Las palabras se las lleva el viento, y detrás solo queda el eco viejo de voces olvidadas...
Emilia dormía plácidamente, hasta que el reloj marcó las cinco de la mañana. Como cada sábado, se levantó con esfuerzo y despertó a sus compañeras.
—Ay no... ¿sábado otra vez? —murmuró Karla, tapándose la cabeza con la sábana.
—Chicas, solo falta un mes más de estudio —dijo Emilia con un tono de aliento.
Poco después, todas se alistaron, bajaron a desayunar y se dirigieron a clases. Como era costumbre, Diana, Clara y Emilia compartían aula en tercer año.
Antes de que iniciara la clase de química con la hermana Hilda, Emilia y Diana salieron al baño, dejando sus mochilas en el salón.
Clara aprovechó el momento. Entró en silencio, como un fantasma, y sin que nadie la viera, abrió el bolso de Emilia. Sacó su cuaderno de química y arrancó tres páginas: justo las que contenían el trabajo asignado por la hermana Hilda. Luego cerró el bolso con cuidado, volvió a su lugar y fingió normalidad.
Minutos después, la clase comenzó.
—Bien, clase, entregueme los trabajos antes de empezar —dijo la hermana Hilda, rígida como siempre.
Uno a uno, todos entregaron sus hojas. Emilia rebuscó en su cuaderno sin éxito. Su rostro cambió al ver un trozo desgarrado.
—Emilia, el trabajo —insistió la hermana Hilda.
—Lo hice... pero... no lo encuentro. Alguien arrancó las páginas —dijo, con voz temblorosa, mostrando el cuaderno.
—¿No lo encuentras o no lo hiciste? —preguntó la hermana, con severidad—. Tienes quince puntos menos. Yo no soy Isabel para excusas.
La humillación fue silenciosa, pero pesada. Nadie dijo nada, pero las miradas decían mucho.
Esa tarde, Emilia fue al jardín. Con las manos en la tierra, plantaba un árbol pequeño. Miró al cielo y susurró para sí misma:
—Ojalá dos años pasen pronto…
Después de todo, tenía 16; en 2 años estaría fuera del orfanato como una adulta y reharía su vida con mejores escenarios.
꒰ঌ🤍໒꒱
El día amaneció con un aire más liviano para Emilia. A pesar de todo, sonreía. Había aprendido a levantarse incluso entre las ruinas de la injusticia. Tras el desayuno, se dirigió al jardín, donde entre tantas flores vibrantes encontró una planta marchita. Un viejo girasol, casi sin vida, le llamó la atención. Lo tomó con ternura, convencida de que aún podía renacer, como ella misma. Lo llevaré a la ventana —pensó— ahí recibirá luz y cariño.
Pero al subir las escaleras, un extraño silencio la recibió. Los niños que solían hablarle se alejaban como si llevara una sombra encima. Al entrar a la habitación, las chicas estaban ahí, pero no respondieron a su saludo. Emilia no sospechó. Pensó que quizás no la habían oído.
Minutos después, Karla regresó con mascarillas, guantes, gafas... y una serie de objetos extraños: champú para perros, una peineta para piojos y un objeto absurdo, casi cómico. Emilia sonrió confundida.
—¿Qué van a hacer con eso? —preguntó.
—Siéntate —dijo Diana, señalando una silla en el centro del cuarto.
Sin saber cómo, Emilia fue atada. Asustada, preguntó:
—¿Qué hacen? ¿No son mis amigas?
—Lo somos —respondió Diana—, pero vamos a ayudarte. Tienes piojos.
Emilia se quedó sin aliento. Negó con firmeza, dolida y sorprendida.
—Eso es mentira. Clara… ¡seguro fue ella!
Las chicas insistieron. Emilia, entre sollozos, les pidió que revisaran. Diana y Karla lo hicieron... y no hallaron nada.
Un silencio pesado las envolvió. Entonces, una por una, las chicas se disculparon. La tensión se deshizo lentamente en un abrazo compartido. Esa noche, sin rencores, las cuatro durmieron juntas, más unidas que antes. Incluso Ana, quien también había dudado, se unió al perdón. Porque a pesar de todo, la amistad verdadera también sabe equivocarse... y luego enmendarse.
Emilia, en su interior, no se molestó con ellas. Al contrario, agradecía que se preocuparan. Eso demostraba que les importaba.
***