Margaret, con toda la tristeza del mundo, aun así se levantó y bajó a la cocina para preparar el desayuno.
Esmeralda y Bruno se sentaron a la mesa. Mientras comían, Bruno dejó caer a propósito un panecillo y, con una cámara miniatura, tomó una foto de las piernas de Margaret sin su consentimiento.
—Margaret, hoy saldré hasta tarde con mis amigas, así que te dejo a cargo de la cocina y la limpieza —dijo Esmeralda.
—¡Por supuesto! Puedes estar tranquila —respondió Margaret.
Esmeralda se marchó enseguida. Margaret se encontraba recogiendo la mesa. Lavaba y secaba los platos de espaldas, con su uniforme, cuando Bruno la abrazó por detrás.
—¡Señor, disculpe! Por favor, no haga eso, la señora no está —respondió ella, incómoda, separándose rápidamente.
Quería propinarle una buena patada al asqueroso de Bruno, pero se permitió estar tranquila.
—No es para tanto, estás muy chula. La belleza que te cargas no es normal —dijo Bruno, acercándose e intentando tocarla.
—¡Mire, yo no soy una cualquiera! Por favor, respéteme —respondió Margaret, molesta.
Si se ponía a pensar, nunca había hallado a un hombre que no se le insinuara.
—Mira, si estás conmigo, te doy treinta francos —dijo Bruno, insinuante.
Margaret, o sea Emilia, guardó silencio ante lo que Bruno había dicho.
No porque lo estuviera considerando, sino porque estallaría en cualquier momento y no estaba segura de lo que podría pasar.
—¿Aceptas o qué? —preguntó Bruno.
—No, yo no estoy a la venta —respondió firme Margaret.
—Lo siento, me he confundido contigo —dijo Bruno marchándose.
Margaret pensó que se había librado de él y, con confianza, continuó sus oficios.
Después de un tiempo, Margaret entró al baño a ducharse.
Bruno se acercó y tomó fotografías a escondidas desde afuera.
—Ay, Margaret, quieras o no, serás mía —se dijo con malicia.
Esmeralda llegó y todo estaba normal. Se encantó con el trabajo de Margaret.
Margaret desconocía las fotos y, sin desconfiar, se fue a dormir.
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Los días malos parecían haber pasado para Margaret, excepto porque Bruno tenía otros planes.
Margaret limpiaba la sala, Esmeralda se duchaba, y Bruno aprovechó la ocasión. Se acercó a la sala y la acosó tocándola sin consentimiento.
Ella reaccionó al instante y lo abofeteó con fuerza. Bruno, con violencia, trató de besarla, pero Margaret, con la rodilla, le dio un golpe entre las piernas y corrió al baño donde estaba Esmeralda.
Bruno se retorcía de dolor al ver a Margaret cerca de su esposa. No intentó hacer nada más.
Margaret pidió el resto del día libre a Esmeralda para despejar su mente y Esmeralda aceptó.
Emilia salió al prado junto al río, se sentó y, con las lágrimas cayendo en silencio, recordó la muerte de Lisa.
—¿Por qué a mí? Todo ha sido mi culpa, no supe protegerla. Y ahora este hombre solo viene a acosarme… ¿Acaso no tendré paz en esta vida? —se dijo a sí misma.
Ya empezaba a hartarse más de lo que creía capaz de lograr. Desde su nacimiento había sufrido todo tipo de desgracias y ahora las cosas parecían empeorar.
En la casa, Bruno le dijo a su esposa:
—Cariño, voy a salir con unos amigos. No me tardaré.
—Está bien —respondió Esmeralda, dándole un beso.
Bruno salió, pero iba en busca de Margaret. Después de varios ratos de búsqueda, la vio a lo lejos, junto al río.
—Aquí está mi chula —dijo acercándose.
—¿Qué haces aquí? ¡Aléjate de mí! —gritó Margaret.
—Vamos, no llores, Margaret. No seas tan amargada —dijo Bruno con una sonrisa perversa.
—Está bien, ven, acércate —dijo Margaret, suavizando la voz.
Bruno, sin sospechar nada, se acercó.
Margaret esperó que estuviera cerca y… _¡PLAS!_
Lo tiró al río de un empujón.
—¡Me dejas en paz! —gritó Margaret al irse.
—Bueno, así que por las malas tendrá que ser —dijo Bruno, saliendo del lugar enfadado.
Emilia se encerró en el ático y no bajó a cenar.
—Ay, no sé cuánto más aguantaré —se dijo.
La suerte parecía jugarle una mala pasada. Y ella no estaba dispuesta a seguir en ese tablero con colores que le causaban fobia.