Las Cuatro de la Madrugada

8. Repostando. La primera luz del alba. Los Consumidores se acercan. Despegue

El regreso a la pista con Kip malherido entre los brazos de Scott fue una carrera frenética en medio de una penumbra gris que empezaba a mutar. Dejaron a Dallas Kent tendido en el suelo de mármol de la Puerta 4, ensangrentado e inconsciente tras el devastador impacto del puñetazo de Scott, desplomado como un despojo más de la terminal muerta. Nadie miró atrás.

Shane y Scott cargaron a Kip entre los dos, sosteniendo con desesperación la chaqueta doblada contra la brecha del costado para frenar la marea carmesí que empapaba la ropa del chico. Cruzaron la puerta corredera acristalada e impactaron de nuevo contra el aire helado de la pista. Escalaron la rampa amarilla de evacuación con la urgencia dictada por la supervivencia pura, colándose por la escotilla L1 hasta ingresar de lleno en la burbuja viva del Boeing 767.

Acomodaron a Kip en los primeros asientos de la sección de primera clase, reclinando el respaldo del cojín y estirándole las piernas sobre el pasillo.

—¡Busquen el botiquín de primeros auxilios! —ordenó Scott, dejándose caer de rodillas junto a la cabecera. Tenía las manos y los antebrazos manchados de sangre caliente, el rostro pálido y las lágrimas marcándole dos surcos sobre la piel.

Fabian Salah, todavía con la cabeza vendada pero moviéndose con una agilidad alimentada por la adrenalina, abrió a tirones el compartimento superior de la fila dos y sacó la caja metálica de emergencias médicas de a bordo. Extrajo varias compresas de gasa esterilizada, vendas de compresión y un bote de antiséptico activo, inclinándose al lado de Scott para retirar la ropa empapada en la Herida del costado de Kip.

—Kip, escúchame bien —dijo Fabian con tono suave pero urgente, presionando el paquete de gasas directamente sobre la corteja sangrante entre las costillas—. Te vamos a limpiar la Herida y a poner un vendaje de presión. En cuanto logremos despegar y encontremos ayuda médica real, un cirujano te va a suturar esto. Tienes que aguantar, ¿me oyes?

Kip Grady yacía sobre el tapizado azul, con la cabeza ladeada. Sus ojos, desprotegidos ya de las micas oscuras que habían quedado tiradas en la terminal, miraban hacia el techo sin enfocar, bañados por el resplandor cobalto de las luces de emergencia. La piel de su rostro, habitualmente serena, había adquirido una pavorosa palidez de cera, pero sus mejillas estaban encendidas por dos manchas rojas de calor.

—No... no pierdan el tiempo conmigo —murmuró Kip. La voz le salió rasposa, rota por un aliento entrecortado y febril—. No hay ningún cirujano allá afuera... No hay hospitales en este suelo.

—Cállate, Kip, no digas eso —lloraba Scott, besándole la frente ardiente y apretándole la mano izquierda con los nudillos blancos—. Te vas a poner bien. Fabian te está atendiendo.

—Scott... escúchame —insistió Kip, reuniendo una fuerza que parecía quemarle las entrañas. Con los dedos temblorosos y ensangrentados, agarró la solapa de la chaqueta de Hunter, tirando de él hacia su pecho—. Tienen que bajar a la pista... tienen que llenar los tanques de la nave ahora mismo.

—Kip, no te puedo dejar —suplicó Scott, pasándole los dedos por los rizos empapados de sudor febril.

—Si se quedan aquí apretándome una gasa... nos vamos a morir todos —dijo Kip, fijando su mirada transparente en el rostro de Scott con una lucidez profética que heló el ambiente de la primera clase—. El aire cambió afuera. Se está acabando el margen. Tienen la llave... usen la llave.

Shane Hollander, parado en el pasillo junto a Ilya Rozanov, miró a Scott y luego a la ventana lateral de la cabina. Ilya sostenía la pesada llave industrial de acero en T contra su pecho, con los nudillos blancos.

—Kip tiene razón, Scott —sentenció Shane con una compostura de acero implacable—. Fabian y Ryan se quedan a bordo cuidándolo y reponiéndole líquidos. El resto bajamos a la pista a realizar el acople del camión cisterna.

—Voy con ustedes —dijo Scott, poniéndose de pie a regañadientes tras darle un último beso en los labios a Kip. Su mirada se había vuelto de piedra—. Voy a ayudar a conectar esa maldita manguera.

De pronto, un sonido sordo, masivo y lejano resonó en la atmósfera exterior, atravesando el fuselaje del avión como un impacto de baja frecuencia.

No fue una explosión de fuego ni un trueno. Fue el crujido seco, metálico y estruendoso de toneladas de acero y hormigón colapsando a la vez.

Ilya e Eric se pegaron al instante al cristal de la ventanilla de la fila tres.

Afuera, la transición entre la noche y el nuevo día había alcanzado un punto crítico. La negrura y el crepúsculo gris cedían paso a la primera luz del alba: un resplandor ámbar, pálido y muerto que no traía la calidez del sol ni proyectaba sombras reales sobre el asfalto. Simplemente bañaba el aeropuerto de Bangor en una luz cenicienta.

A un kilómetro de distancia, en el extremo norte del perímetro del aeropuerto, una gigantesca torre de alta tensión —una estructura metálica de treinta metros que sostenía los cables principales de la red eléctrica de la región— se tambaleó. En cuestión de tres segundos, la torre de acero se dobló por la base como si fuera de papel y se desplomó hacia el abismo que comenzaba a abrirse detrás de las colinas, desapareciendo por completo de la vista.

No quedó rastro de la torre. No hubo polvo, ni escombros, ni restos de metal agrietado. Simplemente la estructura dejó de existir en el espacio físico.

—La red periférica cayó —dijo Ilya, con la voz ahogada por un pavor profundo—. El borde del mapa se está cerrando sobre nosotros.

—Bajen a la pista ya —ordenó Shane, dirigiéndose hacia la cabina de mando—. Yo me quedo en el asiento del capitán para iniciar la secuencia de encendido del APU y calentar los sistemas de combustible. En cuanto acoplen la manguera y abran la válvula manual con la llave, me dan la señal por la radio del canal de pista.

—Entendido —asintió Ilya.




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