A la una de la mañana todo puede parecer oscuro, todo puede parecer siniestro, todo puede parecer que estás en un simple sueño que no es la realidad, que no es lo que estás viviendo, que no es lo que estás sintiendo, percibiendo. En un país donde la bandera y los colores sangran de tanta gente y tantos niños donde ahora ya no nos oyes gritar, ya no nos buscas en el parque, ya no estás ahí viéndonos jugar y viéndonos, cuidándonos, simplemente paz alrededor. Buscando los dientes, escarbando con tus manos en la tierra y sacando los dientes, buscando los pedazos de tanta gente. En este país dominado por la mafia las hermanas Fierro son el primordial puente de poder del país. Son dominadas, mandonas y dispuestas a mandar a través del presidente del país. Un presidente tan tonto, tan inútil, tan estúpido, tan necio que sin pensarlo sencillamente es obvio quién está detrás de él.
La realidad se asoma y Jessica abre los ojos de golpe a la 1:20 de la mañana, con el pecho agitado. Está viendo que están buscando a ese, a esa persona que ella conoce que es de este mes, el pasado, están buscando a Liz y ella sabe dónde está y sabe que lo van a empezar a, la van a buscar en el anexo para que vaya y le diga dónde está y en qué condiciones está. Son bastante horribles estas condiciones.
El teléfono vibra interrumpiendo el silencio. Entra un mensaje y una llamada, se sienta mareada, con las manos en la cabeza, como que su cuerpo está ahí pero su alma anda vagando entre las nubes allá flotando en el aire y la sociedad nos impide ver la realidad, nos tapa con una venda los ojos y nos impide que veamos. Es como si nos cubrieran con un velo totalmente para que no veamos y para que simplemente seamos como zombies andantes.
El teléfono parpadea con el mensaje:
—Jessica, soy Karen, necesitamos que vengas, que vengas a buscar a Liz. Está perdida y sabemos de tus dones y tú eres la única que nos va a saber decir dónde está.
Jessica aprieta los labios y contesta con la voz dura:
—Yo no voy a hacerles nada, yo ya no tengo nada que ver con él, es mi pasado y mi pasado atrás se queda.
—Ya sabemos y te necesitamos.
En ese momento Jessica no piensa y se traga el orgullo: "Lo tengo que hacer por mi pasado. Pero no porque tenga algo en su corazón en esa persona que me hizo tanto daño".
Las llevan en una camioneta negra, los miedos tapados con periódicos crujiendo frente a sus ojos, sumamente asustada, temblorosa, abrazando sus propios brazos, no sabiendo si va a volver o no va a volver a su hogar. Entran a una casa donde hay mucha madera podrida, una casa abandonada, una obra negra. Y una empiezan a atravesar un puente de madera bastante podrida la madera. Ahí estaba el puente arriba tapado con muchas láminas, con mucha basura y entran en un cuarto verde. Un color verde militar bastante ya desgastado con el tiempo. Y Jessica de inmediato recuerda que ahí es donde está porque tuvo una vivencia a través de sus sueños. Ella sabe dónde está. Está ahí en el piso.
—Abran ahí —dice Carlos, señalando con la punta de la bota.
—Ahí no está, Jessica —responde alguien cruzándose de brazos.
—Ya está, abran ahí —insiste Carlos con la mandíbula tensa.
Se desliza la puerta oculta en el piso. Y efectivamente empiezan a sacar pues cuerpos, aventarlos en el piso como si fueran un pedazo de madera, como si fuera basura que estuvieras aventando, como si estuvieras aventando la ropa para un lado. Sale uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis hasta llegar a 15 cuerpos de muchos hombres y mujeres, niños y hasta mi mamá está ahí.
¿En qué condiciones está? Jessica se lleva las manos a la boca y grita con el eco rompiéndose:
—¡Solamente se está vivo! ¡Está vivo!
Carlos se hinca de golpe, pálido y voltea diciendo:
—No puede ser.
Pero no tiene ni brazos ni piernas. Estaba rapado de la cabeza y tenía un golpe de un lado de la cabeza. Jessica se suelta a llorar con lágrimas que le queman la cara y dice:
—No puede ser posible, ¿por qué le hicieron esto? ¿Por qué le hicieron esto a él? ¿Qué hizo que le hayan hecho esto?
Sabía perfectamente de sus andanzas, que andaba mal y que andaba en malas compañías y nunca quiso entender. "Cada quien cosechamos lo que sembramos. El que a hierro mata a hierro ha de morir", decía mi abuelita. Efectivamente, así era.
Días después mi abuelita viene a visitarnos para ver cómo seguía, cómo estaba. No había venido bien cómo había quedado, estaba sumamente asustada, con los ojos abiertos de pánico. Se retiró inmediatamente que lo sacaron, no quiso ver más, dio la media vuelta con paso rápido. Obviamente no pudo dormir en 25 días, dando vueltas en su cama. Ese día que fue a visitarlo, le llevaba comida como acostumbraba en el pasado, de muy mala gana suspira y no suspiró muy grande, saca la biblia con los dedos temblando y dice: "De nuevo otra vez estoy aquí. No quiero estar aquí".
Y caminando en esa casa tan horrible, no me lo había encontrado. Uno de sus compañeros de ahí se le acerca y le dice:
—Ahora sí está feliz de que estés aquí. Ahora sí ya te vas a ver valorar.
Y no se queda viendo, con los ojos abiertos sin parpadear, no podía creer lo que estaba viendo. No tenía manos y no tenía piernas. Sus manos estaban, no tenía palma de la mano, sino que el hueso asomaba, con su brazo desgastado, como si le estuvieran limando el hueso. Como si le hubieran limado el hueso de las manos y de las piernas. Y un compañero de ellos, José, se agarra la cabeza, vuelve a gritar y dice:
—¡No tiene lengua, también se la cortaron! No puede hablar, no lo vas a oír hablar.
Lo que puede ser un pensamiento cruel y vil se sale de la boca de Jessica, apretando los puños, y le dice:
—Ahora sí me vas a ver valorar porque no puede hablar.
Intentando hacer que se suelte a él después en esas condiciones tan trágicas tan horribles, puede probar las jornadas inhumanamente crueles que viven las oscuras de México en la actualidad, que no solamente a él, sino a muchas personas más. Voltea, se le acerca, con lo poco que le queda de brazo intenta decir que le ayude. Le ayudo. Dice que bueno que está ahí, que gracias a ella estaba vivo. Se le vuelan las lágrimas a Luis porque no puede hablar y decírselo, apretando los párpados, pero los ojos son el espejo del alma y los ojos dicen más que mil palabras con ese brillo de súplica. ¿Cómo podrá?
—¡Ven, ayúdame, ven! —alcanzan a moverse sus labios mudos.
La policía durmiendo a las noches, con las patrullas apagadas, ¿cómo el presidente puede dormir cada noche con los ojos cerrados?
Y de repente José susurra a otro compañero, pegando la boca a su oído y le dice:
—¿Quiénes están detrás de esto?
Y nomás alcanza a oír Jessica cuando la respuesta cae seca:
—Fierro.
Jessica voltea de golpe a ver a José y a Carlos con los ojos fijos y dice:
—¿Qué?