Las Cuatro de la Madrugada

Capítulo III

El aire en la habitación de Scott se sentía extrañamente denso, cargado de una humedad fría que no pertenecía al otoño de Rock Mountain. Durante tres noches consecutivas, el sueño se había convertido en un territorio minado, un pasillo sin salida del que despertaba sudando frío y con las sábanas enredadas en las piernas como cadenas.

No eran pesadillas comunes, caóticas y desarticuladas. Se trataba de la misma visión, una secuencia metódica y sofocante que repetía la misma geografía de tiza y hueso.

En el sueño, Scott se encontraba de pie sobre la acera blanca. El cielo plomizo sobre su cabeza no tenía sol ni nubes, solo una iluminación plana y muerta que no proyectaba sombras. A lo lejos, el chasquido metálico de un obturador retumbaba como un treno seco, seguido por el rugido rítmico del motor de un coche que nunca aparecía. Con cada golpe de luz blanca, el suelo vibraba. El impacto de cientos de kilos de carne negra cayendo pesadamente sobre el concreto.

A través de la penumbra de sus párpados cerrados, Scott podía sentir el hedor: una mezcla nauseabunda de ozono quemado, sangre estancada y mucosidad rancia. Y luego venía el sonido de la respiración. Un fuelle asmático, espeso y húmedo, inhalando y exhalando cada vez más cerca de su cara. Cuando los dos orbes de fuego rojo se abrían a milímetros de sus ojos, Scott despertaba de golpe, ahogando un grito y agarrándose al borde del colchón con los nudillos blancos.

La mañana del cuarto día, Scott no esperó a que su madre preparara el desayuno. Salió de la casa con la chaqueta mal abotonada y los ojos hundidos por el cansancio. Al cruzar el cerco hacia la cabaña del árbol, se encontró con Kip sentado en el primer escalón de la escalera de madera.

El niño no estaba jugando. Tenía las rodillas pegadas al pecho y la cabeza apoyada en los brazos. Cuando levantó la vista, Scott vio en su rostro el mismo mapa de sombras oscuras bajo los ojos, la misma palidez enfermiza.

—¿Tú también la escuchas? —preguntó Kip con la voz rota y temblorosa, sin necesidad de dar explicaciones.

Scott se detuvo frente a él y asintió despacio.

—El sonido del flash —murmuró Kip, abrazándose las piernas con más fuerza—. Y las patas... arrastrándose sobre la acera. Anoche soñé que estaba en el pasillo de mi casa, pero la pared era blanca como el piso de las fotos. La cosa estaba al fondo, Scott. Las venas rojas le latían en la espalda como corazones expuestos. Y cada vez que sonaba la cámara de Chuck, daba un salto hacia mí.

—No son solo sueños, Kip —dijo Scott, sentándose a su lado en el escalón helado—. Es la cámara. Chuck está disparando.

La certeza cayó sobre ambos como una losa de granito. La conexión entre los chicos y la criatura no se había cortado cuando salieron de Nuts and Bolts. Cada vez que el disparador rojo de la Polaroid Sun 660 enviaba su pulso ultrasónico y el flash detonaba en la penumbra de la tienda de antigüedades, el hilo invisible que los unía al monstruo de piel negra se tensaba un poco más. La criatura avanzaba en la fotografía, pero en la realidad, su presencia se filtraba en las mentes de los dos únicos testigos que sabían de su existencia.

—Nos engañó —dijo Scott, apretando los dientes con una rabia contenida que no solía experimentar—. Rompió esa carcasa vieja para sacarnos de la tienda. Sabía perfectamente lo que tenía en las manos. Se quedó con mi regalo de cumpleaños para seguir tomando fotos.

—Está loco —añadió Kip, mirando hacia el camino que conducía al centro del pueblo—. ¿Por qué alguien querría seguir tomando fotos de esa cosa? Da miedo, Scott. Es mala. Se nota en la forma en que te mira.

—Porque a los adultos como Chuck solo les importa lo raro, sin pensar en las consecuencias —respondió Scott, poniéndose de pie con una determinación fría que sorprendió al propio Kip—. Pensó que éramos solo dos niños a los que podía engañar con un par de billetes. Pero si dejamos que siga disparando esa cámara, la criatura va a llegar al borde del cuadro. No sé qué va a pasar cuando se quede sin acera en la foto, Kip, pero no quiero estar aquí para averiguarlo.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunto el pequeño, levantándose también.

—Vamos a recuperar la cámara esta noche.

La propuesta flotó en el aire helado de la mañana. Kip miró a Scott a los ojos, buscando algún rastro de duda, pero solo encontró la compostura metódica que siempre caracterizaba a su amigo, ahora endurecida por el pánico y el insomnio.

—Mis padres se duermen a las diez —explicó Scott, repasando el plan con la estructura que necesitaba para mantener el miedo a raya—. La tienda de antigüedades cierra a las seis. A medianoche, el centro está completamente desierto. Hay una ventana en el callejón trasero de Nuts and Bolts que tiene el pestillo flojo; lo vi cuando rodeamos el edificio el otro día. Entramos, buscamos la Polaroid en el taller de Chuck, la tomamos y nos vamos.

—¿Y si Chuck está ahí? —preguntó Kip, tragando saliva.

—Lleva tres días sin salir de la tienda. No he visto la camioneta de su negocio moverse de la parte trasera —observó Scott—. Debe estar encerrado en la trastienda. Entraremos en silencio. Si conseguimos la cámara, nos la llevamos y pensaremos cómo destruirla o sellarla para siempre.

Kip permaneció en silencio unos segundos. Sabía que la idea de meterse a la fuerza en la tienda de un adulto era peligrosa, pero la alternativa —volver a dormir esa noche y ver a la bestia de venas rojas dar un paso más hacia su cama— era infinitamente peor.

—Iré contigo —dijo Kip con firmeza.

El niño dio media vuelta y corrió hacia su casa. Regresó dos minutos después con su pequeña mochila de lona. De su cuello colgaba una correa de cuero gastado de la que pendía su propia cámara: una compacta tradicional de 35 milímetros, de carcasa metálica y carrete analógico manual, un regalo de su abuelo.

Scott miró el aparato con extrañeza.

—¿Para qué traes eso? No vamos a tomar fotos, Kip.




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