Aquella cabaña se sentía peor que el orfanato. Tenía goteras por todas partes, el frío se colaba por las rendijas y el olor a humedad era insoportable.
Emilia dormía en una cama de madera junto a una ventana. No sabía si llorar o reír. Después de todo, había sido adoptada por una desconocida que esperaba convertirse en su madre y, por otro lado, eso significaba tener una nueva oportunidad para vivir.
—Sinceramente, quiero volver al orfanato —pensó Emilia, mientras observaba la cabaña.
No lo decía por la cabaña, lo decía por Sandra. Sentía una fuerza invisible que le gritaba que no debería estar ahí. ¿Qué hacía ella con una mujer que no conocía, solas en una cabaña en un bosque? Odiaba enfrentarse a la realidad.
Sandra dormía, y Emilia se sentía más incómoda que nunca.
No podía estar ahí cómodamente, no por la cama ni el lugar, sino por la situación. Tal vez en otro momento le hubiera encantado ser adoptada, pero en este no le gustaba en lo absoluto.
—Jamás la querré como una madre —se repitió a sí misma.
¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Vivir en esa cabaña, salir y darle los buenos días para conocerse mejor y luego qué? Sin amigos y con una mujer que solo sería eso, una mujer desconocida.
Se duchó a pesar de ser las 6 de la noche, se puso un pantalón azul azucarado, una camiseta blanca y unos zapatos deportivos rojos con blanco. Luego salió al jardín trasero y se sentó en una banca, en silencio, pensando en sus amigas del orfanato mientras observaba las estrellas en aquella noche fría.
Sandra se asomó por la puerta y le dijo:
—Emilia, nos vamos en media hora.
Después de cenar, Emilia preguntó:
—¿A dónde vamos a esta hora? Son las seis…
—A mi trabajo —respondió Sandra.
Emilia se quedó algo inmóvil y tensa a la vez. ¿En qué trabajaba su supuesta madre? ¿Por qué su trabajo era de noche? Además, habían llegado a las 4, Sandra la había acomodado y se había dormido 2 horas sin nada más y ahora la llevaba a su trabajo. No quería pensarlo, pero suponía que la había adoptado para trabajar.
Caminaron por un sendero hasta un lugar que desde fuera parecía un club. Pero al entrar, Emilia se dio cuenta: era un prostíbulo.
¿Qué demonios hacía esa mujer ahí? ¿Por qué exactamente trabajaba en un burdel? ¿Acaso era una de esas mujeres a las que llamaban cariñosas? A Emilia se le erizaron los pelos de solo pensarlo.
—¿Aquí trabajas? —preguntó sorprendida.
—Sí —respondió Sandra, entregándole una escoba.
Emilia creyó que Sandra era parte del equipo de limpieza y de alguna manera eso la hizo sentir segura y confiada, pero al rato empezaron a llegar muchos hombres y varias chicas vestidas con ropa provocativa. Entonces Sandra la llevó a una habitación, le dio un conjunto de ropa muy corta y le dijo:
—Póntelo. Quiero que trates bien a los clientes. Sonríe, acaricia, convéncelos… Y que no haya quejas, o te irá mal.
Sandra salió. Emilia, furiosa, pensó:
—¿Esta mujer me adoptó solo para prostituirme? ¡Jamás venderé mi cuerpo!
No lo podía creer. Ya decía ella que la tipa se veía tan fría con su supuesta hija adoptiva. Quería gritar, salir y no detenerse. Quería volver al orfanato, quería vivir una vida entera junto a Clara con tal de no estar ahí. La sangre le hervía de rabia, quería llorar, no de tristeza sino de cólera y odio puro.
Tiró la ropa al suelo y fue directo a la salida, pero tres hombres armados la detuvieron. Sandra apareció, la tomó del cabello y la arrastró a la habitación. De detrás de un mueble sacó un látigo y la golpeó tres veces en la pierna.
—Ponte la ropa y consigue clientes. ¿O es tu primera vez?
—No lo es —respondió Emilia con valentía.
Obvio ella era virgen, pero viendo la situación no podía permitirse cometer errores, pero agradecía el hecho de que tuvieran armas y no un machete.
Sandra se fue. Emilia, con lágrimas en los ojos, pensó:
—Tendré que fingir… y escapar cuando menos lo esperen.
Pero en el fondo agradecía que ella estaba ahí y no una de sus amigas, incluso agradeció que no era Clara. Ella podía ser mala, pero nunca se merecería tal castigo. Clara podía cambiar y ella lo sabía.
Se puso la falda, la blusa corta, las sandalias, se maquilló y soltó su cabello. Se miró al espejo y, a pesar de todo, se veía bien, aunque no tenía comodidad con la ropa tan pequeña.
Al poco tiempo, un chico guapo, de unos dieciocho años, se le acercó y, creyendo que era una de las trabajadoras, le tocó sin permiso. Emilia reaccionó de inmediato: lo abofeteó.
—¿Qué te pasa, pervertido? —gritó furiosa.
El chico, sorprendido, la llevó a una habitación. Una nueva, pensó, pero con la diferencia de que estaba siendo obligada a permanecer ahí.
—A lo que venimos —dijo, empujándola a la cama.
Emilia, con una lámpara en la mano, le gritó:
—¡No te me acerques!
—¿No es este tu trabajo? —preguntó él, confundido.
—¡Estoy aquí en contra de mi voluntad! —respondió Emilia, aun con la lámpara en alto.
—Lo siento… no lo sabía —dijo el joven—. Me llamo Jordan Benavides.
—Y yo Emilia —dijo, bajando la lámpara, algo asustada aún.
Conversaron por un rato. Aunque Emilia sostenía la lámpara bajo la sábana, no permitiría que intentase sobrepasarse con ella en ningún momento. Jordan se marchó y pagó solo diez francos. Sandra, creyendo que Emilia lo había hecho mal, la castigó brutalmente al llegar a casa. La encerró y la golpeó sin piedad. Emilia quedó irreconocible, cubierta de moretones.
Ella no entendía qué había hecho mal.
—Tal vez el chico se quejó con Sandra —pensó para sí, tirada en el suelo, cubierta de sangre y moretones por todo el cuerpo.
꒰ঌ🤍໒꒱
Sandra había encerrado a Emilia en un cuarto oscuro y solo le había dado una caja para curar sus heridas.
Tan pronto como amaneció, al día siguiente anocheció y Sandra se fue al prostíbulo. Emilia aún estaba golpeada, así que Sandra no la llevó.