Las Cuatro de la Madrugada

9. Adiós Bangor. La grieta. Aterrizaje. Solo estrellas fugaces

El Boeing 767 ganó altitud de forma constante, abriéndose paso entre las densas capas de nubes que cubrían el cielo ceniciento del tiempo inerte. Dentro del fuselaje, el retumbo sordo y desgarrador de Los Consumidores comenzó a disiparse gradualmente, reemplazado por el zumbido continuo, cálido y rítmico de las dos turbinas funcionando a régimen de crucero.

Sin embargo, dentro de la cabina comercial, la victoria del despegue se tiñó de una amargura devastadora.

En la primera clase, Scott Hunter permanecía arrodillado sobre la alfombra azul, sosteniendo a Kip Grady entre sus brazos. El chico ciego yacía reclinado en el asiento tres A. La hemorragia en su costado derecho no cedía; el vendaje de compresión que Fabian le había colocado estaba completamente empapado en un carmesí denso que manchaba las sábanas de viaje y la ropa de Scott. La palidez febril de su piel había mutado en un tono cetrino, frío al tacto, mientras su respiración se volvía cada vez más superficial y pausada.

—Kip... por favor, mírame —suplicaba Scott, pasándole los dedos temblorosos por los rizos empapados en sudor y pegando su frente a la del chico—. Ya estamos en el aire, Kip. Dejamos a esas cosas atrás. Nos vamos a casa. Tienes que aguantar un poco más.

Fabian Salah se arrodilló al otro lado del asiento, sosteniendo el pulso carotídeo de Kip con dos dedos. El rostro de Fabian, aún marcado por la venda en la cabeza, reflejó una tristeza infinita. Inclinó la cabeza en silencio y miró a Scott, negando muy despacio.

—Scott... —murmuró Fabian en un hilo de voz que apenas superó el ruido de las turbinas—. Su pulso se está apagando. La estocada dañó la arteria intercostal. Perdió demasiada sangre en la terminal.

—¡No! —gritó Scott, apretando el cuerpo de Kip contra su pecho con una desesperación ciega—. ¡No se va a morir! ¡Kip, quédate conmigo! ¡Te lo prometo que te voy a llevar a ver el mar de nuevo! ¡Abre los ojos, por favor!

Kip dejó escapar un suspiro largo, un aliento tibio que se desvaneció lentamente en el aire de la cabina. Sus dedos ensangrentados, que mantenían un débil agarre sobre la solapa de la chaqueta de Scott, perdieron toda la fuerza y cayeron inanimados sobre el regazo. La tensión en los rasgos de su rostro se disolvió, dejando paso a una expresión de paz absoluta y serena.

—Kip... —sollozó Scott, sepultando el rostro en el cuello del chico y rompiéndose en un llanto convulso, desgarrador, que sacudió toda su envergadura.

A su alrededor, el resto del grupo guardó un silencio sepulcral. Ryan Price se cubrió la boca con ambas manos, dejando caer las lágrimas en silencio; Eric Bennett apretó el hombro de Kyle Swift, mientras Ilya Rozanov se apoyaba en el respaldo de un asiento con los puños apretados, bajando la mirada hacia el suelo con una mueca de dolor profundo.

Fabian se pasó la mano por la frente, mirando el cuerpo inerte de Kip y luego la mampara que dividía la cabina hacia la salida.

—Él lo sabía —dijo Fabian en tono bajo, cargado de un asombro melancólico.

Shane Hollander, quien había dejado el piloto automático activado para bajar un segundo a la cabina comercial, se acercó al grupo y miró a Fabian.

—¿Qué dijiste, Fabian? —preguntó Shane.

—Kip sabía que no sobrevivía a la herida —explicó Fabian, mirando a Shane y luego a Scott, quien continuaba abrazando el cadáver de su pareja—. En la terminal, cuando estaba en medio de la fiebre, su mente sintonizó con la acústica del pasado. Él no solo oía el espacio; proyectó una orden directamente al cerebro de Dallas Kent.

—¿Despertó a Kent a propósito? —preguntó Ryan, enjugándose las lágrimas.

—Lo despertó y lo hizo salir corriendo hacia la pista —asintió Fabian con convicción científica—. Kip usó la paranoia de Kent para atraer a Los Consumidores hacia el lado norte de la terminal. Sabía que las criaturas se irían tras la materia en movimiento de Kent, y que eso nos daría los cuatro minutos exactos que necesitábamos para terminar de cargar el combustible y desacoplar las mangueras. Kip nos entregó la vida a todos nosotros a cambio de la suya.

Un murmullo de sobrecogimiento recorrió al grupo. La revelación de Fabian transformó la trágica partida de Kip en un acto de sacrificio supremo. Kip Grady, el chico ciego que no podía ver el horror que los perseguía, había sido la mente brillante y el escudo implacable que les había permitido despegar de ese pozo de muerte.

Shane se inclinó suavemente y puso una mano firme sobre el hombro de Scott.

—Scott... hay que acomodarlo junto a Troy —dijo Shane con infinita ternura.

Scott no respondió de inmediato. Besó los mejillas, los párpados desprotegidos y los labios fríos de Kip una y otra vez, antes de asentir lentamente. Con extrema delicadeza, tomó a Kip en sus brazos y lo cargó a lo largo del pasillo central hacia la fila veintiocho.

Allí, junto al cuerpo inerte de Troy Barrett, acomodaron a Kip en los asientos contiguos. Shane sacó una segunda manta de lana azul y cubrió a Kip hasta los hombros, dejando a los dos compañeros descansando juntos en la quietud de la nave viva.

Harris Drover, quien no se había movido del pasillo trasero desde que subieron al avión, miró el cuerpo de Kip y luego el de Troy. Harris se sentó en la butaca contigua, apretando las rodillas contra el pecho y fijando la mirada en el horizonte que se abría fuera de la ventanilla.

—Dos de los nuestros —murmuró Harris con una voz carente de toda emoción, muerta por la devastación—. Dos chicos que solo venían al All Star Game...

Shane regresó a la parte delantera de la cabina junto a Ilya y Fabian, mirando los instrumentos de a bordo. La nave volaba firme, atravesando la capa dorada del tiempo muerto, pero el reloj del fuselaje indicaba que las decisiones definitivas debían tomarse antes de que el mapa volviera a cerrarse sobre ellos.

Shane Hollander caminó de regreso a la cabina de mando, seguido muy de cerca por Ilya Rozanov y Fabian Salah. Frente al panel principal de aviación, el canadiense reajustó la altitud de crucero a treinta y tres mil pies y giró el selector de rumbo, fijando la ruta de vuelo en dirección sur-suroeste, trazando una trayectoria directa de regreso hacia el espacio aéreo de Florida.




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