Las Cuatro de la Madrugada

Capítulo 3

Enterrar a Anya le tomó casi dos horas bajo el plomo líquido del mediodía. Cavó una fosa profunda junto al linde de los abedules, con la pala de mango astillado golpeando raíces resecas y piedras que le desollaban las palmas de las manos. No lloró; el calor era tan denso que evaporaba las lágrimas antes de que rodaran por sus mejillas. Solo cuando arrojó la última palada de tierra sobre el bulto envuelto en una lona azul y colocó encima tres rocas pesadas para evitar que los carroñeros escarbaran, el peso del silencio le cayó en la nuca como una maza.

Shane subió a la camioneta con la ropa empapada de sudor y tierra seca pegada a los brazos. Encendió el motor, puso el aire acondicionado al máximo —que apenas soplaba una corriente tibia y con olor a polvo viejo— y tomó la carretera secundaria que conectaba con la autopista 416 hacia Ottawa.

El asfalto parecía ondular bajo la reverberación térmica. Cuarenta minutos de trayecto en los que Shane no miró el paisaje ni encendió la radio. Sus ojos ardían, fijos en la línea blanca discontinua del pavimento. En su cabeza, las palabras de Strelok martilleaban con la regularidad de un pistón: tres días, demuéstreme que sus palabras salieron antes que las mías, consiga la revista.

Pride Magazine. Junio de 2017. La portada con acabado mate, el lomo grapado y aquel titular discreto pero contundente que ambos habían autorizado tras meses de negociaciones: «En el hielo y en la sombra: extractos de una vida compartida».

La única copia física de archivo que conservaban estaba en el cajón inferior derecho de su escritorio de nogal, en el despacho del segundo piso de la casa de Rockcliffe Park.

Entrar a los suburbios de Ottawa fue como cruzar a otra dimensión. Aceras limpias, céspedes regados artificialmente que brillaban bajo el sol inclemente y la arquitectura sobria de un vecindario diplomático donde el escándalo no tenía cabida.

Shane redujo la velocidad dos calles antes. Apagó el aire acondicionado para escuchar el entorno y dobló despacio en la avenida arbolada. Se detuvo a unos cuarenta metros de la entrada principal, aparcando la camioneta junto a la sombra rala de un roble maduro.

Allí estaba la casa.

Una estructura imponente de piedra caliza y grandes ventanales negros que habían comprado en 2019, justo después de que Shane anunciara su retiro anticipado. Habían tardado casi un año en remodelarla: la cocina industrial que Ilya tanto quería, el gimnasio en el sótano, el jardín trasero con piscina cubierta. Era el monumento a todo lo que habían construido después de una década de esconderse en moteles de paso y vestidores vacíos.

Shane apoyó la frente contra el volante caliente. El corazón le latía en la garganta con una fuerza que le provocaba náuseas. Metió la mano derecha en el bolsillo de sus bermudas y palpó el juego de llaves: la de la puerta principal de roble y la pequeña llave dorada que abría el cajón del escritorio.

Solo entrar, subir las escaleras, abrir el cajón y salir. Cinco minutos. Menos de lo que duraba una penalización mayor sobre el hielo.

Levantó la cabeza y puso la mano sobre la manija de la portezuela para bajar.

En ese instante exacto, la puerta principal de la casa se abrió.

Shane se congeló en el asiento. Por instinto, soltó la manija y se echó hacia atrás, hundiéndose contra el respaldo de cuero para que el pilar del parabrisas ocultara su silueta.

Ilya salió primero.

Llevaba una camiseta polo negra, pantalones de lino claro y gafas oscuras que le cubrían la mitad del rostro. Se movía con esa soltura atlética y pesada que Shane conocía de memoria, bajando los escalones de piedra con una bolsa de lona al hombro y las llaves del coche tintineando entre sus dedos. A pesar de los treinta y cinco grados de bochorno, Ilya se veía impecable, sereno, como si los tres meses de silencio no hubieran dejado una sola mella en su estructura.

Pero Ilya no estaba solo.

Detrás de él cruzó el umbral un hombre más joven, delgado, de cabello castaño claro cortado al ras y complexión fibrosa. Vestía ropa deportiva sin logotipos y llevaba colgada al hombro una mochila pequeña. Al llegar al último escalón, el desconocido se detuvo a esperar a que Ilya pusiera la alarma de la casa con el control remoto.

Shane sintió que el aire se le convertía en vidrio molido dentro del pecho.

Sasha.

La mente de Shane no necesitó confirmación ni nombres en voz alta. El pánico y la bilis se le agolparon en la garganta con la fuerza de un impacto frontal contra las tablas de la pista. Era él. Tenía que ser él. La llamada perdida de abril, el mensaje de texto sugiriendo un hotel, la voz en ruso que Shane había intentado enterrar durante años en los rincones más oscuros de su memoria.

Observó la escena a través del cristal polvoriento de la camioneta, con las uñas clavándose en las palmas de sus manos hasta hacerse sangre.

Ilya se giró hacia el hombre. Dijo algo que Shane no pudo escuchar por la distancia, pero vio el gesto: una sonrisa breve, un asentimiento de cabeza casi íntimo, y luego la mano de Ilya descansando durante una fracción de segundo sobre el omóplato del otro para guiarlo hacia el Porsche plateado estacionado en la entrada de adoquines.

No hubo un beso. No hubo caricias explícitas. Pero para Shane, envenenado por el insomnio y la ponzoña de Rookie Season, aquel toque casual fue más devastador que un golpe directo a la mandíbula. Era la cotidianidad. La rutina de dos personas compartiendo un techo, una entrada y una vida mientras él se pudría en una cabaña infestada de moscas y tierra seca.

El hombre subió al asiento del copiloto. El asiento que durante cuatro años había sido de Shane.

Ilya rodeó el vehículo, se acomodó al volante y encendió el motor. El ronroneo suave y costoso del deportivo llenó la calle residencial. El Porsche retrocedió con lentitud, giró hacia la avenida principal y aceleró suavemente, alejándose en dirección contraria a donde Shane estaba aparcado hasta perderse tras la curva de robles.




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