Las escaleras parecían mucho más largas cuando sabíamos que solo quedaban dos descensos. No tenía sentido, pero últimamente pocas cosas parecían interesadas en tenerlo. Bajábamos despacio, con lena delante, arel detrás de ella y yo al final, intentando apoyar los pies en las zonas menos ásperas de cada escalón mientras una parte de mi cabeza seguía atrapada varios metros más arriba. Había dicho que no sabía si estaba bien cuando me preguntaron y, aunque técnicamente aquello había sido un progreso, seguía sin haber dicho por qué. La visión de la balanza continuaba guardada exactamente donde la había dejado: dentro de mí, acompañada ahora por el pequeño movimiento que había sentido en la mochila al abrirse la puerta anterior.
Metí una mano detrás de mi espalda y acomodé una de las correas. El objeto ya no estaba tibio. Tampoco se movía. Si no hubiera sentido aquel golpe unos minutos antes, habría podido convencerme de que nada había ocurrido, y descubrí que esa posibilidad me resultaba demasiado cómoda. Desde que habíamos salido de casa llevaba intentando no transformar mis sospechas en certezas, pero empezaba a preguntarme si existía también el error contrario: tener tanto miedo de afirmar algo incorrecto que terminara callando incluso aquello que sí sabía que había ocurrido.
—te vas a caer.
Levanté la cabeza. Arel se había detenido unos escalones más abajo y me observaba mientras lena continuaba descendiendo.
—no me voy a caer.
—llevas mirando tus pies desde hace rato.
—precisamente por eso no me voy a caer.
—también llevas pensando.
—eso suelo hacerlo.
—no siempre mientras caminas.
—¿ya aprendiste mis hábitos?
Arel se encogió de hombros y continuó bajando.
—eres bastante predecible.
—¡lena!
Ella giró desde varios escalones más abajo.
—¿qué?
—arel dice que soy predecible.
Lena pensó unos segundos.
—sí.
—¡traidora!
—¿para qué me preguntas si no quieres mi opinión?
Arel se rio por lo bajo y siguió caminando. Yo los miré a ambos con todo el desprecio que pude reunir mientras bajaba detrás de ellos, aunque la indignación me duró poco. Había algo extrañamente agradable en poder discutir sobre una tontería mientras descendíamos hacia quién sabía qué. Quizá esa era una de las cosas que más había extrañado desde que comenzamos el viaje: no la seguridad de casa exactamente, sino la posibilidad de que una conversación no tuviera que significar nada.
Las escaleras terminaron frente a una pared.
No había puerta, abertura ni inscripción. Solo piedra.
Lena la tocó con la punta de la rama y esperamos alguna reacción. Nada. Arel revisó los laterales mientras yo observaba los últimos escalones por si habíamos pasado alguna salida sin notarla, pero tampoco encontramos nada. Durante unos minutos nos dedicamos a empujar, tocar y examinar la pared con la dignidad de tres personas que claramente sabían lo que estaban haciendo.
No sabíamos.
—tal vez no hemos llegado —dijo lena.
—las escaleras terminan aquí.
—gracias, cazi. No lo había visto.
—solo intento ayudar.
—intenta mejor.
Arel pasó los dedos sobre una grieta de la pared.
—quizá tenemos que esperar.
—¿eso te funcionaba cuando estabas solo?
Su mano se detuvo apenas.
—a veces.
Todavía no sabía cuánto tiempo significaba “cuando estabas solo”. Podía preguntárselo. Quería preguntárselo. Pero después de lo ocurrido en los últimos descensos, empezaba a comprender que arel respondía mejor cuando no intentábamos arrancarle las respuestas.
Así que esperamos.
Funcionó.
La pared desapareció.
No se abrió ni descendió. Un momento estaba allí y al siguiente dejó de estar, revelando una habitación tan diferente de las anteriores que ninguno cruzó inmediatamente. Había luz. Muchísima. No provenía de antorchas, grietas ni de ninguna fuente que pudiera identificar; simplemente llenaba el espacio y se reflejaba sobre cientos de superficies blancas distribuidas desde el suelo hasta el techo.
Libros.
Me olvidé de todo durante aproximadamente tres segundos.
—oh.
Lena me miró.
—no.
—ni siquiera hice nada.
—te conozco.
—hay libros.
—lo veo.
—muchos.
—también lo veo.
Di un paso.
Lena me agarró de la mochila.
—¡li!
—la última vez que te emocionaste por leer terminamos bajando nueve niveles.
—eso no fue culpa de los libros.
Arel pasó junto a nosotras.