Ilya Rozanov estaba absolutamente seguro de dos cosas en la vida: la primera era que sabía cómo meter un disco de hockey en el ángulo superior del arco a noventa millas por hora; la segunda, que jamás en su existencia había sentido la necesidad de armar un escándalo por la forma en que Shane Hollander saludaba a un periodista deportivo.
Y sin embargo, ahí estaba, de pie a mitad de la zona mixta del Bell Centre en Montreal, fingiendo revisar su teléfono mientras sus dientes crujían por la fuerza con la que apretaba la mandíbula.
Shane estaba a diez metros de distancia, vistiendo uno de sus impecables trajes a medida, sonriéndole con esa educación exasperante y perfectamente pulida a una reportera de la cadena canadiense. Era un intercambio completamente profesional, idéntico a los cientos de intercambios que Shane había tenido con la prensa durante los últimos cinco años. No había absolutamente nada de malo en la escena.
Entonces, ¿por qué el pecho de Ilya se sentía apretado por una rabia irracional, casi teatral? ¿Por qué sentía un impulso violento de caminar a zancadas, sujetar a Shane por la solapa del saco y declararle al mundo que Hollander le pertenecía a él?
Eso es absurdo, pensó Ilya, dando un paso atrás y pasándose una mano por la nuca. Yo no soy un celoso de mierda. Yo soy Ilya Rozanov. A mí no me importan estas estupideces.
Pero su cuerpo parecía responder a un guión invisible. En cuanto la frustración escaló en su mente, la luz ambiental del pasillo parpadeó de forma extraña. Ilya miró hacia arriba. Por las ventanas superiores del estadio, el cielo de Montreal —que hasta hacía diez minutos estaba completamente despejado y soleado— se cubrió de súbito por densas nubes oscuras. Un trueno sordo retumbó en la distancia, acompañado por una ráfaga de viento helado que logró colarse por las rendijas de ventilación, haciendo que varios reporteros se estremecieran.
Ilya parpadeó, perplejo. El clima no cambiaba así de rápido. Ni siquiera en Canadá.
—¿Rozanov? ¿Estás bien, amigo? —preguntó uno de sus compañeros de los Boston Raiders, dándole una palmada en el hombro al pasar—. Tienes una cara de drama que no te la quita nadie.
—Estoy perfecto —gruñó Ilya con su acento ruso más marcado de lo habitual.
Intentó ignorarlo. Se convenció de que solo era estrés pretemporada, o tal vez la falta de carbohidratos en su dieta. Pero la jornada solo empeoró al saltar al hielo para el entrenamiento nocturno.
Ilya era uno de los patinadores más ágiles de la NHL. Su control del filo de las cuchillas era legendario, una danza calculadora y precisa aprendida en los fríos campamentos de entrenamiento en Rusia. Por eso, cuando intentó hacer un giro de rutina tras recibir un pase en la línea azul y su pie derecho simplemente... falló, el vestidor entero se quedó en silencio.
Ilya no solo tropezó; se deslizó de forma ridícula sobre el hielo, choco contra el poste de la portería y cayó de espaldas con los brazos abiertos, mirando al techo con la respiración entrecortada.
—¡Madre mía, Ilya! —el entrenador sopló el silbato, acercándose a toda prisa—. ¿Te rompiste algo?
—No —dijo Ilya, sintiendo que la cara le ardía de rabia y vergüenza—. El hielo está mal pulido.
—El hielo está perfecto, Rozanov. Te tropezaste con tu propia sombra.
La humillación continuó durante toda la sesión. Erró tres pases directos, falló un tiro a puerta vacía mandando el disco directamente a la tercera fila de asientos vacíos y, para colmo, cuando se agachó a recoger su botella de agua en la banca, la correa de su casco se enganchó de forma inexplicable con la valla metálica, obligándolo a forcejear durante dos minutos enteros mientras sus compañeros aguantaban la risa.
Era como si el universo hubiera decidido reescribir las leyes de la física únicamente para hacerlo quedar como un torpe desastroso.
Al regresar al hotel en Boston esa noche, Ilya estaba exhausto. Su estado de ánimo parecía dictar la meteorología de la ciudad: una lluvia torrencial y dramática caía sobre los cristales de su habitación, acompañada por relámpagos que iluminaban la estancia a intervalos casi rítmicos.
Ilya se lanzó sobre la cama, sacó su teléfono y abrió Instagram para distraerse de la migraña punzante que empezaba a formarse tras sus ojos. Deslizó el dedo por la pantalla sin prestar mucha atención a las fotos de autos deportivos, memes de hockey y promociones de marcas.
Estaba a punto de cerrar la aplicación cuando una publicación en un perfil de fans de la NHL captó su atención. El post era una captura de pantalla de un texto, acompañada por un encabezado en letras negritas:
@HockeyConfessions_X: De verdad necesito saber si alguien más está siguiendo la historia de @Javiihudcon en Wattpad. Literalmente publicó un capítulo esta mañana donde Ilya siente celos enfermos de Shane por una entrevista y luego Ilya se cae de la forma más torpe del mundo durante el entrenamiento. Es realmente muy bueno 😍❤️"
Ilya se incorporó lentamente en la cama. El corazón le dio un vuelco contra las costillas.
Hizo clic en la imagen. La captura mostraba un fragmento de una historia de una plataforma con un logo naranja brillante:
"...Ilya apretó los puños, sintiendo cómo los celos le quemaban la garganta mientras observaba a Shane sonreír a la reportera. Afuera, el cielo antes despejado se tiñó de un negro penumbroso y la lluvia comenzó a golpear los cristales con furia tragicómica. Minutos después, en el hielo, las piernas de Ilya no respondieron a su mente brillante y cayó torpemente frente a todo su equipo..."
A Ilya se le secó la boca.
—¿Qué demonios es esto? —murmuró en la solitaria habitación.
Abrió el navegador de su teléfono, descargó la aplicación de Wattpad sin pensarlo dos veces y buscó el usuario que mencionaba la publicación: @Javiihudcon.
El perfil apareció de inmediato. Tenía varias historias publicadas, pero la principal, la que tenía miles de lecturas y comentarios frescos de hacía apenas unas horas, llevaba por título: Inquebrantable Obsesión.
Editado: 01.11.2026