Emilia se encontraba en la cocina. Esta vez, ella prepararía la cena, pero antes sería probada por la hermana Estela e Isabel. Después de todo, en el orfanato no solo las cuidaban, las instruían para el futuro y les enseñaban todo lo necesario.
Emilia cocinaba la sopa en una olla grande mientras cantaba su canción favorita en su mente y añadía los ingredientes poco a poco. Para ella ese era un día tranquilo y cocinar, de alguna u otra manera, le transmitía una paz hermosa.
—¿Estás segura de que podrá? —preguntó la hermana Estela a Isabel. Ella no solía socializar más de lo debido con los niños del orfanato.
—Claro, sabe cocinar desde los trece —respondió Isabel con seguridad. Ella misma se había encargado de que Emilia aprendiera, porque algún día no estaría ahí, algún día se tendría que marchar y la vida golpea fuerte si te sales de tu cascarón para formar uno nuevo.
Clara, al saber que Emilia, aun con el pie vendado, estaba en paz, decidió hacer algo diferente. Se acercó a la cocina sin ser vista y se escondió detrás de la nevera. No pararía hasta ver a Emilia sufrir, su maldad y envidia era tanta que no podía dormir si Emilia estaba bien.
—Por fin, esta sopa ya estaba tardando —se dijo Emilia al bajar la olla del fuego, con un doble esfuerzo y una sonrisa de orgullo en la comisura de sus labios.
Sacó dos porciones en dos platos hondos, los puso en una bandeja, colocó cucharas limpias y el salero.
—Creo que falta algo… —dijo en voz baja, más para ella que para cualquier otro.
—¡Ah! Es el chile picante que le gusta a la hermana Estela —recordó tras revisar la bandeja.
La hermana Estela, una monja respetada, era fanática del chile. Le gustaba que todas las comidas lo tuvieran sin falta. En una ocasión que le tocaba hacer la cena a Isabel, esta puso una porción extra de picante, por lo cual a la hermana Estela se le encendieron las alarmas y terminó rogando por agua.
Mientras Emilia buscaba el chile, Clara aprovechó la distracción, salió de su escondite y roció sal en ambas sopas hasta que quedaron casi incomibles. Luego volvió a esconderse rápidamente, para evitar que Emilia la descubriera.
—Aquí está —dijo Emilia al colocar el chile en la bandeja. Era solo un pequeño frasco de vidrio.
Sin notar nada extraño, llevó la bandeja al comedor donde estaban las hermanas, esperándola en una mesa.
La hermana Estela fue la primera en probar la sopa y de inmediato frunció el ceño por la cantidad de sal ingerida.
—¿Qué es esto? ¿No que sabías cocinar desde los trece? —sentenció con la voz cortante y acusadora que solía usar para imponer orden.
Isabel también la probó y, claro, no fue nada agradable, por lo que se limitó a dejar la cuchara de inmediato.
Entonces Isabel se levantó y llamó a la madre superiora y a Emilia para hablar en la cocina, antes de que todos los demás niños bajaran al comedor, ya que ellas estaban ahí minutos antes del horario establecido.
Mientras tanto, Clara subía las escaleras de prisa murmurando:
—¡Mierda! Se me olvidó echarle sal a la sopa de la olla… Bueno, con suerte no se darán cuenta —pensó para sí.
Isabel sacó nueva sopa directamente de la olla grande y la sirvió a la madre superiora. Ella quedó en silencio al probarla y, al comprender el malentendido, se disculpó con Emilia antes de retirarse a dormir, aunque obvio tenía el orgullo herido.
Después de la cena, Emilia y las chicas subieron a su habitación, un tanto tranquilas y a la vez inquietas.
—Chicas, quiero mostrarles algo que encontré en la caja de donación —dijo Emilia. Antes de la cena había llegado una caja de donación. Como Isabel apreciaba mucho a Emilia, dejó que la viera antes que las demás. En general era ropa pequeña, pero Emilia logró encontrar al fondo de la caja un pequeño estuche que en realidad era una caja musical con una bailarina adentro.
Cuando abrió el cajón del armario, ahí había una rata muerta, en estado de descomposición y con un olor horrible.
—¡Ay no, Clara otra vez! —dijo Diana con asco, al acercarse para ver lo que Emilia había encontrado por la cara de horror que puso.
—Esta vez fue lo peor —agregó Karla, tapándose la nariz, observando el animal muerto.
—Y la sal en la sopa… —dijo Ana, recordando el otro incidente.
Emilia ya les había contado lo ocurrido en la cocina y les pidió guardar silencio. No quería armar una pelea con Clara por algo tan insignificante como eso, para ella era una total tontería.
Después de limpiar el desastre, todas prepararon un plan para desenmascarar a Clara. No podían dejar que siguiera molestándolas con bromas tan pesadas y provocándolas sin razón evidente alguna.
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El brillo del sol alumbraba a través de la ventana. Emilia despertó con un plan, incluso mejor que el que habían acordado.
Ella y las chicas se reunieron en círculo en el centro de la habitación. Debía repasar sus puestos y estrategias del plan. Todas cargaban con el peso de un año tormentoso desde la llegada de Clara.
Emilia, en su absoluta inocencia, solo quería ser común y tener una vida pacífica, aunque eso implicara ser huérfana.
—Bien, chicas, la voy a provocar de tal modo que se revelará —dijo Emilia, planteándose toda clase de insultos para que Clara se enojara y lograra que diera el brazo a torcer.
—Yo ocultaré a la hermana Estela y a Isabel detrás de la cortina —dijo Ana, con una sonrisa en el rostro. Ella ya presenciaba la victoria.
—¿Y si no se revela? —preguntó Diana, algo dudosa.
—¿Cómo que no? Clara es un alacrán —gruñó Karla.
—Bien, es ahora o nunca —dijo Emilia, levantándose.
Emilia esperaba impaciente en el comedor, caminando de un lado a otro con posibles escenarios donde Clara salía completamente ilesa.
—Madre superiora, venga conmigo. Le mostraremos quién es Clara en realidad —rogó Ana, jalando del brazo a la hermana Estela, quien se resistía a acompañarla sin un motivo.