El padre Maycol ya había regresado de dar misa en la iglesia del pueblo, y ahora estaba oficiando una en el orfanato. En su rutina de todos los sábados, su misa era en el comedor.
El cielo se tornó de colores anaranjados, con un brillo especial. Emilia sostenía la manguera mientras regaba las flores. Entonces llegó Clara, con sus dobles intenciones escondidas.
La empujó al fango, y Emilia no tuvo tiempo de reaccionar. Ante el ataque, cayó directo a un charco, ensuciando su ropa y su cara.
—¿Otra vez hablando con las flores? ¿Por qué estás en un orfanato en vez del manicomio? —dijo Clara con burla. Disfrutaba al máximo molestar a Emilia.
—Ya basta, Clara. No quiero discutir contigo ahora —respondió Emilia, levantándose del barro y mirando su ropa con cierta preocupación. Tendría que lavarla y asearla luego.
Mientras tanto, sus compañeras estaban en la habitación.
—Esa misa fue agotadora —dijo Karla, dejándose caer sobre la cama, completamente agotada.
—¿Y Emilia? —preguntó Diana, mirando la litera vacía. Emilia solía salir antes de la misa y llegar primero a la habitación.
—En el jardín —contestó Ana. Ella había sido informada por Emilia.
Diana corrió la cortina y se asomó. Desde ahí observó que Clara estaba discutiendo con Emilia, con la voz llena de furia y la cara roja de rabia.
—¡Deprisa, chicas, es Clara otra vez! —exclamó mientras salía corriendo escaleras abajo, ante todo pronóstico de tropezar y quebrarse un brazo.
Todas bajaron las escaleras rápidamente.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Diana al llegar al jardín y ver a Emilia hecha un desastre.
—La metida otra vez —respondió Clara, cruzándose de brazos y mirando a Diana con asco.
—Emilia, no te dejes —dijo Karla, posándose a su lado.
—Déjala que se desahogue —contestó Emilia con calma. Si Clara quería jugar, ella jugaría mejor y terminaría derrotándola en su propio juego.
—Ay, Emilia… lo único que te falta es ser prostituta —sonrió Clara con crueldad. Sabía perfectamente que el punto débil de Emilia era ser una abandonada.
Emilia no se controló y le dio una fuerte bofetada en la mejilla izquierda.
Isabel, que las vio desde la puerta del comedor, gritó:
—¡Basta ya! Su voz cortó el aire y paralizó a todas, obligándolas a voltear.
Corrió hacia ellas, y Clara junto a las demás se marcharon angustiadas por la situación. Solo Emilia se quedó.
—Emilia, tan rápido rompes tu promesa… —reprochó Isabel con una mirada desaprobadora.
—Lo siento, me dejé llevar —respondió Emilia con remordimiento. Sabía que había actuado mal, pero también sabía que Clara se lo merecía.
—Tienes dieciséis años. Controla tus emociones, sé que puedes lograrlo. Solo ignórala —le aconsejó Isabel con una sonrisa.
Ambas compartieron un abrazo cariñoso mientras el sol se ocultaba y la luna se preparaba para iluminar la noche.
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Los días pasaban rápido, como un instante de viento en aquellas tierras solitarias.
Emilia despertó temprano, antes que las demás, con un peso en los ojos y el cansancio en los músculos. Cuando se sentó en la cama y sus pies tocaron el piso, algo le atrapó los dedos. Se encontraba frío y doloroso a la vez, un ligero dolor le recorrió el pie.
—¡Ay, ay! —gritó Emilia, mirando su pie con cara de angustia.
Las chicas se despertaron de inmediato y corrieron a ayudarla. Una trampa para ratones le había atrapado los dedos del pie. Por suerte, era una trampa pequeña y no la lastimó gravemente. Solo le apretó los dedos y le sacó un poco de sangre, pero seguía adherida a sus dedos y se negaba a salir. Para liberarla tendría que usar la fuerza.
—¡Rayos, es una trampa de ratón! —dijo Ana, alarmada al mirar el pie ensangrentado de Emilia.
—¿Y cómo la ayudaremos? —preguntó Karla, nerviosa.
—Llevémosla con Isabel, ella sabrá qué hacer —sugirió Diana.
—¿No pueden quitármela ustedes? Es que duele mucho… —dijo Emilia, con lágrimas en los ojos, levantando apenas su pie.
—Si lo hacemos, te lastimaremos más —respondió Diana, preocupada.
Las tres tomaron a Emilia de los brazos y, cojeando, la ayudaron a bajar por la escalera. Buscarían a Isabel, ella era muy cuidadosa y las ayudaría sin problema alguno.
Clara, al escuchar el grito de Emilia, salió curiosa a mirar, aunque para ella estaba más que claro lo que había sucedido.
—Bueno, ya era hora de darme un lugar aquí… —susurró con malicia al verlas pasar. Su envidia y odio parecieron relajarse en su interior y llenarse de gozo.
Las chicas llevaron a Emilia a una de las habitaciones del fondo, donde dormían las monjas. Isabel salió de inmediato al oír los gritos. El corazón se le aceleró, el miedo y la angustia la invadieron. Tenía que ser algo grave para que estuvieran gritando.
—¿Qué ocurrió? ¿Qué hacían con esa trampa? —preguntó alarmada al ver el pie de Emilia, que sangraba y dejaba ver las marcas de la trampa.
—Alguien la colocó debajo de su cama —dijo Ana con seriedad, llevando a Emilia del brazo con dificultad.
Después de unos minutos, Isabel logró quitar la trampa. Limpió la herida con alcohol, le aplicó crema para quemaduras, algodón y la vendó con cuidado. Para ella era algo muy sencillo de hacer, su mano tenía un toque especial y cálido.
Emilia descansaba en una silla del comedor. Isabel llamó a las chicas aparte, en la cocina. Tenía que averiguar sí o sí lo que en verdad había ocurrido.
—¿Tienen idea de quién lo hizo? —preguntó con cara de fulminación hacia las tres jóvenes.
—Solo hay una persona… Clara —respondió Karla con firmeza. Todas no querían a Clara y era más que obvio que no había alguien más.
—No la acusen sin pruebas —advirtió Isabel con la voz cortante y un ligero enojo hacia ellas.
—Pero nadie más entra a nuestra habitación. Los niños pequeños no tienen nada contra nosotras, y solo alguien mayor pudo conseguir esa trampa —dijo Ana, molesta, cruzándose de brazos ante la terquedad de Isabel.