Las guerreras de whisperwood

Capitulo 22: Una hermosa familia

Sofía se duchó temprano, bajó y desayunó.

—Sofía, ¿sabes tocar el violín? —preguntó su padre.

—Es verdad, no he practicado —respondió Sofía.

Sofía era una aficionada de la música y le encantaba probar algo nuevo siempre.

En el verano pasado incluso tuvo la oportunidad de aprender a tocar la flauta.

—Iremos al parque. Yo te enseñaré, hija —dijo Santiago.

Sofía reparó su violín y salió al parque.

—Bien, lo primero es saber acomodarlo —dijo Santiago, mostrándole cómo se hacía—. Y luego solo jalá con cuidado.

Sofía siguió las instrucciones al pie de la letra.

Después de varios intentos fallidos, Sofía logró entonar un bello sonido.

Algunas personas se reunieron para oírla, le aplaudieron con entusiasmo y le dejaron dinero.

Santiago llamó a su esposa. Los tres fueron a cenar al restaurante del pueblo.

Sofía les tomó una foto juntos, y luego una chica les tomó una a los tres.

Imprimieron las fotos con gran felicidad.

La madre de Sofía le regaló un collar en forma de corazón que se podía abrir.

Sofía colocó la foto de ellos tres ahí dentro.

Al regresar a casa...

*Pero ten cuidado, lector... algo se aproxima.*

Sofía durmió feliz, sin saber lo que pasaría mañana.

El destino ya había movido sus cartas y se las había ingeniado para que Sofía no saliera ganando.

✦•┈๑⋅⋯ 💜 ⋯⋅๑┈•✦

Sofía tocaba el violín con su suave melodía.
Sus notas se oían en toda la casa hasta el patio de los vecinos.

—Sofía, te adoro y estoy orgullosa de ti —le dijo su madre, Mientras la abrazaba.

Santiago también se unió al abrazo familiar.

Sofía se lavó la boca y se fue a dormir.

Un intenso ruido vino de la sala, probócando que Sofía despertara, Sofía miró el reloj.

*Las tres y tres de la mañana.*

Sofía se levantó en pijama y descalza.

Cuando iba a abrir la puerta de la sala, *se escuchó un disparo*.

Sofía se asomó por la ventana de la puerta.

Sofía observó una silueta que parecía ser de un hombre.

Tenía una ropa negra y usaba capucha.

Sostenía un arma apuntando a algo.

Por la oscuridad, no pudo ver nada.

El hombre se acercó frente a la ventana.
Se colaba la luz de la luna de una esquina.
Arrastró a alguien que tenía atado.

Una oleada de miedo y horror sacudió violentamente a Sofía. Había alguien desconocido en su casa y también era cruel y malvado.

El hombre *retiró el pañuelo de la boca de la mujer* y le dijo:

—Tu esposo ahora experimentará lo que es ver morir —. A su amada y a su hija.

Dicho esto, sacó una daga resplandeciente que tenía un diamante en la punta del cabo.

—¡No, Mamá! —gritó Sofía. Sin poder contener el dolor de observar la ecena sangrienta por la cerradura.

No fue capaz de pensar en su seguridad ni nada por el estilo, solo pensaba en su madre. La luz de la luna alumbraba el cuerpo ya inerte.

Sofía intentó entrar, pero mientras abría, el hombre ensartó la daga en el pecho de la mujer y giró su cabeza hacia Sofía.

Sofía vio claramente un tatuaje en forma de estrella en el cuello del hombre.

—¡Mamá! —gritó Sofía.

El hombre no alcanzó a ver su rostro, pero se dirigió hacia la puerta.

Sofía salío corriendo hacia su habitación, cerró la puerta de un golpe mientras el hombre la perseguía.

Sofía, asustada y nerviosa, se escondió debajo de su cama.

El hombre entró al cuarto con pasos lentos pero firmes. Cerró la puerta para que la chica no escapara.

Tiró armarios, sábanas, todo. Dejó la habitación patas arriba.

Justo cuando se iba, se acercó a la cama y se agachó de repente.

Vacío… no había nadie. El hombre no se iba.

Pero escuchó algo.

¡Una sirena de patrulla! Los vecinos llamaron a la policía al escuchar los disparos.

El hombre salió del cuarto y se escapó por la puerta trasera.

Sofía había usado sus fuerzas para sostenerse de las tablas de la cama, por debajo, de manera que quedara sostenida en el aire.

Salió del cuarto corriendo, entró a la sala.

Aún conservaba la esperanza de que sus padres estuvieran con vida.

—¡Papá! —gritó entre lágrimas, acercándose al cuerpo.

Santiago tenía dos disparos.

—Papá… —dijo Sofía, aún en llanto.

Con las manos temblando, tocó su cuello. No tenía pulso. Estaba muerto.

—¡No… no, papá, no te vayas, regresa! —exigió Sofía.

Volteó la mirada. Su madre yacía tendida al frente de la ventana.

Corría hacia ella en cuestión de segundos.

—¡Mamá, tú no, por favor, resiste! —gritó Sofía, derramando lágrimas.

Sofía, tosío. Su madre, con voz débil, le dijo:

—Huye, que no te atrape...

—No, mamá, espera —dijo Sofía mirándola cerrar los ojos.

Sofía tomó con sus dos manos la daga clavada en su pecho, tiró con fuerza y la sacó.

Una vecina, dentro, de repente se quedó atónita en la puerta.

Vio a Sofía con la daga en alto… y pensó lo peor.

—¡Rosita! —dijo Sofía dejando caer la daga.

La daga cayó con un estruendo seco que retumbó en la sala.

—Ayúdenme, mis padres están muriendo —dijo entre lágrimas.

La vecina llamó a la ambulancia y luego a la policía.

Pero no dejaba de ver a Sofía con ojos culposos.

La policía hablaba con Sofía en la entrada.

Los médicos llevaban los cuerpos en camilla hacia la ambulancia.

Sofía sostenía la daga. Estaba salpicada de sangre, aún en pijama y el pelo alborotado.

La policía la llevó al hospital para una revisión.

Le dieron una pastilla para los nervios.

Un oficial de policía llamado Iván entró al cuarto y le dijo:

—Muéstrame tus manos.

Sofía, con los ojos hundidos en llanto y una actitud en shock, colocó sus manos al frente.

El oficial le puso las esposas.

La tía de Sofía, por parte de su padre, llegó.

—Hija mía, te acusan de haber matado a tus padres —dijo con preocupación.




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