El cruce de la pista desde los subterráneos de la terminal hasta la silueta masiva del Boeing 767 fue un trayecto silencioso, pesado y desgarrador. La luz muerta del crepúsculo gris cubría el asfalto congelado de Bangor con un resplandor pálido, revelando cada grieta en la pista y la masa inmóvil de los árboles a lo lejos. Shane Hollander e Ilya Rozanov encabezaban la marcha, cargando el cuerpo inerte de Troy Barrett con la rigidez de dos soldados que se niegan a dejar a un compañero atrás. Detrás de ellos, Harris Drover caminaba con el rostro bañado en lágrimas, sostenido por la cintura por Scott Hunter, mientras Ryan Price, Eric Bennett, Kyle Swift y Kip Grady avanzaban en una formación apretada y enmudecida.
El viento nocturno de Maine soplaba con una constancia helada, pero el olor del aire seguía siendo plano, desprovisto de frescura o humedad. Sin embargo, el murmullo lejano que llegaba desde el horizonte oriental —el masticar rítmico, denso y constante de Los Consumidores— ya no era una sugerencia tenue. La vibración ascendía sutilmente por las suelas de sus zapatos, un chasquido sordo que recordaba que la franja de tiempo inerte en la que estaban parados se acortaba a cada minuto.
Al llegar a la base del tobogán de evacuación amarillo, el grupo organizó la subida con un respeto casi sagrado. Ilya trepó primero, aferrándose a las tiras de tela reforzada hasta colarse por la escotilla L1 de la nave. Desde allí arriba, extendió sus brazos pesados mientras Shane y Scott elevaban cuidadosamente el cuerpo de Troy desde el asfalto. Con esfuerzo coordinado, pasaron el cadáver a través del umbral hacia el interior de la cabina. Uno a uno, el resto del contingente escaló la rampa de nylon hasta cruzar la frontera de la nave.
Al pisar la moqueta del pasillo, la diferencia ambiental volvió a envolverlos como un manto cálido. El aire dentro del fuselaje conservaba la física viva del momento del despegue: la calidez sutil del pasaje, la acústica viva que permitía el eco de sus pasos y la densidad respirable que les devolvió un poco de aliento.
Shane e Ilya llevaron a Troy hasta la fila veintiocho de la sección económica. Acomodaron su cuerpo con delicadeza sobre tres asientos centrales, estirándole las piernas y alineando sus brazos sobre el pecho. Harris se dejó caer de rodillas en el pasillo, pegando la frente contra el borde del cojín y sujetando la mano fría de Troy entre las suyas, rompiendo a llorar en un sollozo ahogado que hizo que Eric y Kyle se cubrieran el rostro con las manos. Shane sacó una manta de viaje de lana azul de un compartimento superior y cubrió el cuerpo de Barrett hasta los hombros, sellando ese espacio con una solemnidad trágica.
En el extremo delantero del pasillo, Ryan Price no esperó a que Shane diera órdenes. La urgencia por comprobar el estado de su pareja era un fuego que le quemaba las entrañas.
—¡Fabian! —gritó Ryan, corriendo a lo largo del pasillo central hacia la primera clase, tropezando con los reposabrazos en su desesperación.
Dobló la mampara divisoria de la fila cuatro y se frenó de golpe.
Fabian Salah yacía de lado en el suelo de la moqueta, tal como Scott lo había dejado antes de bajar a la terminal. La mancha de sangre oscura sobre la alfombra se había extendido un par de centímetros, pero el pecho del músico subía y bajaba con una regularidad lenta y constante.
Ryan se arrojó al suelo junto a él, tomándole el rostro entre las manos con un temblor incontrolable.
—Fabian... Fabian, por favor, mírame —suplicó Ryan, pasándole los dedos por la mejilla y apartándole los rizos negros empapados en sudor de la frente—. Por favor, abre los ojos.
Fabian dejó escapar un gemido ahogado, un aliento entrecortado que resonó en la cabina. Sus párpados parpadearon con pesadez, luchando contra la bruma de la conmoción cerebral, hasta que sus ojos oscuros lograron enfocar la silueta de Ryan sobre él.
—Ryan... —murmuró Fabian con la voz ruda, carraspeando ligeramente. Cerró los ojos por un segundo debido a un puntazo de dolor punzante en la parte posterior del cráneo—. ¿Qué... qué pasó? Siento la cabeza como si me hubiera golpeado una bola de demolición.
—Te golpeaste contra el apoyabrazos cuando ese demente de Kent te empujó —explicó Scott Hunter, quien acababa de llegar al lugar acompañado por Shane y Kip. Scott se arrodilló al lado de Ryan y colocó con destreza dos dedos sobre las pupilas de Fabian, examinando su respuesta a la luz de cortesía—. Tienes un buen chichón y un corte en el cuero cabelludo, Fabian. La sangre en la cabeza siempre asusta porque el cuero cabelludo sangra muchísimo, pero la pupila responde bien. No parece haber una fractura de cráneo ni un hematoma expansivo.
Fabian intentó incorporarse sobre los codos, soltando una mueca de dolor mientras Scott y Ryan lo ayudaban a erguirse despacio hasta sentarlo en el pasillo, apoyando su espalda contra el zócalo del asiento tres B. Ryan sacó un pañuelo limpio y una botella de agua mineral del equipaje de mano de la nave —agua real, con sabor y textura activa— y comenzó a limpiar con extrema delicadeza la herida en el lado derecho de la cabeza de su pareja.
—Gracias, Scott —dijo Fabian, dejando escapar un suspiro largo y pasándose la mano por la cara para despejar la vista. Miró a Ryan, notando las lágrimas que le surcaban el rostro y la palidez cadavérica del resto del grupo que se arremolinaba en el pasillo—. Ryan... ¿por qué estás llorando así? ¿Dónde están los demás? ¿Dónde están Troy y Harris?
Un silencio sepulcral, helado y pesado cayó de golpe sobre la primera clase.
Ryan apretó los labios con fuerza, bajando la cabeza incapaz de sostener la mirada de Fabian. Los hombros de Ryan comenzaron a temblar de nuevo. Shane dio un paso adelante, colocándose al lado de Fabian y apoyando una mano firme sobre su hombro no lesionado.
—Fabian —dijo Shane, con un tono bajo, gravoso y cargado de un dolor contenido que heló el aire—. Kent huyó del avión y bajó a la terminal. Se encontró con el grupo en los pasillos subterráneos de mantenimiento mientras buscaban la manguera y la llave de paso.
Editado: 01.11.2026