Afuera del fuselaje, el cielo de Maine comenzó a experimentar una transición extraña y paulatina. La negrura absoluta que había dominado el aire desde su llegada empezó a disolverse en una luz muerta, un crepúsculo grisáceo, pálido y estático que no traía consigo el calor del sol ni la frescura de la mañana. Simplemente reveló, con una claridad clínica y helada, la silueta inerte de la pista de aterrizaje, las estructuras grises de los hangares y la masa inmóvil de pinos a lo lejos.
En el interior de la cabina de pasajeros, esa pálida luz filtrada por las ventanillas hizo que las sombras se volvieran más largas y densas. Shane, Ilya, Troy, Ryan, Harris, Eric y Kyle ya habían descendido por el tobogán amarillo hacia la pista, dirigiéndose de nuevo hacia la terminal para buscar el equipo de repostaje. A bordo solo quedaban cuatro personas: Scott Hunter, Fabian Salah, Kip Grady y, en la sección de primera clase, Dallas Kent.
Para Kent, la combinación de ese crepúsculo sin sol y la vibración rítmica que llegaba desde el horizonte exterior fue el detonante definitivo. El murmullo masticatorio de Los Consumidores —aunque aún distante y enmascarado por la geografía— retumbaba en sus oídos como un enjambre de acero.
Agazapado en el pasillo de la fila cuatro, Kent se pasó las manos por la cara con violencia, arañándose la piel de las mejillas. Tenía los ojos inyectados en sangre, las pupilas reducidas a dos puntos negros y la respiración convertida en un silbido entrecortado y salvaje.
—Se está haciendo de día... pero no hay sol —mulló Kent en un hilo de voz demente, mirando el cristal de la ventana—. No hay sol, no hay luz... Es la hora. Están aquí. Viene la trituradora.
—Kent, cálmate —dijo Scott desde la fila doce, manteniendo a Kip sentado a su lado mientras caminaba despacio hacia el pasillo central de la primera clase—. Estás a salvo dentro del avión. Shane e Ilya fueron a buscar las herramientas. Solo tenemos que esperar aquí.
—¡Mentira! ¡Nos dejaron de cebo! —chilló Kent, poniéndose en pie de un salto. Se tambaleó en el pasillo, apoyándose en los respaldos de los asientos mientras miraba la salida de emergencia L1, abierta hacia el aire gris de la pista—. ¡Nos dejaron aquí encerrados para que esa mierda nos coma a nosotros primero mientras ellos corren! ¡No me voy a quedar a esperar a que me trituren!
—Nadie te ha dejado de cebo, Dallas —intervino Fabian Salah, avanzando desde la sección económica con paso firme y la voz impregnada de una serenidad calculada. Fabian levantó las manos en un gesto apaciguador, manteniendo una distancia prudencial—. Shane e Ilya salieron a buscar las mangueras. El avión es el único lugar donde la física funciona. Si sales corriendo hacia la terminal a ciegas, te vas a quedar atrapado en el aire inerte.
—¡Apártate de mi camino, Salah! —bramó Kent, dando un paso al frente con el rostro transformado por una furia ciega y ciega. La paranoia había borrado cualquier rastro de razonamiento lógico en su cerebro; solo quedaba el instinto animal de huir de la nave.
—No vas a salir corriendo, Kent —dijo Scott, interponiéndose directamente entre Dallas y la puerta de salida. La envergadura de Scott ocupaba casi todo el ancho del pasillo central—. Si te descontrolas allá afuera, vas a poner en riesgo a todo el grupo. Siéntate en tu asiento y respira.
—¡Que te apartes! —rugió Kent.
En un arrebato de violencia salvaje, Kent lanzó un puñetazo directo al rostro de Scott. El golpe impactó con fuerza en la pómulo de Hunter, haciéndolo retroceder dos pasos y chocar de hombros contra el marco del portaequipajes. Scott soltó un gruñido de dolor, intentando recobrar el equilibrio mientras la visión se le nublaba por un segundo.
—¡Dallas, no! —gritó Fabian, lanzándose hacia adelante para sujetar al delantero de Boston por la espalda.
Fabian rodeó el cuello de Kent con los brazos, intentando inmovilizarlo con su peso antes de que pudiera golpear a Scott de nuevo.
Kent se sacudió con una brutalidad frenética. Poseído por una fuerza desmedida alimentada por el pánico puro, se echó hacia atrás violentamente contra el divisor de la cabina y luego impulsó los codos con salvajismo. Uno de sus codos dio de lleno en el tórax de Fabian, sacándole todo el aire de los pulmones.
Sin darle tiempo a recuperarse, Kent agarró a Fabian por la solapa de su chaqueta y lo arrojó con violencia hacia el lado derecho del pasillo.
El cuerpo de Fabian salió despedido sin control. Su cabeza chocó de lleno contra el borde metálico afilado de un apoyabrazos de la fila tres. Se escuchó un crack sordo y seco, un sonido espantoso que resonó en el pasillo.
—¡Scott! —gritó Kip desde la distancia— ¿Qué está pasando?
Fabian se desplomó sobre el suelo de la moqueta como un muñeco de trapo. No emitió un solo quejido. Su cuerpo quedó extendido cuan largo era sobre el pasillo, inerte, mientras un hilo de sangre densa y oscura comenzaba a brotar del cuero cabelludo, manchando la alfombra del avión.
—¡Dios mío, Fabian! —exclamó Scott, lanzándose al suelo junto a él. Colocó dos dedos temblorosos sobre la carótida del músico. Sintió un pulso débil pero constante. Respiraba, pero estaba completamente inconsciente.
Kent ni siquiera miró hacia el suelo. Miró la puerta de salida L1, abierta de par en par hacia el crepúsculo gris, y soltó una carcajada ahogada, desquiciada.
—¡Libre! ¡Soy libre! —gritó.
Corrió hacia el umbral de la puerta, se lanzó hacia adelante y se deslizó por el tobogán amarillo a una velocidad vertiginosa, desapareciendo hacia el asfalto de la pista.
—¡Kent! —gritó Scott, pero era tarde.
Scott se levantó a toda prisa, con el rostro pálido y la pómulo hinchada por el golpe. Miró a Fabian en el suelo, luego giró la cabeza hacia la sección económica, donde Kip Grady se mantenía de pie, aferrado al respaldo de un asiento con los nudillos blancos y el rostro rígido detrás de las gafas oscuras.
Editado: 01.11.2026