El día recien comenzaba. Ese pasillo era una tortura: las cadenas rechinaban, y los ojos se abrierón completamente.
Camila, algo deshidratada, miró el lugar. Esta vez tenía las manos atadas, pero para otras, le atarón los pies y tenía un trapo en la boca.
Camila tenía el último día de su periodo y necesitaba ir al baño.
Sin opción, se movía, pujaba para que le quitaran el trapo de la boca.
-¿Qué sucede? -dijo Felipe, acercándose.
Camila movió su cabeza, así él entendió que quería hablar.
-Quítale el trapo -dijo Alfonso, que estaba desayunando en la mesa.
Felipe retiró el trapo de la boca.
-Necesito ir al baño -dijo Camila.
-¿Qué dices? ¿La llevo? -preguntó Felipe.
Alfonso dejó su comida, desató a Camila y la llevaron al baño. Los dos se quedaron en la puerta.
Camila se apresuró a hacer lo que tenía que hacer. Y mirando el baño detenidamente, buscaba una salida.
-Lo único razonable es escapar por el conducto de ventilación... no hay obstáculos. Después de todo, este edificio está en ruinas -se dijo.
Alfonso tocó la puerta y dijo:
-¡Sal ya! Date prisa o tendré que ir a buscarte.
Camila salió, pero antes se llevó una cuchilla vieja que encontró en el baño.
Estaba a salvo de su padre y de Roberto. Ahora debía escapar de estos tipos que intentaban negociar con ella.
La ataron de vuelta mientras discutían la situación.
-¿Qué haremos? Debemos sacarle dinero -preguntó Felipe.
-Ofrezcámosla a Eugenio, él compra chicas para prostituirlas -respondió Alfonso.
-No, bien sabes que él promete y no cumple -dijo Felipe.
-Ya sé. Pasado mañana habrá una celebración de ricos en el gran salón. ¿Por qué no la subastamos a un viejo con dinero? -sugirió Alfonso.
-Bien, entonces a soportar a esta perra loca un día más -respondió Felipe mirando a
Camila.
Un día. 24 horas para escapar de ahí, o sería su fin.