El agua fría corría por el lavabo. Emilia fregaba con cierto fastidio el último plato de la cena, mientras sus pensamientos vagaban en posibles escenarios donde mantenía una vida tranquila, lejos de la soledad.
Terminó todo y se dirigió al segundo piso, donde se encontraba su habitación.
Entró y cerró la puerta de un portazo, luego subió a la parte de arriba de su litera.
—Chicas, ¡esta vez se pasaron! —gruñó, mirando a sus amigas relajadas en sus respectivas camas.
—¿Y ahora qué hicimos? —dijo Anabel, a quien todos llamaban Ana, incorporándose un poco en la litera de abajo.
—¿Les pareció poco que me castigaran por su culpa?
En la cena, Diana, la mayor que lideraba el grupo, había hecho tropezar a una compañera llamada Sol. La bandeja de comida que llevaba Sol paró directo en la falda de la hermana Estela.
Por supuesto, Emilia no contuvo la risa desde su mesa y la hermana la culpó sin la menor duda.
—¡Me castigaron lavando todos los platos de la cena! —dijo Emilia con una pizca de enojo.
—Admite que fue divertido —exclamó Karla desde la litera de la izquierda, jugando deliberadamente con su cabello negro y sedoso.
—Cambiando de tema, esto parece más una cárcel que un orfanato —dijo Diana con la voz en un hilo, mirando hacia el techo.
—No es tan malo. Salimos a las calles del pueblo una vez al mes —dijo Karla, recostándose en su cama.
—Lo malo es que tenemos que soportar a Clara y su arrogancia de quinta —dijo Emilia con un fastidio acumulado.
—A dormir. Mañana será otro día —dijo Diana, cobijándose hasta el cuello con la sábana.
El orfanato era de dos pisos, con ventanas de cristal y un tejado gastado por el tiempo. El comedor y la cocina se encontraban en la planta baja y los baños en el piso de arriba. A la derecha había cinco dormitorios de niñas y a la izquierda cinco de niños. Frente al edificio, un pequeño jardín adornaba la entrada, y por la parte de atrás se encontraban cinco aulas.
En cada cuarto dormían cuatro niños o niñas. En total, había veinte niñas y veinte niños. Ocho de ellos tenían entre doce y dieciséis años. En cada habitación había un armario compartido.
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Eran las cinco de la mañana. Emilia y las chicas despertaron como de costumbre para ir a bañarse. Una hora después se sentaron en su mesa habitual en el comedor. Mientras comían, Clara pasó junto a ellas con una sonrisa maliciosa y una bandeja en las manos.
—Pero miren quién está aquí. Las nacas, y en especial el bicho raro de Emilia.
Emilia sintió que la ira la consumía. Clara trataba de hacerla perder el control. Siempre era lo mismo con ella.
—Cállate, ridícula —dijo Diana sin inmutarse ante su torpe comentario. Para ella ya era una rutina.
Clara rodó los ojos con fastidio, las dejó solas y se fue a su mesa junto a Sol, su amiga y confidente.
Después del desayuno, con charlas y sonrisas, todos los estudiantes de secundaria fueron a clases. Ya que era sábado, la hermana Isabel, maestra de matemáticas, esperaba en el aula a sus estudiantes con una sonrisa amable que transmitía una paz tranquilizadora.
Tras unos minutos de haber empezado la clase, que ya marchaba bastante aburrida, Isabel habló señalando el pizarrón:
—Bien, ¿quién me puede resolver este ejercicio?
Emilia levantó la mano con una leve sonrisa cruzando sus labios. Estaba dispuesta a pasar al frente, pues estaba segura de resolverlo bien.
Clara aprovechó ese descuido para atacarla con una envidia evidente:
—¿Es una broma? ¿Tú? Seguro lo haces mal… ¡Qué fastidio eres, naca! No te cansas de hacer el ridículo, tonta.
—¿Por qué no puedo resolverlo? ¿Qué problema tienes conmigo? —contestó Emilia, frustrada y con unas ganas terribles de despedazar a Clara.
—Hasta que se defiende la abandonada… No me extraña que tu madre te dejara bajo un puente —dijo Clara con frialdad y una sonrisa mediocre.
—¡Ya basta! —gritó Emilia, y en un arrebato de furia, abofeteó a Clara.
Emilia no supo qué pasó. Había perdido el autocontrol. No supo cómo se había levantado y abofeteado a Clara, que se encontraba detrás suyo.
—¡Emilia Vásquez y Clara Figueroa, suficiente! O las envío a ver a la hermana Estela —exclamó Isabel con autoridad, ya molesta con la situación.
—No se preocupe, ya voy yo a ver a esa monja inútil —dijo Clara, mientras salía del aula con indignación y la cara roja de rabia al ver que Emilia había quedado protegida. Para ella, su único recurso de distracción era Emilia.
—¡Clara! Más respeto a la madre superiora —advirtió Isabel, aun sabiendo que Clara ya no podía oírla por la distancia.
Clara salió dejando un silencio tenso en el aula. Isabel continuó la clase sin ella, pero estaba consciente de que Clara necesitaba una charla más profunda.
Ya finalizada la clase, la tarde caía lentamente sobre el pueblo de Giverny. Emilia regaba las flores del jardín, su actividad favorita. Pero, de pronto, las palabras de Clara regresaron a su mente. Su rostro se oscureció. Se sentó en una banca, abrumada por sus pensamientos.
—Tiene razón… soy una naca, una fracasada… una adolescente que no es nadie ni nada. Por algo mi madre no me quiso —se dijo a sí misma, en voz baja. Siempre había anhelado ser amada y no tener que vivir en soledad. Claramente el destino estaba en su contra. Siempre tenía que soportar a Clara y recuperar dolorosamente la versión y la historia de por qué se encontraba en el orfanato y no con su madre.
Isabel la observó desde la puerta del comedor. Al notar su tristeza, se acercó, se sentó a su lado y le tocó el hombro con dulzura. Ella era una de esas personas que te apoya sin importar nada.
—Soy tu amiga y entiendo cómo te sientes. Pero eres Emilia. No dejes que las palabras de otros te definan. Sé que lo de tu madre es duro, pero estoy segura de que ella no quería dejarte —dijo con ternura, sintiendo la responsabilidad de sus palabras y lo que provocarían en Emilia.