por ahora tenía una.
Seguimos caminando.
El pasaje terminó de golpe.
La piedra oscura desapareció bajo nuestros pies y delante de nosotros se extendió una superficie rojiza que parecía no pertenecer a la misma cueva. El techo se elevaba tanto que la luz de la rama no conseguía alcanzarlo y, a lo lejos, distinguí reflejos anaranjados que se movían lentamente sobre algo parecido a agua.
O lava.
Esperaba que fuera agua.
Últimamente mis expectativas eran bastante modestas.
Me acerqué un poco.
El calor llegó primero.
—no.
Arel me sujetó del brazo.