Las Cuatro de la Madrugada

Capítulo 4

El viernes al atardecer, el cielo sobre el valle se tiñó de un color cobrizo y violáceo, denso como una herida abierta. La presión atmosférica había caído en picada, pero no trajo alivio; el aire se volvió una masa caliente y viscosa que se pegaba a los pulmones con cada inhalación. No caía una sola gota de agua. Solo una tormenta eléctrica seca, lejana y silenciosa, que encendía la copa de los abedules con fogonazos blancos cada pocos minutos, seguida por el retumbo sordo y tardío de truenos que hacían vibrar los cristales de la cabaña.

Shane no había encendido una sola lámpara.

Estaba sentado en el suelo de la sala, con la espalda pegada a la pared junto a la chimenea apagada y las rodillas recogidas contra el pecho. En las manos sostenía un viejo palo de hockey de madera maciza, de su época juvenil, con la pala forrada en cinta negra gastada y el mango astillado por el uso. Tenía los nudillos blancos de tanto apretarlo. Sus ojos, enrojecidos y ardientes por setenta y dos horas de vigilia casi ininterrumpida, vigilaban las tres ventanas que daban al porche.

El plazo había expirado. El sol ya se había hundido por completo tras las colinas y la penumbra del bosque comenzaba a devorar el sendero de grava.

«El viernes al atardecer, Hollander.»

Shane pasó saliva con dificultad; tenía la garganta inflamada, reseca como papel de lija. El bochorno dentro de la casa era asfixiante, pero su piel estaba fría y cubierta por una película de sudor viscoso. Cada fibra de su cuerpo estaba tensa, esperando el traqueteo asmático del motor de la furgoneta negra.

Entonces, el viento caliente arreció de golpe, levantando remolinos de hojas secas y polvo contra los tablones del porche.

Y entre el rugido sordo del viento, sonó el primer crujido.

No fue el motor. Fue el peso inconfundible de una bota aplastando la grava al pie de las escaleras. Luego otra. Lentas, pesadas, arrastrando una cadencia implacable que Shane ya conocía de memoria.

Cinco escalones.

Las tablas de cedro del exterior gimieron una a una. Shane contuvo la respiración, con el corazón golpeándole la caja torácica como un animal acorralado. Levantó el palo de hockey, apoyando los pies descalzos sobre el suelo para ganar tracción.

Un relámpago mudo rasgó la penumbra a través del ventanal.

Por una fracción de segundo, la silueta se recortó nítida contra la tela mosquitera: alta, enjuta, vestida de riguroso luto, con la copa plana y el ala afilada del sombrero canotier proyectando una sombra geométrica que borraba cualquier rasgo humano.

Toc. Toc. Toc.

Los tres golpes resonaron en la madera de la puerta principal. Secos. Medidos. Con la autoridad absoluta de un verdugo que no necesita alzar la voz.

Shane no se movió. Apretó los dientes hasta que las encías le dolieron.

—Sé que está ahí adentro, señor Hollander —la voz de Iván Strelok llegó amortiguada a través de los maderos, pero con esa aspereza áspera y vibrante que parecía taladrar el cráneo de Shane—. Se acabó el tiempo. El sol ya se puso. ¿Tiene la revista en sus manos?

Shane sintió que el aire se le escapaba en un jadeo mudo. Cerró los ojos con fuerza, sacudiendo la cabeza en la penumbra.

—Sé que no la tiene —continuó la voz desde el porche, con un tono pausado, casi didáctico, que destilaba una crueldad metódica—. Las cenizas de Ottawa todavía están calientes. No hay revista. Nunca la hubo. Solo queda su deuda y el final que me pertenece.

Los pasos en el porche no se alejaron hacia las escaleras; se movieron hacia la derecha, rodeando la cabaña. El chirrido de las tablas fue seguido por el sonido metálico de algo arrastrándose contra los postigos de las ventanas laterales: una herramienta de hierro, una varilla oxidada raspando la madera con un sonido lacerante que le erizó los vellos de la nuca.

—¡Lárguese! —gritó Shane de pronto, incapaz de contener el terror que le reventaba el pecho. El alarido le desgarró las cuerdas vocales—. ¡Lárguese de mi casa o le juro que lo mato!

Una risa sorda, carente por completo de humor, vibró al otro lado de la pared lateral.

—No puede matarme, Hollander. Usted no puede matar lo que usted mismo invitó a pasar. Voy a entrar ahora. Y vamos a escribir la última página juntos.

Un golpe brutal sacudió la ventana de la cocina. El vidrio crujió, quebrado por una grieta en forma de telaraña, y el cerrojo de madera cedió parcialmente con un chasquido seco.

El pánico animal tomó el control del cuerpo de Shane. El palo de hockey no era suficiente; contra la fuerza desquiciada que había empalado a Anya y reducido a cenizas una mansión de piedra, un trozo de madera no le serviría de nada.

Necesitaba algo más pesado. Un hacha, una barra de hierro, las herramientas grandes de metal que recordaba haber bajado semanas atrás para que no se oxidaran con la humedad del verano.

Tropezando en la oscuridad sofocante, Shane cruzó el pasillo a trompicones mientras afuera los golpes se repetían contra la puerta trasera. Llegó a la pequeña puerta de madera que daba a las escaleras del sótano, abrió el pestillo y se deslizó hacia abajo, cerrando la hoja tras de sí y atrancándola con el pasador interno, descendiendo a ciegas hacia las entrañas subterráneas de la cabaña mientras los truenos secos retumbaban sobre su cabeza.

El aire en el sótano era espeso, caliente y olía a moho rancio mezclado con un vaho penetrante que le picó en la nariz: gasolina y ceniza vieja. Arriba, el crujido de las tablas de la sala continuaba, marcando pasos pesados que parecían rondar directamente sobre el techo bajo.

Shane bajó los últimos peldaños a tientas, con el viejo palo de hockey apretado contra el pecho. En la pared, tanteó el interruptor de baquelita y lo accionó. La única bombilla desnuda que colgaba de un cable se encendió con un parpadeo amarillento, proyectando sombras alargadas sobre los muros de piedra y los estantes llenos de herramientas olvidadas.




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