Las guerreras de whisperwood

Capitulo 5: La adopción

El verano ardía en las calles del pueblo de Giverny, pero en el orfanato la rutina seguía fluyendo como un río inmutable. Entre cucharas, pan y murmullos, una ausencia se notaba más de lo normal: Clara no estaba en el desayuno. Sol, su fiel aliada, le llevaba el desayuno a la habitación, mientras en el comedor Emilia soltaba su frustración ante las demás. Las dudas, los resentimientos y las verdades a medias flotaban entre las chicas, hasta que una chispa de emoción lo cambió todo: una pijamada. Entre risas, planes y comida, decidieron pasar la noche unidas, olvidando por un momento la tensión que se había acumulado entre ellas.

Pero en la sombra, Clara tejía su propio plan. Mientras las demás jugaban fútbol, ella se autolesionaba brutalmente. Sangre, moretones y odio como arma. Luego, en una trampa perfectamente ejecutada, Sol llevó a Emilia al comedor, y allí Clara apareció como espectro oscuro bajo una sudadera. Con palabras crueles, la destrozó emocionalmente. Cuando Emilia quiso defenderse, Clara se despojó del abrigo revelando sus heridas y fingió ser atacada, tirándose al suelo entre gritos falsos que resonaron por todo el comedor y llegaron hasta el patio.

Las monjas llegaron al instante. Las apariencias condenaron a Emilia sin juicio. “Estás castigada”, dictó la hermana Estela, con una lista de tareas que más bien parecía una sentencia. Emilia no lloró. No suplicó. Algo se quebró y renació en su interior: _el hartazgo_.

En su habitación, juró en silencio que nunca más sería la misma. Clara había traspasado la última línea. Pero esa noche, con el corazón endurecido, Emilia cumplió su promesa a las demás: organizó la mejor pijamada del orfanato. Entre almohadas y cuentos, hubo un suspiro de libertad antes de que todo cambiara para siempre al amanecer.

El destino ya había decidido por ella.

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Había algo en esa mañana que era distinto, como si el tiempo hubiera decidido detenerse por un instante inesperado.

Emilia despertó, pero esta vez no se apresuró a levantar a sus compañeras. Se quedó un momento sentada en la sábana revuelta y pensó:

—Estoy harta de Clara. No me dejaré humillar más. Y no permitiré que la hermana Estela me vuelva a pisotear. Desde hoy… cambio.

Diana despertó aún con los ojos entrecerrados. Siempre era Emilia quien la levantaba. En esta ocasión, Emilia estaba sentada en su litera sin la menor preocupación.

—¿Estás bien, Emilia? —preguntó con voz ronca. Esa actitud no le parecía normal en ella, siempre había sido exigente y a la vez amorosa con ellas.

—Sí, solo que no quise despertarlas —respondió Emilia con calma. Estaba perdida en sus pensamientos.

—Hoy ya es jueves… ¿Qué haremos primero? —preguntó Diana mientras se estiraba.

—Organicemos un picnic —dijo Emilia. Ella amaba la naturaleza, en especial los paisajes, y un picnic no les vendría mal. Sería una manera de despojarse de tantos malos ratos y disfrutar un buen atardecer.

—Es buena idea… —respondió Diana. Ella también lo estaba considerando.

—Conversaremos con las chicas también —dijo Emilia. Para ella, estar unidas y estar de acuerdo en todo era un requisito a cumplir.

Después de varios intentos, lograron despertar a Karla y a Ana.

—Les tengo una propuesta —dijo Emilia con firmeza—. Para hoy. Tenía una sonrisa en los labios que delataba su emoción.

—¿Qué tienes en mente? —preguntó Karla con curiosidad. Sabía bien que Emilia no tenía ideas malas, pero sí descabelladas en ocasiones.

—Hagamos un picnic en el prado, junto al arroyo del pueblo —propuso Emilia con una expresión absoluta de felicidad.

—Un picnic suena genial… pero no nos dejan salir —dijo Ana, algo desanimada. Las probabilidades de salir en un día no correspondido eran casi nulas, ellas ya habían salido cada una en su día correspondiente y no se permitía un segundo hasta el próximo mes.

—Le pediremos permiso a Isabel. Tenemos que intentarlo. Aunque sea por dos horas —dijo Emilia—. Solo que debemos pedirlo para todas juntas. Estaba convencida de que Isabel no les negaría una salida a las cuatro juntas, sin embargo, conocía a la hermana Estela por su carácter duro.

Y del padre Maycol ni hablar, él no solía estar ahí, siempre estaba en la iglesia. Después de todo, tenía su casa propia en el pueblo.

—Bien, vamos ahora —dijo Karla, animada. Ya estaba más que ilusionada para descartar tal oferta.

—Esperen. Nos bañamos y preparamos todo para el picnic primero —dijo Emilia, antes de que todas salieran por la puerta.

Emilia tenía su dilema: no perder el tiempo nunca, ya que nadie sabía cuándo iba a morir.

—Pero si dice que no, trabajamos en vano —comentó Ana.

—Si dice que no… entonces nos escapamos —dijo Emilia con una sonrisa decidida. Nunca se había escapado, pero ya no dejaría que nada la desanimara y estaba dispuesta a romper las reglas por salir y desahogarse en la naturaleza.

—Esa actitud no sueles usarla —dijo Ana al notar tal cambio repentino.

—Desde hoy en adelante cambiaré —dijo Emilia, levantándose.

Después de ducharse, bajaron a la cocina.

Tomaron una cesta, y mientras una usaba la sábana como mantel, Diana preparaba cuatro sándwiches.

Agregaron frutas, ensaladas, dulces, agua mineral, jugo de naranja, café, galletas, hamburguesas y pasteles, entre otras cosas de la alacena.

Llevaron juegos de mesa, platos, tazas sencillas, protector solar, una navaja, juegos de grupo o parejas como el ajedrez, entre otros.

Ya listas y preparadas, salieron al jardín trasero para ver a Isabel.

Clara también estaba allí y se dirigió hacia ellas.

Emilia la vio venir al frente de ellas, y al llegar a su lado, la empujó al barro y la escupió.

—Solo una cosa te diré, Clara: has desatado al mismísimo diablo. Ahora paga las consecuencias.

Todas las chicas la miraron con asombro, pero Emilia no les explicaría el motivo. Solo quería un poco de paz.




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