Las Cuatro de la Madrugada

3. Método deductivo. Posibilidades especulativas. Se incia el descenso

La pequeña cabina de mando del Boeing 767 estaba iluminada únicamente por la luz verde y ámbar de las pantallas de navegación. Frente a ellos, el cristal del parabrisas era una pared de negrura absoluta, sin estrellas ni referencias visuales. El indicador de combustible en el pedestal central marcaba una caída constante e implacable: el tiempo en el aire se agotaba a un ritmo matemático.

Shane Hollander mantenía las manos firmes a los lados del cuerno de mando del lado del capitán. Tenía la mirada fija en el PFD, escaneando el horizonte artificial, la altitud y la velocidad del aire. A su derecha, Ilya Rozanov ajustó las correas del arnés de cuatro puntos, sintiendo cómo los tirantes de nylon le apretaban los hombros sobre la sudadera.

—Bien, Rozanov, préstame atención —dijo Shane. Su voz no tenía un solo matiz de vacilación. Era la misma voz limpia, tajante y rápida que utilizaba en el banquillo cuando trazaban una jugada de último segundo en el hielo—. No tengo tiempo para enseñarte la teoría del vuelo comercial. Te voy a enseñar los tres mandos que van a evitar que nos matemos cuando desconecte el piloto automático.

—Soy todo oídos, Cap —respondió Ilya, apoyando los codos sobre las rodillas e inclinándose hacia el panel central. Su tono era sereno, aunque el brillo de sus ojos delataba la adrenalina corriendo por sus venas.

Shane señaló con el índice derecho la consola de palancas situada entre los dos asientos.

—Esta es la palanca de aceleración —explicó Shane, tocando las dos empuñaduras pesadas de color negro—. En un avión como este, los motores tardan entre cinco y siete segundos en responder cuando les das potencia. Si nos quedamos cortos de velocidad durante la aproximación y empujas esto hacia adelante, no esperes una respuesta instantánea. Tienes que anticiparte. Pero mientras estemos en la senda de planeo, la computadora va a controlar la potencia automáticamente. Tu trabajo principal estará a la derecha: los flaps y el freno de aire.

Shane desplazó la mano hacia una pequeña palanca situada a la derecha del pedestal, graduada en notches etiquetados con números: 1, 5, 15, 20, 25 y 30.

—Los flaps —dijo Shane, marcando la palabra—. Despliegan las superficies supersónicas en las alas para darnos sustentación a baja velocidad. Cuando yo te pida «Flaps 1», mueves esta palanca exactamente a la primera muesca. Cuando diga «Flaps 15», la bajas hasta el quince. No la saltes, no la fuerces. Cada grado de flap cambia el centro de gravedad del avión y hace que la nariz tienda a levantarse. Si los bajas demasiado rápido a mucha velocidad, podrías arrancar las superficies del ala.

—Flaps según tu orden, una muesca a la vez. Entendido —repitió Ilya, tocando la empuñadura de plástico para memorizar la textura táctil sin necesidad de mirarla en la penumbra.

—Siguiente: el panel de Speedbrakes o frenos de aire —Shane señaló la palanca a la izquierda de la aceleración—. Si venimos demasiado altos o demasiado rápidos para alinearnos con la pista de Bangor, levantarás esta palanca para desplegar los deflectores en el extradós del ala. Eso va a destruir la sustentación y nos va a frenar en seco. Sentirás una vibración pesada en todo el suelo de la cabina. No te asustes, es normal.

—Y para el suelo, ¿qué? —preguntó Ilya, mirando la parte inferior de la consola.

—El panel del tren de aterrizaje está aquí —Shane indicó la gran palanca de plástico transparente con forma de rueda ubicada en la parte superior del panel central—. Cuando estemos a dos mil pies sobre el suelo, me vas a confirmar tres luces verdes en este panel. Si ves tres luces verdes, significa que las tres patas del tren están abajo y aseguradas. Si alguna está en rojo o apagada, estamos en serios problemas. En cuanto toque tierra, vas a tirar de las palancas de reversa en los motores hacia atrás con fuerza. Eso va a redirigir el flujo de las turbinas hacia adelante para frenarnos en la pista.

Ilya miró los instrumentos, luego miró las manos de Shane sobre el volante. Mantenían una micro-vibración constante. A pesar de la disciplina de hierro del canadiense, la presión física de sostener el destino de once vidas en un entorno tan ajeno era colosal.

Ilya extendió la mano izquierda y la posó con firmeza sobre la muñeca de Shane, apretando con la fuerza justa para detener la vibración.

—Lo vas a hacer bien, Hollander —murmuró Ilya. La voz le salió grave, rasposa, desprovista de las capas de sarcasmo habituales—. Sabes exactamente lo que estás haciendo.

Shane detuvo la mirada un segundo en la mano de Ilya sobre su piel. Sintió el calor de los dedos del ruso atravesando la tela de su manga. Exhaló un suspiro lento, dejando que la tensión de la mandíbula cediera un milímetro.

—Es una mole de cien toneladas, Ilya —confesó Shane en un susurro que no saldría de la cabina—. Mi Cessna pesaba poco más de ochocientos kilos. Si calculo mal la velocidad de pérdida, o si entro demasiado inclinado, el tren se va a desintegrar en cuanto toque el asfalto.

—Entonces no me la calcules mal —respondió Ilya con una pequeña sonrisa de medio lado que iluminó su rostro en la penumbra ámbar—. No crucé el Atlántico ni jugué diez temporadas contra ti para terminar estampado en una pista de aterrizaje de Maine. Tenemos un partido pendiente la próxima semana.

Shane dejó ir una breve risa seca, la primera en horas, y asintió.

—Un partido pendiente. De acuerdo.

En ese momento, un sonido electrónico rítmico y sordo —un doble chime metálico— resonó desde el panel del FMS situado en el centro de la consola.

La pantalla monocromática de cristal líquido parpadeó y el texto verde cambió de coordenadas. La línea de progreso en el mapa interactivo alcanzó el punto identificado como TOD, ubicado sobre el límite del espacio aéreo del estado de Maine.

—Llegamos al punto de descenso —anunció Shane, recobrando instantáneamente su postura rígida de mando—. La computadora va a iniciar la reducción de altitud en este preciso instante.




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