Una celda de barrotes gruesos , soldados y de color grises atrapaba la libertad de Sofía.
Sofía estaba sentada en la banca, con lágrimas en los ojos.
Sostenia sus piernas y su postura acurrucada delataban el vacio que se habia vuelto ya muy familiar.
Como era una celda de custodia, había un escritorio y un guardia al lado.
El agente Iván, dentro, habló en secreto con el guardia que vigilaba, y luego se acercó a la celda de Sofía.
Ella se puso de pie y se acercó a la puerta.
-Hemos encontrado tus huellas dactilares en la daga, y hay un testigo -dijo el oficial.
-Yo retire la daga y Rosita no llegó a tiempo -dijo Sofía.
-No te creo... Da igual, te pudrirás en la cárcel. Mañana te trasladamos -dijo Iván con una sonrisa de haber logrado lo que quería.
-Trasládenme, hagan que me pudra aquí, pero cuando se enteren de la verdad, su conciencia no los dejará dormir -Sofía dijo esto con un tono seguro de sí misma.
Estas palabras hicieron dudar a Iván.
Iván se retiró a su oficina y se sentó en un sofá.
-O esta chica sabe mentir... o es inocente -se dijo Iván.
Con los dedos en su cabeza, Iván investigó más a fondo.
Una cámara de una tienda captó a un hombre vestido de negro dirigirse a la casa de Sofía Maldonado.
-Entonces había alguien más con los maldonados -se dijo Iván con una expresión de sorpresa.
El segundo día llegó. Trasladaban a Sofía con los demás reos.
Su tía Herlinda llegó puntual.
-Hay hija, me da mucha pena que te trasladen, pero no te preocupes, te sacaré de aquí -dijo Herlinda con tono de preocupación.
-No es necesario, tía. Espero que encuentren al verdadero asesino.
Herlinda le dio un abrazo a Sofía, pero luego sonrió con satisfacción.
Iván observó la patrulla irse, pero no podía hacer nada; necesitaba más pruebas.
Sofía lloraba mientras iba en la patrulla.
-¿Por qué a mis padres, Dios...? -pensó.
Lo cierto era que le dolía la muerte de sus padres, no lloraba por estar en la cárcel.
-Juro que, al salir de aquí, encontraré a ese asesino -dijo, secándose las lágrimas.