Emilia corría espantada, montaña abajo. Lisa iba detrás, pero tropezó. El matón la alcanzó.
—¡Espérame, Emilia! —dijo la voz de Lisa.
Emilia dio un brinco y se sentó en la cama. Estaba empapada en sudor, tenía miedo y su corazón latía acelerado. Había logrado despertar de la pesadilla.
—¡Ay! Todo fue mi culpa… si tan solo la hubiera esperado aquel día… —dijo Emilia, llorando.
Pasó una hora y Emilia se levantó para empezar a cocinar, aunque tenía los ojos hinchados por el llanto.
Esmeralda seguía dormida. El día anterior la dejó exhausta.
Emilia limpiaba la cocina. Bruno llegó y la jaló de atrás hacia él.
—¡Suelta, maldito asqueroso! —dijo Margaret, con la sartén en alto.
—Relájate, bombón, mira esto —dijo Bruno, dándole unas pequeñas fotos.
Margaret quedó en shock: eran fotos que le había tomado a escondidas sin su consentimiento, incluso mientras se duchaba.
—¡Qué cínico y poco hombre eres! —gritó Margaret.
—Margaret, sabes que quiero estar contigo, me tienes loco —dijo Bruno.
—¡Ya basta! Esto no es amor, es acoso sin consentimiento —dijo Margaret.
—Mi esposa está por despertar y hoy no estaré en casa, así que te doy hasta mañana para pensarlo, o si no…
—¿O si no, qué? —interrumpió Margaret.
—Pues no querrás que vaya a buscar a la mujer del prostíbulo y le diga que estás aquí. Y si no aceptas, pues prepárate, porque no te pediré opinión.
Dicho esto, se marchó.
Esmeralda tuvo todo el día libre. Sin hacer nada, Margaret terminó todo y se fue al ático antes de que Bruno regresara.
Se tumbó en la cama y, sin querer, botó la mochila. De la mochila que logró traer del prostíbulo, una cajita de madera salió rodando.
Emilia tomó la mochila y sostuvo la caja entre sus manos.
—Es la caja que me dio Isabel, la que encontró conmigo…
Emilia miró la caja más de cerca y se dio cuenta de que había unas letras escritas a mano que decían:
_“Emilia Vásquez”_
—Ya entiendo de dónde viene mi nombre —susurró. A la par támbien estaba escrito su fecha de nacimiento.
Con cuidado y algo de temor, abrió la caja…
Dentro había una foto: una pareja que cargaba a una bebé.
Detrás de la foto decía:
_“Ernesto Vásquez, su esposa Leonor y su hija Emilia Vásquez.”_
Emilia suspiró y, al mismo tiempo, tembló al leer esa nota: _su familia_.
Dejó la foto en la cama y sacó un papel que parecía una carta.
*_Ernesto Vásquez
Para Leonor y Emilia__
_"Mi querida y amada Leonor, me encuentro en un grave problema aquí en el reino de París. En este lugar hay unos enemigos que me quieren muerto por temas de negocios. Cuida de nuestra hija Emilia, dale un beso de mi parte y dile que papá la quiere mucho. Si no vuelvo en unos días, huye... porque ya estaré muerto."_
Emilia lloraba. Aquella carta le aclaró dudas, pero la conciencia se le volvía más pesada.
Sacó otra carta. Esta era de _Leonor para Emilia, la niña de mis ojos_.
_"Mi niña, mi princesa, espero que algún día puedas leer esta carta. Tu padre fue asesinado y sus enemigos me buscan. No puedo arriesgarme a que te atrapen… Lo siento mucho, pero tendré que dejarte. Si puedo volver, lo haré, pero si no, estoy segura de que donde te deje estarás bien. Quiero que sepas que te amo mucho y esto… me rompe el corazón hacer esto, mi niña, mi princesa."_
Emilia cayó al suelo en llanto.
—Todo este tiempo odié a mis padres por haberme abandonado así —se dijo…
Ambas cartas tenían fecha de 15 años atrás.
—Esta es la verdad de mi familia —se dijo mientras se secaba las lágrimas.
Halló una pequeña bolsa con treinta y ocho francos y una nota que decía:
_"Cuiden de ella. La quiero mucho. Por favor, cuídenla."*
Emilia guardó todo y apenas cerró los ojos, pues lloraba desconsolada.
Había logrado traer esa mochila del prostíbulo, pero daba prácticamente igual.
⋆༺💜༻⋆
El día parecía traer un buen clima, estaba soleado.
Margaret se levantó, estaba llena de felicidad. Sus padres siempre la amaron y eso la consolaba.
—Y bien, mi chula, ¿qué decidiste? —dijo Bruno bajando a la cocina.
—La respuesta te la voy a dar más tarde —dijo Margaret.
Emilia tenía todo claro: no dejaría que la pisotearan una vez más, nunca lo harían de nuevo. Debía huir de ahí cuanto antes.
Bruno pensó que había ganado y se sentó a la mesa con su esposa.
Después del desayuno, Esmeralda se sentó en el sillón de la sala.
—Y bien —preguntó Bruno acercándose a Margaret.
—Quiero ver las fotos una vez más —dijo Margaret.
Bruno le entregó todas las fotos. Margaret las partió y las tiró a la chimenea con rabia.
—¡Qué haces, demente! —dijo Bruno recogiendo los papeles hechos cenizas.
—¿No que muy machito? —refunfuñó Margaret.
Bruno se levantó, tomó a Margaret y, a la fuerza, la subió a la mesa.
Margaret lo pateó y con una porra le dio en la cabeza.
Esmeralda oyó el revuelo y corrió a ver qué pasaba.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó Esmeralda.
—Tu esposo me acosa desde el día que llegué —grito Margaret apuntándole.
No iba a esperar a que Esmeralda le creyera, iba a salir de ese lugar y buscar refugio en el centro del reino Whisperwood.
—¿Ahora resulta que yo te acoso? —dijo Bruno—. Pero bien que eras tú la que te me insinuabas, incluso me amenazaste con matarme, y la porra me la tiraste porque no te quise besar —dijo Bruno fingiendo inocencia.
—Pues fíjate que yo soy alguien honrada, no pervertida como tú —gritó Margaret.
—¡Basta! ¿Cómo puedes ser tan cínica, Margaret? Yo que te extendí la mano, te doy trabajo, comida y un techo, y con esto me pagas seduciendo a mi esposo —le reprochó Esmeralda.
Margaret no respondió, subió las escaleras al ático y empezó a empacar su ropa, todo el dinero que tenía y la caja de madera. Se cambió el uniforme y bajó.
—Amor, no la corras, ella se confundió como todo el mundo. Un error, perdónala —dijo Bruno intentando convencer a Esmeralda.