Durante un rato, tres resultó ser un número bastante incómodo.
El camino era suficientemente ancho para que avanzáramos uno al lado del otro, pero ninguno parecía saber exactamente cómo hacerlo. Lena y yo teníamos años de práctica acomodándonos sin pensar demasiado: ella aceleraba cuando yo me distraía, yo terminaba alcanzándola cuando descubría que había seguido caminando sin mí y, de alguna manera, incluso nuestras discusiones tenían un ritmo conocido. Sabíamos cuándo la otra necesitaba silencio, cuándo una broma podía mejorar las cosas y cuándo era mejor guardársela si queríamos conservar todas las extremidades. Arel, en cambio, parecía acostumbrado a caminar solo. A veces se adelantaba varios pasos y después reducía la velocidad como si acabara de recordar que existíamos; otras se quedaban atrás observando una grieta, alguna marca en las paredes o su libro, y éramos nosotras quienes terminábamos esperándolo. Todavía no habíamos encontrado la distancia exacta en la que tres personas podían caminar juntas sin estorbarse.
Nadie mencionó aquello.
Naturalmente, yo sí mencioné otra cosa.
—entonces...
Arel siguió caminando.
—no.
Lo miré.
—ni siquiera sabes qué voy a decir.
—vas a volver a hablar de que somos tres.
—no iba a decir eso.
Esta vez sí me miró. No dijo nada. Ni siquiera necesitó hacerlo; la expresión de absoluta incredulidad en su rostro fue suficientemente ofensiva.
—¿qué? —pregunté.
—¿qué ibas a decir?
Abrí la boca y descubrí que no tenía una segunda opción preparada.
—que...
Lena ya estaba sonriendo.
—no sé.
—exactamente —dijo arel.
—está bien. Iba a decirlo.
—lo sabía.
—pero únicamente porque todavía no hemos establecido algunas cosas.
Arel redujo el paso.
—¿qué cosas?
—las reglas.
Esta vez se detuvo por completo.
—¿tenemos reglas?
—ahora somos tres.
Cerró los ojos.
—carisse...
—cazi.
—cazi, hace aproximadamente diez minutos que somos “tres”.
—no sabemos cuánto tiempo ha pasado.
—eso no mejora tu argumento.
—podrían haber sido horas.
—no fueron horas.
—¿cómo sabes?
Arel abrió la boca y se quedó así durante un segundo. Después volvió a cerrarla.
Lena comenzó a reírse.
—no la provoques —le aconsejó—. Cuando encuentra una contradicción, no la suelta.
—estoy empezando a entenderlo.
—¿ves? —dije—. Eso también debería entrar en las reglas. Lena lleva quince años de ventaja, así que no puedes usarla como referencia.
Arel negó con la cabeza y volvió a caminar. Lena fue detrás de él y yo los seguí con una sonrisa que intenté disimular aunque nadie estaba mirando. No era exactamente amistad. Ni siquiera sabía todavía si podía llamarlo confianza. Pero había algo nuevo en la forma en que caminábamos, una comodidad pequeña que no existía cuando lo encontramos sentado en aquella cueva. Arel ya no parecía una presencia que accidentalmente avanzaba en nuestra misma dirección y nosotras habíamos dejado de vigilar cada movimiento que hacía. Seguía siendo un desconocido. Solo que ahora era un desconocido cuyo sentido del humor empezábamos a conocer.
Quizá por eso lo que ocurrió después se sintió peor.
El cambio comenzó con el silencio, aunque tardé en notarlo. Después de tantos murmullos, preguntas, voces que imitaban a nuestra familia y lugares empeñados en decirnos cosas que no habíamos preguntado, caminar sin escuchar nada me pareció casi un regalo. El suelo también había cambiado. La piedra que antes quemaba nuestros pies se volvió fría y relativamente lisa, de modo que por primera vez desde que habíamos abandonado los zapatos en aquel campo podía caminar sin preguntarme qué nueva forma de tortura plantar me esperaba en el siguiente paso.
Moví los dedos.
Todavía estaban ahí.
—creo que las conservé.
Lena miró hacia abajo.
—¿qué?
—las plantas de mis pies.
—¿por qué no las tendrías?
—después de lo anterior no estaba segura.
Arel bajó la mirada hacia ellos y su expresión se volvió innecesariamente crítica.
—están bastante mal.
—gracias.
—solo estoy diciendo...
—no necesito un diagnóstico.
—no era un diagnóstico. Están sucias, cazi.
Lo miré, ofendida.
—¡estamos descalzos en una cueva!
Lena empezó a reírse y arel intentó esconder una sonrisa que no engañó a nadie. Estaba a punto de señalarle que sus pies tampoco calificaban exactamente para un anuncio de limpieza cuando escuchamos el primer golpe.