El sol colaba sus suaves rayos por la ventana del cuarto de Sofía.
Sofía despertó, se sentó en la cama y estiró sus brazos.
—¡Feliz cumpleaños a mí! —se dijo.
Después de todo lo sucedido, no podía darse el lujo de una fiesta, pero de igual manera en el fondo sabía que sus padres la hubieran animado a pasarlo bien.
Se dio una ducha rápida y fue a desayunar con su tía Herlinda.
—Tía, hoy es mi cumpleaños y me gustaría salir al pueblo a despejar mi mente —dijo Sofía ya en la mesa.
—Claro, ve sola. Ven antes de las tres —respondió Herlinda.
Las horas pasaron. Ya eran las doce y media.
Sofía se puso un vestido color violeta que le caía hasta debajo de las rodillas.
Llevaba unas hermosas sandalias brillantes y el cabello suelto y alisado. Se había maquillado un poco.
Caminaba por las calles tratando de ocultar su tristeza.
En la acera de la panadería estaba una niña cantando dulcemente.
Sofía se acercó entre las personas y admiró el talento de la niña.
Cuando el canto terminó, Sofía dejó algunas monedas a la niña.
—Sigue así, tienes talento —le dijo con una sonrisa.
Sofía se dio la vuelta para marcharse, pero...
De repente, choco con un chico que venía.
Sofía resbálo de espaldas.
El chico fue rápido y le sostuvo la mano. Suavemente la jaló hacia él.
Ambos quedaron muy de cerca.
Sofía se sonrojó de inmediato y por un instante sintió vergüenza.
La niña al frente de ellos comenzó a aplaudir.
Ambos se sintieron incómodos y se apartaron.
—Lo siento mucho, no fue mi intención —se disculpó Sofía, aún roja como un tomate.
—No hay problema. Mi nombre es Cristhian. ¿Y tu nombre? —dijo el chico.
Sofía, respondió con timidez.
El señor de la panadería salió a la acera con unos pastelitos.
—Feliz cumpleaños. Sé que te gustan los pastelitos —dijo el señor, dándole una pequeña bolsa.
—Gracias de verdad —respondió Sofía.
Don Cresencio era un viejo amigo de sus padres, tenía su propia panadería desde hacía tiempo.
Cristhian entró a la pastelería y Sofía se quedó mirando la bolsa.
—Esto es para ti —dijo Cristhian.
dándole una bolsita a Sofía.
¿Por qué?––Preguntó Sofía.
—Es por tu cumpleaños —respondió Cristhian.
Sofía sonrió dulcemente. Ese chico era muy gentil, sin conocerla le obsequió un regalo y además no parecía ser una mala persona.
Platicaron un rato sobre sus vidas.
Algunas personas los vieron caminar juntos, y eso llegó a oídos de Herlinda.
Sofía miró la hora: tres y media.
—Lo siento, ya es tarde —dijo—. Hasta luego —y se dio la vuelta lista para empezar a correr.
—Espera —dijo Cristhian, sujetándola de la mano—. ¿Cuándo te volveré a ver?
—Tal vez pronto —dijo Sofía. Con un rubor notable en el rostro.
Luego salió corriendo a toda prisa hacia su casa, llegaría tarde y su tía no tendría compasión en regañarla.
Cristhian sonrió y luego la vio marcharse.
Sofía entró a la casa. Su tía la esperaba en la sala.
—Tía, perdón por el retraso —dijo Sofía.
Herlinda la abofeteó con fuerza.
Sofía se tocó la mejilla, ya roja del golpe.
¿Qué había sido eso? Su tía nada más verla la había abofeteado sin decir palabras. ¿Un solo retraso provocaba esto en su tía o estaba molesta por algo más?
—Te doy libertad y traicionaste mi confianza, revolcándose con hombres. ¡Zorra, cualquiera!¿ Por qué no te prostituyes?, a ver si sacas dinero —gritó Herlinda.
—Tía, pero…
Sofía estaba en auténtico shock porque su tía reaccionaba de tal manera, con palabras tan crueles que parecían ser una rutina para ella.
Un golpe en la puerta interrumpió a Sofía.
Herlinda abrió.
—¡Hola! —dijo con alegría, abrazando a su hija Lidia.
—Prima —dijo Sofía, dándole un abrazo fuerte.
Durante la cena hubo una conversación agradable sobre la universidad en el extranjero de Lidia.
Cuando Herlinda se durmió, Sofía charlaba con Lidia en la sala.
—Hoy conocí un chico de piel blanca, cabello corto y negro, ojos negros —es alto y algo guapo.
—Algo o completo —dijo Lidia.
—Creo que completo —dijo Sofía con una sonrisa.