El aire acondicionado del Aeropuerto Internacional de Miami funcionaba a una capacidad rozando lo agresivo, pero ni el frío glacial del vestíbulo lograba disipar el bochorno pegajoso que se colaba por las puertas automáticas cada vez que una multitud atravesaba la terminal. Era tarde, pasadas las once de la noche de un domingo extenuante, y el ambiente en la zona de aviación general olía a una mezcla rancia de queroseno, café recalentado y perfume barato de tienda libre de impuestos.
El All-Star Game había terminado hacía apenas unas horas. El hielo de la pista en Florida había sido un desastre blando y húmedo por la humedad ambiental, la prensa había sido insaciable y el desfile constante de eventos corporativos, patrocinadores y sesiones fotográficas tenía a todos los jugadores al borde del colapso físico. Lo único que mantenía en pie a Shane Hollander era la perspectiva de subirse al jet privado charter que la liga había dispuesto para trasladar al contingente que regresaba hacia el norte: un vuelo directo, asientos de piel reclinables, la oscuridad de la cabina y la absoluta garantía de no tener que sonreír a ningún micrófono durante las próximas cuatro horas.
O al menos, ese era el plan original.
—¿Me estás diciendo que una fuga de líquido hidráulico significa que la puerta de la bodega simplemente no cierra? —preguntó Shane, manteniendo la voz en un tono pulcro, plano y peligrosamente profesional.
Estaba de pie frente al mostrador de la terminal privada, con la chaqueta de su traje cruzado sobre el brazo y una maleta de mano de marca que empezaba a pesarle demasiado en el hombro.
El encargado del servicio en tierra, un hombre de mediana edad con un uniforme arrugado que sudaba abundantemente por el cuello, asintió con una mueca de disculpa ensayada.
—El técnico revisó el actuador hace diez minutos, señor Hollander. No es seguro presurizar la nave en esas condiciones. El jet de reemplazo tendría que volar desde Atlanta y no llegará antes de las cuatro de la mañana.
A unos pocos pasos de Shane, apoyado contra una columna de hormigón con una lata de bebida energizante en la mano, Ilya Rozanov soltó un bufido seco en ruso. Sonó como un engranaje roto. Ilya llevaba la sudadera con capucha del equipo puesta por encima del cuello de su camisa desabrochada, el cabello rubio revuelto y una expresión de aburrimiento criminal que ni siquiera el cansancio lograba disimular por completo.
—Fantástico. Maravilloso —dijo Ilya en inglés, marcando las consonantes con ese tono arrastrado y burlón que a Shane solía sacarle de quicio en las ruedas de prensa—. Podemos dormir en el suelo de la terminal. Traigan unas mantas de plástico y una botella de vodka, y será igual que un hotel de tres estrellas en Vorónezh.
—Nadie va a dormir en el suelo, Ilya —dijo Shane sin mirarlo, aunque la presencia del ruso a escasa distancia hacía que cada pulgada de su piel estuviera hiperconsciente de él.
Mantenían una distancia reglamentaria de tres pasos; la distancia que dos superestrellas rivales de la NHL guardaban cuando no estaban en el hielo, la distancia justa para que nadie en Twitter empezara a especular sobre por qué el capitán de Montreal y el delantero estrella de Boston parecían incapaces de separarse durante la fuera de temporada.
—Tengo una alternativa —intervino apresuradamente el agente de pasaje, tecleando con frenesí en su consola—. El vuelo 29 de la aerolínea commercial Gateway Air sale por la terminal principal dentro de cuarenta y cinco minutos. Es un vuelo nocturno hacia el norte con escala de repostaje y destino final en Ottawa. Tienen casi toda la sección trasera desocupada. Si aceptan la reubicación, la liga cubrirá la diferencia y les emitiremos pases de abordar inmediatos con acceso prioritario.
—¿Un vuelo comercial? —preguntó Ryan Price, apareciendo a espaldas de Shane mientras arrastraba dos maletas gigantescas. Tenía la gorra ajustada hacia atrás y la visera le tapaba la mitad de los ojos—. Tío, la última vez que volé en turista las rodillas me pegaron en las orejas durante tres horas. Tengo las articulaciones moliéndose tras el partido de exhibición.
—Es eso o esperar seis horas en un hangar con olor a combustible, Ryan —dijo Fabian Salah, caminó a su lado y colocándole suavemente una mano en la parte baja de la espalda para infundirle calma. Fabian llevaba un abrigo ligero de lana y una bufanda fina a pesar del calor de Florida, proyectando la clase de serenidad calculada que Ryan solía necesitar cuando su temperamento comenzaba a agriarse—. Ottawa está a un paso. Subimos, nos dormimos antes del despegue y cuando despertemos ya estaremos en casa.
—Fabian tiene razón —añadió Scott Hunter desde unos metros más atrás. Scott sostenía con firmeza el brazo de Kip Grady, guiarlo con extrema delicadeza a través del caos del pasillo.
Kip llevaba un par de gafas oscuras de cristales espesos que le cubrían casi todo el tercio superior de la cara, una secuela obligatoria de la complicada cirugía láser a la que se había sometido tres días atrás para corregir un desprendimiento de retina. Su bastón plegable permanecía recogido en la mano izquierda de Scott, mientras Kip mantenía los dedos apoyados en el antebrazo de su pareja, confiando ciegamente en cada uno de sus pasos.
—¿Estás bien, Kip? —preguntó Shane, desviando la atención del mostrador para mirar a la pareja.
—Estoy perfectamente, Hollander, solo que no veo un carajo —respondió Kip con una sonrisa torcida, aunque su voz sonaba un poco más apagada de lo habitual—. El cirujano dijo que la luz directa de las pantallas de la terminal podría causarme una migraña permanente, así que me siento como si estuviera caminando por un túnel con vendas en los ojos. Pero prefiero sentarme en un asiento comercial a esperar aquí parado. Mis pies están pidiendo tregua.
—El vuelo 29 entonces —decidió Shane, girándose de nuevo hacia el empleado—. Emita los pases para el grupo completo. Somos once personas.
Editado: 01.11.2026