Con dolor en el cuerpo, Camila abrió los ojos. Estaba atada a una silla y tenía un trapo en la boca.
El lugar era grande, polvoriento, oscuro y apestoso. Había cortinas viejas, ventanas de vidrio rotas, cajas, cartón y colchonetas. En una esquina, una mesa; del otro lado, un espacio que parecía el baño.
La puerta, casi rota, en una esquina se abrió.
De ahí venía un hombre mediano, de cabello corto y algo gordo.
—Ah, ya despertó la señorita de papi —dijo, mientras se sentaba con una silla frente a ella y sacaba unos sándwiches.
El otro hombre estaba en la cocina.
Camila estaba en el centro de la sala, por eso no lo había visto.
—¿Y cuánto crees que sacaremos? —preguntó el de la cocina.
—No lo sé. Felipe, el que pague mejor será —respondió este otro.
—Investigaste a sus padres , Alfonso —dijo Felipe.
Camila no decía nada, solo los miraba con odio.
*“Si logro desatarme, los mataré si no me dejan ir”*, se dijo.
—Habrá que avisarle a su papá primero —dijo Felipe.
—¿Y le enviaste la carta? —preguntó Alfonso.
—Sí —respondió Felipe, sacando un papel de respuesta.
—Entonces lee la respuesta que te envio—dijo Alfonso.
Ella ya no es mi hija. Por mí, mátenla —decia la nota de Andrés.
—Este malparido no va a pagar me rechazo. —dijo Alfonso, golpeando una silla.
—¿Qué dice la niña? —le dijo Felipe, quitando el trapo de la boca de Camila.
Camila se reía a carcajadas.
—Jajaja… se burló Camila—. Secuestraron a la persona equivocada. Estoy más quebrada que ustedes.
Después de decirlo, escupió a Felipe, soltó su pie y pateó la silla haciendo que cayera de espaldas.
Camila seguía riendo.
—Ahora no tengo miedo a morir —dijo, mientras Felipe la apuntaba con su arma después de levantarse—. Fíjate que no, antes sí, pero ahora me importa un comino lo que me pase.
Sonrió, pero no era una sonrisa cualquiera. Era una sonrisa de victoria sin una pisca de miedo.
Felipe se molestó y preparó su arma, lista para disparar.
—Adelante, sí, matame —dijo Camila—, pero eso sí, al menos tienes los pantalones bien puestos —añadió, mirándolo con ojos perturbadores.
—Oye, Felipe, veamos la respuesta del viejo ese de Roberto —sugirió Alfonso, algo nervioso.
—Roberto está muerto —se quejó Camila, pues creía que estaba muerto.
Alfonso no le respondió, solo leyo.
—De esa perra no me hables —desia la carta de Roberto.
—Maldición, nadie la quiere, no habrá rescate —murmuró Alfonso.
Camila sonrió despacio. No era una asesina, en el fondo eso la calmo.
Las cartas enviadas a Andres y Roberto decia que Camila Sánchez estaba secuestrada.