Las guerreras de whisperwood

Capitulo 15: Perseguida por la mala suerte

Solo una pequeña luz se colaba por el cuarto de Camila. Su única esperanza en esa situación era Gerardo.

—Mamá, ¿por qué te fuiste de este mundo y me dejaste sola? Papá me vendió a un hombre mayor y no puedo hacer nada para evitarlo. Tú siempre me dijiste que persiguiera mis sueños, pero desde hoy, en silencio, se acaba mi libertad —se decía Camila mientras lloraba.

Aún con lágrimas en los ojos, buscó una tela y empezó a coser un hermoso vestido para ella. Su mayor sueño era ser diseñadora.

Carlos y el señor Andrés platicaban en el jardín.

No sé por qué pero no confío en tu hermano, presiento que quiere ayudar a escapar a Camila dijo el señor Andrés.

Mejor no le digamos que hoy vendrá Roberto, sugirió Carlos.

Andrés entró a la cocina y le dijo a Rocío.

Haz una lista de todo lo que falte en casa, de comida o limpieza y se la das a Gerardo, irá a la tienda.

Rocío obedeció sin reprochar.

Cuando Gerardo se fue Andrés llamó a Roberto para que viniera por Camila.

Roberto llegó en su carro a por Camila.

Le dio ciento cincuenta francos a Andrés y le entregó las escrituras y llaves de la propiedad.

La chica está esperándote dijo Andrés con una sonrisa cruel.

Roberto abrió la puerta del cuarto de Camila y le dijo:

Vamos mi reina.

Camila se vio en el espejo por última vez.

Era alta, de piel morena, cabello castaño y ojos marrón. Su cabello era corto y era delgada. Su cintura se notaba a simple vista.

Camila salió con Roberto al jardín.

Camila corrió por la calle pero Andrés y Carlos la alcanzaron.

Andrés la arrastró al auto y para asegurarse que no se repitiera le dio un puñetazo en el rostro.

Camila cayó inconsciente y Roberto la metió al auto.

Toma cincuenta francos más dijo.

La chica es mía ahora.

Gerardo de regreso a casa, se dirigió al cementerio con las bolsas de compra en las manos.

Se sentó junto a la tumba de su madre y le dejó unas girasoles.

—Ay mamá, ayúdame papá venderá a Camila. Eso no está bien, pero estoy confundido, no sé qué hacer si ayudarla a huir de mi padre.

Después de desahogarse, Gerardo caminó despacio a casa sin saber qué había pasado con Camila.

Roberto llevó a Camila a casa.
Se la entregó a su esposa Julieta y le dio la orden de prepararla para más tarde, mientras él visitaba a su madre.

La mujer, de mala gana, despertó a Camila, le puso un vestido de recién casada, le dio de comer y la llevó al cuarto.

Camila estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para salir de esa situación.

—No me acostaré con ese viejo, tengo dieciséis años —dijo mientras golpeaba la puerta.

La desesperación se apoderó de ella, y con lágrimas en los ojos se deslizó por la pared, dejandose caer suavemente al piso.

Unas horas después, Roberto ingresó al dormitorio y entró al cuarto.

Camila se levantó y le dijo:
—¡No se me acerque!

—Ven, ahora eres mía —dijo el viejo intentando agarrarla.

Camila corrió a la puerta, pero estaba cerrada con llave.

Roberto la atrapó y la tiró a la cama. Se le abalanzó encima, intentando romperle el vestido.

Camila reaccionó, y con una botella de vidrio que estaba en la mesa de noche, lo golpeó en la cabeza.

Roberto cayó de lado, rodó por la orilla de la cama hasta el piso y no tardó en echar sangre.

Camila se levantó, dejó caer el trozo de botella al suelo. Sus manos temblaban. Con el pie tocó a Roberto para ver si estaba con vida.

Al no moverse, Camila entró en pánico.
—Lo maté... lo maté. ¿Qué hice yo? —La mente de Camila se llenó de miedo y arrepentimiento.

Llena de nervios, salió por la ventana del cuarto. Corría por las calles, y al doblar la esquina, sin darse cuenta, llegó al callejón de los callejeros.

—¡Hola guapa! —dijo uno acercándose.

Camila retrocedió y se dio la vuelta, pero había otro.

Volteó a ambos lados, intentó correr, pero uno de ellos la atrapó y le colocó un pañuelo con droga en la nariz, dejándola inconsciente.

Los dos sujetos la llevaron a un edificio en ruinas, al final del pueblo de Versalles.

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