Las guerreras de whisperwood

Capitulo 7: Yo no necesito ayuda

A duras penas, la luz se colaba por las rendijas en aquel cuarto oscuro. Emilia seguía viéndose en el espejo, pensando en su mala suerte. Sandra sacó a Emilia y le ordenó que se duchara y se maquillara.

Emilia se maquillaba de mala gana, cuando al pisar la alfombra se escuchó un golpe dentro del armario.

Con cuidado, abrió la puerta. Ahí estaba una chica de piel blanca y ojos negros, de aproximadamente quince años. Estaba con los pies y las manos amarrados y un trapo en la boca.

Emilia, con cuidado, la sacó de ahí y la desató.

—Gracias, pero tenemos que irnos ahora. Mi nombre es Lisa —dijo la chica en pánico, mirando la puerta cerrada como si temiera que alguien entrara.

Sandra oyó su voz y llegó al cuarto.

—Lisa, será mejor que cooperes —dijo Sandra, cruzando los brazos.

Sandra se aseguraba de que las chicas se asustaran y obedecieran con amenazas, y las llevaba al prostíbulo.

Lisa tenía mucho miedo, así que, para disimularlo, fingió ser parte del equipo de limpieza.

Emilia estaba en el mostrador vendiendo cervezas. Nadie la había molestado porque sus heridas se notaban.

Por un segundo agradeció esa paz, pero no podía decir que estaba feliz por el tremendo maltrato de Sandra.

Jordan, detrás de ella con una sonrisa, saludó a Emilia.

—Vergüenza debería darte —dijo Emilia.

—¿Te fuiste a quejar con Sandra? Casi me deja sin vida. Dime cómo quieres que te recompense, ¿voy a acostarme contigo gratis?

Emilia tenía un enojo corriéndole por las venas. Casi había muerto a causa de una mujer psicópata y ahora llegaba el chico que había fingido ayudarla.

—¿De qué hablas? Yo no me quejé de ti —se excusó Jordan.

Emilia y Lisa no querían ir a trabajar.

—Dejen las cervezas y la limpieza, yo la haré —ordenó Sandra.

Emilia sintió miedo de moverse de la mesa. No quería vender su cuerpo y tampoco podía escapar del lugar.

Jordan las llamó a las dos a una habitación. Se presentó a Lisa:

—Me quedaré aquí con ustedes hasta que acabe la noche —dijo Jordan.

—Emilia le dijo—: No hace falta. No te necesito, ayuda a Lisa.

Jordan no le respondió. Solo fue a dormir en el sillón.

Sandra ya estaba sospechando de Jordan. Siempre se tardaba. Se acercó a la puerta para abrirla…

Emilia y Lisa escucharon sus pasos. Jordan estaba dormido, así que improvisaron.

—Es todo lo que tienen, zorras —dijo Lisa, imitando la voz de Jordan, con mucha vergüenza.

—Estamos cansadas, ya es la sexta vez —contestó Emilia en voz alta, con un pánico terrible y mucha vergüenza al tocar un tema así.

Sandra se convenció y se retiró de la puerta. La noche terminó y Sandra volvió a la cabaña con ellas.

✦𓆩🖤𓆪✦

Emilia estaba cansada. La luz era limitada en ese cuarto oscuro. Las pesadillas se asomaban solas.

Lisa estaba junto a ella, al lado del lugar por donde se salía. Cuando llegó la noche, Sandra las llevó al prostíbulo, amenazándolas con una pistola.

Todas las chicas que trabajaban ahí estaban ocupadas, así que Emilia y Lisa estaban en el mostrador, fingiendo estar haciendo ventas con la cabeza baja.

Después de una hora, Emilia le preguntó a Sandra:

—¿Y Jordan? ¿Dónde está?

—Él no vendrá hoy —respondió Sandra con frialdad—. Se resfrió. Y está mal. No vendrá… —repitió.

Emilia se alteró al escuchar eso.

¡Sin Jordan ahí, algún viejo la pediría! Y tendría que obedecer. Ese pensamiento la aterró por completo. No estaba lista para salir sola y que su peor pesadilla se volviera realidad.

—Emilia, deja eso a Lisa, ve y atiende al cliente de la esquina. Ojo, te observo —dijo Sandra.

Emilia respiró y se acercó al hombre mayor.

—Hola, cariño —dijo Emilia con tono falso, tratando de ocultar su pánico y nerviosismo.

El hombre la miró y le dijo:
—Prefiero a tu amiga, la de las cervezas.

Emilia conocía el miedo de Lisa y le dijo:
—Ella está ocupada, yo estoy disponible, guapo.

—Vamos, pues —dijo el hombre, tomándola de la mano y llevándola a la habitación.

—Espero que me compres. Cuarenta francos por noche —dijo Emilia.

Tenía un objetivo claro: subiría el precio a tal punto que el hombre terminaría eligiendo a alguien más.

—Cuarenta, pero lo más que pago son quince —dijo el viejo.

—Usted decide —respondió Emilia, jalando su mano para liberarse, cosa que el hombre no permitió.

—¿Eres virgen? —preguntó el hombre.

—No —respondió Emilia, aunque en realidad sí lo era.

—¡Mentira! ¡Ella sí es virgen! —interrumpió Sandra con un grito desde el mostrador.

Emilia maldijo para dentro el hecho y las consecuencias de ese dato.

—Pero me arriesgo —dijo el hombre, arrastrándola hacia la puerta.

—¡Mi vida no es una maldita prisión de nadie! —gritó Emilia con fuerza. Su mundo se había detenido y lo único que necesitaba era escapar.

El viejo la soltó y se fue directo a donde estaba Sandra.

Aquella noche, el hombre no volvió. La jornada terminó y Sandra se llevó a las chicas. En el camino, no dijo ni una sola palabra.

Pero esa misma noche, las separó de cuarto. Llegó donde estaba Emilia, la ató a una silla con mucho esfuerzo, ya que Emilia no se lo puso fácil, y luego la castigó brutalmente durante largo rato.

Emilia cayó al suelo, inconsciente y muy herida, aún atada a la silla y con el cabello pegado al rostro.

—Creo que aprendiste la lección. Nadie juega conmigo —dijo Sandra antes de marcharse.

---




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.