Las Cuatro de la Madrugada

Capítulo 2

El calor del mediodía caía a plomo sobre el bosque, como una plancha de metal candente presionando la copa de los abedules. No corría una sola ráfaga de brisa sobre el lago; la superficie del agua parecía una lámina de estaño derretido, opaca y espesa.

Shane no había pegado un ojo en toda la noche. Seguía sentado a la mesa de la cocina con la misma camiseta pegajosa del día anterior, los ojos inyectados en sangre y las manos manchadas con el polvo reseco del papel viejo. Frente a él, las hojas mecanografiadas de Rookie Season yacían abiertas junto a su ejemplar de Heated Rivalry. Cada página que había leído en la madrugada había sido una puñalada: fechas exactas, hematomas ocultos bajo las coderas, susurros en cuartos de hotel de los que jamás habló con nadie.

Anya, echada bajo la mesa con el hocico pegado a las tablas más frescas del suelo, levantó las orejas de golpe. Dejó escapar un quejido ronco, una advertencia baja que no llegó a convertirse en ladrido pero que tensó todos los músculos de su cuerpo.

Shane levantó la cabeza.

A través del mosquitero de la ventana, el sonido de neumáticos aplastando la grava seca del camino rompió el zumbido asfixiante de las chicharras. El reloj de la cocina marcaba exactamente la una de la tarde. Veinticuatro horas después, ni un minuto más ni un minuto menos.

El motor asmático de la furgoneta negra se apagó con un estertor metálico.

Shane se puso de pie con lentitud. Las piernas le temblaban por la falta de sueño y la descarga súbita de adrenalina. Tomó el manuscrito de Rookie Season, lo cerró con fuerza dentro de su carpeta de cartón marrón y salió al porche antes de que el hombre tuviera tiempo de tocar.

Iván Strelok ya había bajado del vehículo.

A pesar de los treinta y cuatro grados de bochorno que hacían temblar el horizonte en ondas de vapor, vestía exactamente igual: la camisa negra de manga larga abotonada hasta la nuez, los pantalones oscuros sin una arruga y el sombrero canotier negro calado con precisión matemática sobre su frente. El ala rígida proyectaba una cuchillada de sombra sobre sus ojos hundidos. Al ver salir a Shane, se detuvo al pie de los escalones de madera, con las manos juntas a la espalda en una postura militar.

—Veo que no durmió bien, señor Hollander —dijo Strelok. Su voz arrastró esa aspereza seca, sin rastro de agitación por el calor—. Lo leyó.

Shane bajó los tres escalones del porche hasta quedar a dos metros de él, sobre el suelo de tierra agrietada. Sostenía la carpeta como si fuera un escudo o un arma arrojadiza.

—¿Quién carajos es usted? —exigió Shane, con la voz rota y ronca—. ¿Quién le dio esto? ¿Le pagó a alguien de la liga? ¿Puso micrófonos en los hoteles? ¿Cómo demonios sabe lo de la cicatriz de Ilya en el hombro? ¡Nadie sabía eso!

Strelok no parpadeó. Una sombra de desdén torció la comisura de sus labios delgados y agrietados.

—Nadie excepto yo —respondió el intruso con calma gélida—. Porque es mi historia. Se lo dije ayer: yo la viví, yo la sangré sobre el papel y usted se la robó.

—¡Es mentira! —estalló Shane, sintiendo que la furia le quemaba la garganta—. ¡Nosotros escribimos Heated Rivalry! ¡Yo estuve ahí en 2008 en ese túnel de Quebec! ¡Yo sé lo que pasamos! Publicamos el libro en 2021, cuando nos casamos. El mundo entero conoce cada detalle desde hace años. No sé cómo consiguió estos datos íntimos, pero no voy a permitir que venga a extorsionarme.

Strelok ladeó apenas la cabeza, haciendo que el sol arrancara un brillo opaco de la paja teñida de su canotier.

—2021 —repitió el hombre con un silabeo despectivo—. Ya se lo dije ayer, Hollander: sus cuentas no cuadran. Yo puse el punto final a Rookie Season en el otoño de 2019. La registré. La encuaderné. Dos años enteros antes de que usted y Rozanov montaran su circo mediático para vender camisetas y limpiar su imagen burguesa. Ustedes me plagiaron. Alguien les llevó una copia de mi manuscrito y usted decidió que era la coartada perfecta para maquillar su vida.

—¡No es ningún plagio, imbécil! —le gritó Shane, acortando la distancia con los puños cerrados, ignorando el olor a naftalina y vestidor cerrado que emanaba del desconocido—. ¿Cree que 2019 fue el principio? En 2017, cuatro años antes de sacar el libro y dos años antes de que usted supuestamente escribiera una sola línea de esta basura, Ilya y yo publicamos los primeros capítulos.

Strelok se quedó inmóvil, evaluándolo como un halcón sobre una presa herida.

—¿En dónde?

—En una edición especial de Pride Magazine —soltó Shane, respirando con dificultad bajo el calor aplastante—. En junio de 2017. Cedimos un adelanto exclusivo de diez mil palabras contando exactamente cómo nos conocimos, el vestidor, los primeros encuentros clandestinos... todo lo que usted asegura que inventó en 2019. Salió en quioscos de todo Canadá y Estados Unidos. Si su fecha es 2019, usted es el plagiador. ¡Usted fue quien nos copió a nosotros!

Por un instante, el silencio del bosque pareció congelarse. El zumbido de los insectos se volvió ensordecedor. La mirada de Strelok, fija y gris como el agua estancada, no vaciló ni un milímetro. No hubo sorpresa ni arrepentimiento en sus facciones cetrinas.

—Qué historia tan conveniente —dijo Strelok con un tono que destilaba veneno puro—. Una revistita de aniversario. Papel satinado para maricas y liberales que se tira a la basura al mes siguiente.

—Es una prueba legal y física —espetó Shane—. Está registrada con fecha de 2017. Desmonta toda su farsa.

—Entonces tráigala —ordenó Strelok, dando un paso al frente. El ala del canotier casi tocó el pecho de Shane—. Póngala en mis manos. Si es verdad lo que dice, si esas palabras estuvieron impresas en 2017 antes de que yo tecleara la primera página de Rookie Season, admitiré que me equivoqué. Me daré la vuelta y no volverá a saber de mí.

—No la tengo aquí —dijo Shane, sintiendo que la boca se le secaba por completo—. Esto es una cabaña de descanso.




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