Sofía y su prima Lidia estaban sentadas en el sofá de la sala.
mira el chico que conoció ayer me regalo esto-dijo Sofía abriendo la bolsa.
Sacó una pequeña panita llena de chocolates.
Sofía le dio a Lidia, dejo la panita sobre la mesa y tomo uno para ella.
Justo cuando se lo iba a comer.
Herlinda se lo arrebato de la mano , tomo la panita y le grito a Sofía.
-Ladrona
-Estos son mis chocolates -los compre ayer.
-Tia son mios -se excuso Sofia ,poniendose de pie.
Basta ya ,mejor ponte a limpiar -grito Herlinda.
Sofía se levantó, tomó la escoba y el trapeador.
-Sofía, déjame ayudarte -dijo Lidia, tomando su escoba.
Después de terminar, juntas arreglaron la cocina.
Herlinda llegó a la cocina por un vaso de agua.
-Lidia que ases, ese trabajo es de Sofía -dijo Herlinda, jalandola asia afuera.
Sofía sintio que su tia se estaba aprovechando de su presencia en la casa.
Sofía termino, justo cuando se sentaban, su tía le dijo:
-Acompaña a Lidia por el pueblo dale un recorrido, enseñale todo.
Sofía y Lidia se prepararon para salir.
Caminaban juntas por la calle mientras Sofía le mostraba:
"Quién vivia en las casas".
Sofía y Lidia llegaron al parque. Se sentaron en una banca bajo la sombra de un árbol de mangos.
-Sofía, disculpa. Mi mamá a veces puede ser algo gruñona -dijo Lidia.
-No te preocupes, haré lo posible para ablandar su corazón -respondió Sofía.
Estaba segura de que detrás de la fachada de tía furiosa podría hallar a alguien mejor y amable.
-¿Este pueblo siempre es aburrido? -preguntó Lidia.
-A veces. ¿Y si vamos al campo de flores? Está aquí cerca y es muy lindo -sugirió Sofía.
El campo de flores era el lugar favorito de Sofía, era un paisaje que transmitía paz y una calma deslumbrante.
-Claro, vamos -respondió Lidia, poniéndose de pie.
Caminaron durante unos minutos y llegaron.
Un hermoso campo de girasoles amarillos y grandes estaba ante ellas.
El aire soplaba y el sol suavizaba sus rayos.
-Podría estar aquí durante siglos -exclamó Lidia.
Lidia empezó a correr, a estirar sus brazos y a sentir el aire en su rostro.
Sofía, con su vestido rojo y corto, recolectaba girasoles.
-Qué coincidencia -dijo una voz detrás de ella.
Sofía se dio la vuelta. Era Cristhian: sencillo, apuesto y con una sonrisa amable.
-Sí que es una coincidencia que vengas por aquí -respondió Sofía.
Lidia, algo lejos, vio al chico y se acercó de inmediato.
-Tú debes de ser Cristhian. Sofía me habló de ti. Mi nombre es Lidia -dijo con una sonrisa.
-Un gusto, Lidia. ¿Qué te contó Sofía de mí? -preguntó Cristhian, mirando a Sofía.
Sofía se puso nerviosa al instante.
-Solo me dijo que eras guapo -dijo Lidia.
-¿Ah, sí? -contestó Cristhian con una sonrisa.
Sofía pellizcó a Lidia sin que Cristhian la viera.
-¡Ay! ¿Por qué me pellizcas? -dijo Lidia, sosteniéndose el brazo.
Sofía estaba a punto de irse de la vergüenza que sentía.
Lidia tomó a Cristhian del brazo y le dijo:
-Caminemos y conversemos.
Cristhian asintió.
Los dos caminaban entre el campo. Sofía se quedó observándolos. Había en ella algo que le decía que Lidia y Cristhian no se separaban. Tal vez era celos, o quizás solo era malentendido.
Sofía solo veía a Lidia reír y juguetear con Cristhian.
La tarde llegó, Cristhian se despidio de Lidia
Le regaló una girasol a Sofía.
Tu prima es algo fastidiosa - ,sin ofender
-dijo Cristhian.
Sofía sonrió y se marchó hacia la casa con Lidia.
Llegaron, tocaron el timbre, Herlinda abrio Lidia entró directo, Herlinda cerro de golpe.
Sofía quedó afuera.
-¡Tía, estoy aquí afuera! -gritó Sofía tocando el timbre.
-¡Ya basta, zorra! -gritó Herlinda-. ¿Te atreves a sacar a mi hija tarde? ¡Quién sabe dónde la llevaste! ¿Quieres que sea una cualquiera como tú?
Ya estaba al borde del colapso, su tía había propuesto la salida y ahora se enfadaba. No era la tardanza ni la salida, era ella. Sofía parecía ser un problema andante para su tía.
-Mamá, no. Ella solo me enseñó el pueblo -dijo Lidia, intentando razonar.
-Hija, ven a cenar -dijo Herlinda con calma, llevando a Lidia a la mesa.
Sofía cruzó los brazos. Tenía mucho frío. Ya eran las seis y todos estaban durmiendo. El hielo que traía el viento era fuerte, cualquiera podía resfriarse.
Sofía buscó un lugar seco, en la acera. Se sentó ahí, pensando por qué su tía era tan mala con ella.
-Ay, mi Dios... ¿Qué he hecho yo para merecer esto? -pensaba Sofía-. Mi tía me odia, y el chico que me causa una sonrisa se interesa por mi prima... y por si fuera poco, mataron a mis padres.
Sofía recordó todos los momentos malos y se puso a llorar.
-Mamá, ¿por qué le haces eso? -preguntó Lidia, mirando la puerta.
-Ay, hija, entiende. Esta aquí de arrimada, no hace nada. Yo no la mantendré de balde. No me enoja qué te traiga tarde para ti el tiempo que quieras, mi vida... Pero no la soporto, la odio. Su sola presencia me molesta -dijo Herlinda, enojada.
-Pero es tu sobrina -se excusó Lidia.
-Desgraciadamente, sí lo es. Pero no me importa. Ella es igual que mi difunto hermano: tonta y sensible -dijo Herlinda.
"Y yo soy más de la actitud de tu otro tío", dijo Herlinda acariciando el cabello de Lidia.
-Estoy en contra de esto -dijo Lidia, levantándose de la mesa.
Herlinda se levantó, agarró a Lidia de la mano y la arrastró a su cuarto.
-¡Mamá, suéltame! -suplicó Lidia.
-¡No la vas a dejar entrar! -órdeno Herlinda, cerrando con llave el cuarto de Lidia.
Sofía afuera, congelada de frío, temblaba, pero el sueño le ganó y se durmió.
A la mañana siguiente, Sofía despertó, pero no hizo intento de entrar.
El señor de la panadería llegó para abrir.
Herlinda abrio, dentra -le dijo.