Las guerreras de whisperwood

Capitulo 8: La huida

La vista casi cortada en borroso.
La sala tenía cuatro paredes sucias y quemadas. Emilia estaba atada a una silla, en el suelo, en un charco de sangre.
Tenía todo el cuerpo con heridas grandes, las venas con moretones y casi fallecía.

Sandra, dentro, la levantó con una actitud soberbia. Trajo jabón y un paste la baño la vistio y le labo las heridas, pero no todas.
Labo el cuarto lleno de sangre y se fue a la cocina.

Un dolor inmenso recorría el cuerpo de Emilia. El jabón le había ardido en las heridas.
—Agua… —alcanzó a decir con la voz débil y quebrada.

Sandra le trajo agua, jugo de naranja y comida.
La hizo comer y luego le dijo:
—Esta noche me aseguraré que atiendas a mis tres matones.

Emilia se dio cuenta de inmediato, pero no podía hacer nada.
—Pero ya es suficiente —se dijo—. Si me convertiré en asesina, que así sea.

Sandra las llevó al prostíbulo, encerró a Lisa en un cuarto para que no interfiriera, y luego mandó a sus tres matones a abusar de Emilia.

Entre los tres la tiraron y la ataron a la cama, con los pies y manos separados.
Uno se desvistió, el otro le lamía el cuello.

Alexander gritó Sandra. Uno de los matones salió.

—Por favor… —decía Emilia llorando, desesperada y aún intentando zafarse.

—Tranquila, princesa —dijo uno.

Uno, el que estaba desnudo, se le tiro encima y le desgarró la ropa que traía.
El otro le quitó las sandalias y la falda.

Afortunadamente, Emilia liberó su mano derecha. Alcanzó una lámpara en la mesa de noche y la golpeó contra la cabeza del que tenía encima. Este se desplomó.

—¡Maldito inútil! —exclamó el otro.

Lo arrojó al suelo y volvió a atar a Emilia.
Se quitó la ropa, se le puso encima, le babeaba el cuello y la atrapaba con fuerza.

Emilia lloraba, gritaba desesperada y con mucho miedo.

Aquel hombre le quitó el brasier. Se le lanzó encima y, con sus rodillas, le apretaba los senos a Emilia.

—¡Suéltame! ¡Déjame! —gritaba entre lágrimas Emilia.

Aquel hombre, después de pasar su lengua babosa por los senos de Emilia, se reptó hacia abajo.

Poco a poco le quitaba el shor corto, mientras ella forcejeaba con todas sus fuerzas.

—Tranquila, bonita —dijo aquel hombre.

De pronto, este hombre se desplomó y cayó encima de Emilia.

Lisa, con las manos temblorosas, le había dado con un bate.

Lisa soltó a Emilia y la vistió .
—¿Cómo escapaste? —preguntó Emilia, abrazándola.
—Oí los gritos y me escapé por la ventana del baño —respondió Lisa.

Salieron por una pequeña ventana y corrieron montaña abajo, al pueblo de Giverny, donde había unas cuarenta casas.

El sujeto, Alexander, entró al cuarto, alzó la ventana abierta y, al ver que sus compañeros estaban tirados, cargó su arma y salió, montándola. Abajo, corría con todas sus fuerzas.

Lisa y Emilia corrían. Emilia iba adelante. Lisa se cayó y rodó por la ladera. Emilia la vio en el suelo sangrando, se detuvo por ella.

Alexander la alcanzó. Hizo puntería y le disparó cinco veces en la cabeza. Arrastró su cuerpo al prostíbulo, pero no vio a Emilia.

Debido a la música de Sandra, nadie escuchó los disparos…

Lisa gritó Emilia, aventándose de rodillas en un llanto profundo.

—Todo es mi culpa… no debí dejarte —gritaba Emilia, llorando, culpándose por la muerte de Lisa.

Pero vio una luna llena, y Emilia corrió al pueblo, aún en llanto.

No quería irse. No quería dejar a Lisa aunque estuviera muerta. No quería irse y abandonarla, pero debía estar a salvo. Los rostros de esos tipos aún flotaban en su mente.

La primera casa que vio era de dos pisos, y como tenía frío, tocó la puerta.

Una mujer alta y delgada, de piel blanca, le abrió. La dejó entrar al ver sus heridas.

Le dio ropa apropiada, apenada, y le dio chocolate caliente junto a la chimenea.

Emilia no quería comer nada. Desconfiaba de la mujer. Ella podía conocer a Sandra, pero si quería alojamiento tendría que contarle al menos una parte de su historia.

Emilia le contó todo, y la mujer le dijo que le daría trabajo por la comida, el techo y tres francos ,de habitación.
Le dio el ático y le dijo que su esposo estaba de viaje.

Emilia, en el ático, se asomó a la ventana. Con lágrimas en los ojos, miraba la luna.

—Este día no lo olvidaré nunca y lo que he sufrido—se dijo antes de dormir.

✦𓆩🖤𓆪✦

Esa noche, Emilia durmió como nunca. Esmeralda, la mujer que la acogía, tenía veintiocho años. Emilia le contó todo, o al menos lo que pudo, y no le dijo su nombre real. Margaret Montenegro.

Esmeralda estaba casada, solo que su esposo estaba fuera por asuntos de trabajo.

A pesar de que Emilia durmió en un colchón algo duro y lleno de polvo, fue su mejor noche en días.

—¡Margaret! —dijo Esmeralda tocando la puerta—. El desayuno ya está listo.

—¡Bajo en seguida! —respondió Margaret.

No quería bajar. Quería quedarse encerrada con sus tragedias, sufrir en secreto y llorar por Lisa como era debido, pero el hambre la consumía y Lisa hubiera querido que continuara.

Mientras desayunaban, Esmeralda le explicaba a Margaret sobre su trabajo de limpieza.

Margaret se puso el uniforme del trabajo. La falda era algo corta.

Ella trabajaba con mucha delicadeza y despistada completamente. Necesitaba desahogarse y lo único que la aliviaría sería encerrarse en el ático.

Mientras limpiaba el pasillo de la entrada, algo crujió al fondo. Lejos de la puerta, Esmeralda se encontraba en la sala.

Un hombre entró por la puerta. Tenía llaves. Vio a Margaret, puso su maleta en el suelo y, silenciosamente, se le acercó y la agarró por detrás de la cintura.

Margaret se asustó y se alejó del hombre.

—Disculpa, ¿quién eres? ¿Qué haces en mi casa? ¿Y mi esposa? Amor —gritó el hombre, alarmado.

Esmeralda apagó la TV y salió corriendo de la sala. En cuanto vio al hombre, se le enganchó en la cintura y cruzo los brazos por detrás del cuello, él la rodeó por la cintura y, con dulzura, le dio un apasionado beso.




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