Las Cuatro de la Madrugada

Capítulo 5

Los faros que barrieron la claraboya del sótano no trajeron el estruendo de la furgoneta negra, sino el zumbido constante y afinado de un motor conocido. El vehículo se detuvo sobre la grava del camino, y de inmediato el portazo resonó con fuerza en la quietud de la tormenta seca.

Shane permaneció inmóvil sobre el suelo de cemento, de rodillas junto al baúl de lona abierto. Las manos, aún tiznadas de hollín y grafito, le temblaban de tal manera que las hojas sueltas de Rookie Season vibraban contra sus rodillas. El sombrero canotier descansaba a menos de treinta centímetros de él, su ala rígida recortada bajo la luz desnuda de la bombilla.

Arriba, la puerta principal de la cabaña se abrió de golpe.

—¡Shane! —la voz de Ilya retumbó a través de los maderos del techo, tensa, cargada de una urgencia desesperada—. ¡Shane, responde!

Pasos rápidos y pesados cruzaron la sala, comprobaron la cocina y se dirigieron sin dudar al pasillo trasero. La pequeña puerta de madera que daba a la escalera del sótano fue sacudida desde el otro lado; el pestillo interno cedió con un crujido seco bajo la fuerza de la embestida.

Ilya bajó los peldaños de tres en tres. Se detuvo en seco al llegar a la base de la escalera, respirando con dificultad.

Llevaba una chaqueta ligera cubierta de una fina capa de polvo de carretera y los ojos enrojecidos por el cansancio de haber conducido sin descanso desde Ottawa tras la llamada con Hayden. Pero al ver la escena que se abría ante él, la expresión de Ilya cambió radicalmente: el enojo o la prisa defensiva desaparecieron, reemplazados por un desconcierto profundo y un destello de dolor visceral.

Shane estaba encogido contra la pared de piedra, sosteniendo el viejo palo de hockey con los nudillos blancos, respirando en jadeos cortos como si el aire del sótano fuera venenoso. La mirada de Shane oscilaba frenéticamente entre Ilya, el baúl y el canotier negro.

—Shane... deja eso —dijo Ilya, dando un paso cauteloso hacia el centro de la habitación. Su voz sonó más baja, deliberadamente firme pero suave, cuidando cada inflexión para no desatar una reacción violenta—. Baja el palo. Mírame. Soy yo.

—No te acerques —susurró Shane, retrocediendo hasta que su espalda raspó el muro frío. El terror en sus ojos no era hacia un agresor externo, sino hacia la imposibilidad de ordenar lo que tenía delante—. No deberías estar aquí. Él... él estaba afuera. Golpeó la puerta. Tenía el manuscrito...

Ilya no apartó la vista de los ojos de Shane, pero su mirada se deslizó una fracción de segundo hacia el baúl: el bidón de gasolina vacío, la tela manchada de ceniza y sangre seca, la máquina de escribir mecánica y el sombrero de paja negra. La correlación fue inmediata y demoledora; Ilya comprendió en un instante el calibre de la fractura a la que se enfrentaba. No había intrusos. No había una banda ni un acosador externo.

—Shane, no hay nadie afuera —dijo Ilya con calma implacable, acortando lentamente la distancia con las palmas abiertas hacia el frente—. Revisé todo el perímetro antes de entrar. El camino está vacío. No hay ningún coche, ni huellas de botas, ni nadie vigilando. Solo estamos tú y yo.

—¡Estaba aquí! —gritó Shane, la voz quebrándose en un sollozo seco que le desgarró el pecho—. ¡Tenía mi letra, Ilya! ¡Tenía las fechas! ¡Yo no... yo no pude haber hecho esto! ¡Anya estaba en el patio! ¡La casa en Ottawa...!

El temblor de Shane se volvió espasmódico. Levantó el palo de madera como un escudo endeble, pero las fuerzas le fallaron; el mango se deslizó entre sus dedos sudorosos y cayó contra el suelo de cemento con un chasquido sordo.

Ilya no esperó más. Se arrodilló frente a él y cerró los brazos con fuerza alrededor de sus hombros.

Shane intentó resistirse un segundo, empujando con las palmas contra el pecho de Ilya, pero el contacto físico con un cuerpo real, sólido y cálido terminó por quebrar la última defensa de su mente. El aire contenido se transformó en un llanto convulso, mudo y asfixiante, mientras sus dedos se aferraban a la chaqueta de Ilya como si fuera lo único en el mundo que impidiera que la tierra se abriera bajo sus pies.

—Respira, Shane. Estoy aquí —murmuró Ilya contra su sien, sosteniéndolo con firmeza para contener el temblor que sacudía todo su cuerpo—. Ya pasó. Estoy aquí y no me voy a ir a ninguna parte.

El llanto de Shane tardó largos minutos en aplacarse, reducido al final a una respiración áspera y entrecortada contra el hombro de Ilya. El calor en el sótano seguía siendo denso, pero la presencia física de su esposo actuaba como un ancla pesada, obligándolo a permanecer en el suelo de cemento, lejos de las sombras del bosque.

Shane levantó la cabeza con lentitud, sintiendo los párpados hinchados y la piel tirante por el sudor y las lágrimas secas. Miró a Ilya a los ojos: no había desprecio en ellos, ni la distancia gélida que Shane había imaginado durante tres meses de encierro. Solo un cansancio infinito y una tristeza honda.

—La pantalla... —consiguió articular Shane, con la voz rota y temblorosa, señalando vagamente hacia la nada—. En abril. En la cocina de Ottawa. Vi la llamada de Sasha. Decía que te esperaba en un hotel... en el centro.

Ilya parpadeó, desconcertado por un instante, antes de que una sombra de amargo entendimiento cruzara su rostro. Apretó el agarre sobre los hombros de Shane, mirándolo con una fijeza absoluta.

—Shane, escúchame bien. Mírame a la cara —ordenó Ilya con voz firme, sin titubeos—. Sasha me llamó, sí. Llegó a Canadá con una delegación deportiva y consiguió mi número privado. Quería verme, insistió en que habláramos de los viejos tiempos y me citó en el hotel donde se hospedaba el equipo. Pero yo nunca fui.

Shane entreabrió los labios, buscando aire, con el corazón latiendo desacompasado.

—Lo vi... creí que...

—No fui, Shane —repitió Ilya, remarcando cada sílaba—. Le dejé un mensaje claro ese mismo día diciéndole que no tenía nada que hablar con él y que no volviera a buscarme. Lo bloqueé de inmediato. Lo que pasó en Moscú hace quince años fue una tontería de juventud antes de conocerte; tú eres mi vida entera, eres mi esposo y jamás te cambiaría por nadie. Jamás.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.